Conoce al “cazador de dictadores”

lunes, 1 de febrero de 2016 · 09:34

El Mundo /

Le llaman "el cazador de dictadores" o «el cazador de monstruos», manera un poco teatral pero bastante exacta de describir su oficio porque Reed Brody, consejero, portavoz y jurista de Human Rights Watch (Observatorio de Derechos Humanos, HRW), se dedica precisamente a reunir pruebas, recoger testimonios, encontrar testigos, compilar informes contra tiranos responsables de crímenes contra la humanidad y llevarlos ante la Justicia. En esa tarea despliega una perseverancia extraordinaria y una imaginación afinada para movilizar complicidades y simpatías.

Hace 16 años que trabaja en el caso que ahora se está juzgando en un tribunal de Dakar (Senegal): el del ex dictador del Chad Hisséne Habré por miles de asesinatos políticos, el recurso sistemático a la tortura durante su régimen (1982-1990), y su responsabilidad en cerca de 40.000 muertes. Brody ha viajado a Chad 30 veces y otras 30 a Senegal. Los tres últimos años se ha dedicado exclusivamente a este caso. Finalmente, la primavera pasada Habré fue conducido ante el tribunal, que en mayo emitirá sentencia.

El orgulloso ex militar, que desde que fue depuesto por uno de sus generales vivía en un exilio dorado en Dakar, compareció ante el Tribunal Extraordinario Africano envuelto de pies a cabeza en una túnica blanca nuclear, con turbante blanco y blanco embozo. Rehusó nombrar abogado, le defienden letrados de oficio que no niegan los atroces crímenes (las pruebas que Brody ha reunido son abrumadoras), sino que su representado supiese que se cometían. Habré tuvo que ser conducido ante los jueces en volandas o a rastras, gritando que el juicio era una farsa, un atropello, una mascarada, una burla del Derecho internacional.

De nada le ha valido, y desde la reanudación del juicio en septiembre pasa en silencio absoluto las sesiones. Quizá meditando la paradoja de que haya sido un ciudadano norteamericano el que, en colaboración con asociaciones de víctimas de Chad, le haya sentado en el banquillo, cuando la mayoría de los crímenes que se le imputan se cometieron siendo él un presidente títere de Ronald Reagan, que en 1987 le recibió cordialmente en la Casa Blanca y lo armó hasta los dientes para que combatiera contra su enemigo común, el dictador libio Muhammar el Gadafi.

Habré permanece con las piernas y brazos cruzados, impertérrito, sin dirigir una mirada a los testigos -supervivientes de sus mazmorras, parientes de víctimas, colaboradores arrepentidos-; el único signo de vida es el movimiento acompasado de un pie.

Sea cual sea el veredicto, Brody celebra ya un resultado positivo: la visualización ejemplar de que también en África funciona la convención de las Naciones Unidas contra la tortura que obliga a los Estados firmantes a juzgar a los torturadores o a extraditarlos a países que así lo hagan, y que una sociedad perseverante puede llevar ante la justicia a un dictador. Que en ningún lugar tienen éstos asegurada la impunidad.

Para llegar a este juicio, Dobry, un abogado nacido en Brooklyn en 1953, hijo de un húngaro judío que tras sobrevivir a tres años en un campo de concentración nazi emigró a EEUU y se dedicó a la docencia, y de una madre profesora de arte, ha seguido un largo y sinuoso camino. Tras licenciarse en leyes en Columbia, trabajar un año en la Sorbonne de París como profesor invitado y cuatro como asistente del Fiscal General del Estado de Nueva York, el joven Reed se tomó unas «vacaciones políticas».

-Fui por curiosidad -me contó en Barcelona, donde descansaba durante unos días después de seis intensos meses en Dakar preparando el juicio- a la Nicaragua sandinista, con la hermana de un cura americano que oficiaba en un pueblito en la frontera con Honduras, y allí conocí a varios supervivientes y testigos de las atrocidades de la Contra, la guerrilla antisandinista creada por mi país, de las que nadie había dicho nada. Sentí una enorme responsabilidad, renuncié a la fiscalía, regresé a Nicaragua donde pasé investigando otros cuatro meses...

De regreso a casa redactó un informe, lo presentó en un tour por 70 ciudades y precisamente dos semanas después de que Reagan equiparase a la Contra con los venerables Padres Fundadores de los EEUU llegó a la portada del New York Times, levantó una formidable polvareda política y condujo a la revocación de la ayuda a la Contra.

-Claro que la ayuda siguió por otra vía, que acabaría siendo el Irangate [venta de armas a Irán, en guerra con Irak, para financiar a la Contra con las ganancias así obtenidas].

Tras cuatro años en Ginebra (Suiza) como secretario ejecutivo de la Comisión internacional de Juristas (una ONG que promueve los Derechos Humanos), fue observador de la ONU en El Salvador de 1994 y 1995; en ese año condujo investigaciones que desembocaron en la condena de 57 oficiales militares y paramilitares de la Matanza de Raboteau, representó a Mujeres Exiliadas del Tibet en la Conferencia de la ONU en Pekín, fue expulsado de Timor del Este por las autoridades indonesias... y en 1998 se incorporó a HRW, dirigiendo el equipo que se presentó en el caso contra Augusto Pinochet cuando el dictador chileno se hallaba en Londres en visita médica.

Aunque no fue extraditado a España como reclamaba el entonces juez Garzón, Brody considera una victoria aquel proceso, que sentó el precedente de la posibilidad de cualquier país para enjuiciar a un ex jefe de Estado por crímenes cometidos en otro país, y que le llevaría a trabajar contra Mengistu Haile Mariam de Etiopía, contra Jean-Claude Duvalier y Raul Cédras de Haití y contra Habré de Chad: «Porque Pinochet, que había salido de Chile inmune, tuvo que permanecer dos años en Londres sometido a la humillación, regresó totalmente expuesto a la Ley y murió bajo arresto domiciliario, desacreditado, asediado por la justicia y con un montón de acusaciones gravitando sobre él. Esto pudo hacerse gracias a una confluencia de factores políticos: la solidaridad de la sociedad española, muy sensibilizada con las víctimas chilenas, y que pocos meses antes había sido elegido como primer ministro británico Tony Blair, que comenzaba su viaje hacia el centro pero con Pinochet podía satisfacer al ala más socialista del partido laborista. Con Thatcher no le hubieran arrestado».

La «confluencia de factores políticos» como éstos es la que suele decidir a Brody a implicarse en un caso o declinar. En el dossier de Habré, con el que abordaron a Brody en los días londinenses antipinochetistas, sí confluían esos factores políticos: víctimas organizadas, un informe con la cifra de 40.000 víctimas y el exilio del dictador precisamente en Senegal, que fue el primer Estado del mundo en adherirse al Tribunal Penal Internacional.

Brody y sus colaboradores se referían a Habré como «el Pinochet africano», aunque eso le hubiera disgustado tanto al dictador chileno como al chadiano; pues Pinochet defendía el tradicionalismo contra el comunismo, mientras Habré era un guerrillero del desierto, un musulmán, un nacionalista ultraizquierdista que citaba a Che Guevara y a Mao pero fue instrumentalizado porque su trayectoria coincidió con los planes de Reagan. «Pero les unían dos cosas: el apoyo de EEUU... y la jurisdicción universal».

En el año 2001 Brody dio casualmente con los documentos incriminatorios que precisaba para reforzar las acusaciones de las víctimas. Obtuvo permiso para visitar el abandonado cuartel general de la DSS -el temido servicio de inteligencia de Habré-, junto a la piscina techada y convertida en dantesca cárcel subterránea donde se hacinaban los prisioneros vivos y los muertos. En las oficinas encontró, cubiertas por una capa de polvo de una espesura de 20 años, montañas de informes sobre los presos, las listas de personas encarceladas a diario, registros de muertos en prisión, informes a la superioridad en los que con detallismo burocrático los funcionarios explicaban, por ejemplo, que «fue después de someter a un severo interrogatorio» a tal o cual prisionero, «para obligarle a revelar ciertas verdades, cuando encontró la muerte»...

-Aquellos informes muestran el mecanismo del terror y corroboran lo que decían las víctimas, pero el eureka lo lancé cuando encontramos documentos firmados y comentados de puño y letra de Habré, con caligrafía que ha sido autentificada por un grafólogo, donde por ejemplo, se niega en redondo a hospitalizar a prisioneros de guerra heridos.

Misión cumplida. Visto para sentencia. Hoy, documentándome para escribir estas páginas, me encontré con el caso de una arqueóloga francesa que en 1974 hizo correr ríos de tinta e impresionó mi imaginación de quinceañero: unos guerrilleros de Chad la tuvieron secuestrada durante tres años, exigiendo a Francia armamento a cambio de su liberación. Cuando su marido se presentó con las armas, lo secuestraron también. Francia envió a un capitán del ejército para negociar, y lo asesinaron.

Décadas después he sabido otra vez que la arqueóloga se llamaba Françoise Claustre; que el implacable caudillo era Hissène Habré, y que aquellas fechorías eran su tarjeta de visita. El sujeto simpático, políglota, corpulento, con glorioso sentido del humor, vitalista y lleno de evidente tendencia a la diversión que ayer me contó la historia que acabo de poner por escrito, Reed Brody, el «cazador de monstruos», por fin le ha echado el lazo al cuello.

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