Adultos mayores regresaron a vivir a la Chernobil contaminada

Para muchos de ellos, aquella es su tierra, el lugar donde nacieron y se criaron, por lo que aprovecharon la oportunidad para volver.
miércoles, 20 de abril de 2016 · 00:00
AFP / Chernobil, Ucrania
 
Con una edad media de 75 años, en la zona de exclusión de Chernobil vive todavía un centenar de habitantes, que en su mayoría regresaron tras la catástrofe, a pesar de la radiación y la oposición de las autoridades ucranianas. 
 
"En realidad no sé por qué hay gente que quiere vivir en Chernobil. ¿Cuál es su objetivo? ¿Siguen lo que les dice el corazón? ¿La nostalgia? ¿Quién sabe?”, se pregunta Evgueni Markevitch, de 78 años y de porte sólido. 
 
Pero "yo sólo quiero vivir en Chernobil”, sentencia. 
 
Evgueni tenía ocho años cuando su familia se instaló en 1945 en esta ciudad entonces soviética. "Eso nos salvó del hambre, podíamos plantar y cosechar nuestros alimentos”, recuerda, justificando de alguna manera su apego por esta tierra. "Nunca quise partir de aquí”, afirma con pena.  
 
Cuando el reactor número 4 de la central nuclear soviética explotó el 26 de abril de 1986 durante una prueba de seguridad, Evgueni estaba en el colegio frente a sus alumnos. 
 
"Era un sábado y apenas ocurrido el accidente  nada sabíamos de lo que había pasado. Sospechábamos de algo porque veíamos buses y vehículos militares que iban hacia Pripyat”, una ciudad de 48.000 habitantes -incluyendo el personal de la central-,  situada a tres kilómetros de Chernobil. "Nadie nos dijo nada. Era el silencio total”, relata. 
Evgueni fue finalmente evacuado. Pero enseguida quiere volver. Inventa entonces todo tipo de estratagemas para poder entrar en la zona prohibida. Se hace pasar por marino o por un policía encargado de vigilar la entrega de productos petrolíferos. Logra ser recibido por el director del servicio de vigilancia de radiaciones de la estación y le pide un empleo, que consigue. 
 
Desde entonces nunca salió de la zona contaminada. Contra todo lo esperado, jamás tuvo problemas de salud. Aunque admite que planta legumbres en su jardín que luego come. "Hay una parte de riesgo”, dice simple aunque con resignación.  
 
"Como guerrilleros”
 
Para María Urupa, en cambio, las sonrisas son escasas. Las condiciones de vida rudimentarias en la zona de exclusión de 30 kilómetros alrededor de la central comienzan a pesar sobre esta octogenaria, en particular porque tiene problemas para caminar a raíz de un accidente de tráfico.  
 
En total, son 158 "samosely”, como se los llama, que viven en esa zona, de acuerdo con un responsable de la central, en pequeñas casas de campo, la mayoría hechas  de madera. 
 
Viven con lo que consiguen cultivar en sus huertas, más algunas provisiones que les traen los empleados y los visitantes siempre vistos con el recelo.

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