Philip Glass, el taxista convertido en genio de la música clásica

viernes, 08 de abril de 2016 · 07:40

El Mundo /

A Philip Glass (Baltimore, 1937) no se le entrevista, se le molesta. Y no porque el compositor gaste mal genio, sino porque anda sobrado de ingenio. Puede pasarse ocho, diez, doce y hasta catorce horas encerrado en su estudio. Va a cumplir 80 años y habla atropelladamente, con una lucidez arrolladora y un discurso espídico inmune a los cuestionarios. Aprendí la lección la primera vez que lo entrevisté, hace ya algunos años. Así que le pregunto, sin más, cómo se encuentra, en qué anda y, antes de que pueda acabar la frase, ya está describiendo un pasaje endiablado de la partitura de Las brujas de Salem, de Arthur Miller, que va a estrenar en Broadway. Le hemos interrumpido, se queja amablemente, pero no importa. «Quizá esta conversación me ayude a ver las cosas de otro modo». Entonces la sirena de una ambulancia fuerza un silencio demasiado largo para el compositor: «You talkin' to me? (¿Me hablas a mí?)», me azuza. «You talkin' to me?».

El guiño a Taxi Driver no es intencionado, pero se antoja oportuno. Porque en 1976, cuando se estrenó la película de Scorsese, Glass conducía un taxi enNueva York. Tres o cuatro días a la semana se dejaba caer por el Dover Garage de Greenwich Village, que entonces daba de comer a toda una flota de artistas incipientes, como su amigo el pintor Robert Moskowitz. «Conducía por el día y componía por la noche», cuenta Glass, que hasta los 42 años compaginó la música con todo tipo de trabajos. Fue fontanero, peón en una fábrica de acero, asistente de una galería y mozo en una compañía de mudanzas. «Aquellos empleos me garantizaban cierta libertad e independencia», se jacta uno de los padres del minimalismo musical. «La precariedad era un antídoto contra la monotonía de una vida de oficina». Ninguna beca, dice, le habría proporcionado las dosis de inspiración que le procuraron sus días al volante. «Con el taxi llegué a sitios que no pensé que existieran y a los que no he conseguido volver...».

La casualidad, o el destino, quiso que en 1997 Martin Scorsese le llamara para componer la banda sonora de Hundun. «Todo lo que sé de cine se lo debo a aquellas tardes junto a Scorsese en la mesa de edición». En uno de aquellos encuentros, el director mencionó una escena de Taxi Driver y quedó perplejo con la reacción de Glass. «¡No se podía creer que no hubiera visto la película!», se pavonea, como un colegial, de la travesura. «Le expliqué que en aquella época, después de pasarme ocho horas con el culo pegado a un asiento, lo último que me apetecía era meterme en el cine para que me contaran la historia de un taxista trastornado».

La película, que vio más tarde durante un viaje en avión, reflejaba bien los gajes del oficio. «En aquella época Nueva York albergaba infinidad de peligros, sobre todo de noche y en determinados barrios, donde un taxi equivalía a un cajero automático con ruedas. No diré que pasara miedo, pero un par de veces llegué a temer por mi vida...».

Tal vez por eso Glass ha sabido trasladar al pentagrama el sentir de la calle y se ha postulado como la reencarnación neoyorquina de Verdi en el ocaso del sueño americano. Sus 25 óperas son una radiografía del tiempo presente, un cóctel explosivo de personajes icónicos (Einstein, Gandhi, Kepler, Galileo, Colón, Disney...) y argumentos iconoclastas, como la malograda conquista de los derechos civiles de Appomattox, cuya partitura ha revisado y reestrenado en Washington tras la cacería policial de Ferguson. «Después del estreno en 2007, me di cuenta de que la ópera cojeaba, de que la historia estaba incompleta», asevera. «Así que decidí incluir en el segundo acto nuevos personajes, como Martin Luther King Jr. y el presidente Lyndon B. Johnson. ¿Por qué lo hice? Porque creo que la Guerra Civil americana se estudia demasiado en las universidades, pero no se ha resuelto bien en la calle. Allí la herida sigue abierta».

Lamenta el compositor que la sociedad estadounidense esté tan dividida y se avergüenza de los derroteros que ha tomado la campaña presidencial. Asegura Glass que la vida entera de Donald Trump, con su inagotable lista de conquistas y su excéntrica biografía de millonario, no le daría «ni para el primer minuto de una ópera mediocre». Y teoriza: «Los genios, por lo general, tienen un lado oscuro. Por eso compuse una ópera sobre Walt Disney, The Perfect American », que se estrenó hace tres años en el Teatro Real de Madrid, donde se airearon los trapos sucios del padre de Mickey Mouse.

«Trump, sin embargo, es un personaje plano, que no tiene luz ni proyecta sombra. Está ahí para arengar a las masas y decir las barbaridades que todo el mundo quiere oír. Hablamos de un vulgar showman, de una bicoca para periodistas. Pero le puedo asegurar que no llegará a la Casa Blanca alguien que no sabe colocar más de diez países en el mapa». Luego pega un sorbo al otro lado del teléfono y añade: «No, eso no volverá a ocurrir...».

Este año la Orquesta y Coro Nacionales de España le dedican a Philip Glass su Carta Blanca, un monográfico que cada temporada rinde homenaje a un compositor del olimpo de la música clásica. El ciclo de conciertos (que se celebrará en el Auditorio Nacional de Madrid entre el 8 y el 26 abril) está planteado como un recorrido por algunas de sus obras más importantes (como The Light, su primera partitura orquestal, la Sinfonía nº 8, el Concierto para violonchelo nº 1 o Days and Nights in Rocinha) e incluye el estreno en España del Concierto para dos pianos que interpretarán las hermanas Katia y Marielle Labèque. «La partitura arranca como si el concierto ya hubiera empezado, como si abrieras un libro por la mitad y comenzaras a leer. Es algo así como una interrupción, como un teléfono que suena mientras haces algo importante, ¿sabe a lo que me refiero?». La indirecta es, cómo no, cristalina.

 

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