Conoce el cuento de actrices en prisión

jueves, 2 de junio de 2016 · 07:23

El Mundo / Javier Nadales

La de Elena Cánovas es una historia de presas, funcionarias y teatro. También de ilusiones, reinserción y estereotipos por los aires. Arranca en 1979, cuando una joven hippie cruza los muros de la cárcel de Yeserías (Madrid) con el sueño de ayudar en la educación de las presas. Y se encuentra con un uniforme, una llaves y muchos pasillos que recorrer.

"Tenía 23 años y ningún prejuicio, la cárcel estaba llena de chicas jóvenes como yo y me parecía un reto, pero la realidad fue bien distinta. Aprobé las oposiciones y me pusieron un uniforme verde, como de Guardia Civil, tenía que hacer recuentos, cachear a las presas... Era una relación de desconfianza con un sistema de órdenes militar. Todo lo contrario a lo que yo buscaba así que me puse a estudiar arte dramático como vía de escape. Tenía dos hijas y no podía dejar el trabajo, pero sí estudiar mi vocación al mismo tiempo. Nunca pensé que acabaría encauzándola en un mundo tan hostil como el de la prisión", cuenta la protagonista.

En 1985, la directora de la escuela de interpretación anima a Cánovas a acercar el teatro a las presas. Ella lo ve imposible pero se lo propone a la responsable de la prisión y ésta acepta, siempre que lo haga en sus ratos libres. Pongámonos en contexto: eran los 80, las cárceles estaban llenas de mujeres vencidas por la droga y una funcionaria quiere impartirles teatro. "Las drogadictas no tenían tratamiento, pasaban los monos a pelo, no les dejaban lejía para desinfectar las agujas por si hacían alguna barbaridad. Era la época del sida... Ha llovido mucho de eso", cuenta Cánovas. Y, contra todo pronóstico, el órdago le salió bien.

"Tuve un montón de problemas, eran chicas muy conflictivas, pero le ponían una ilusión... Trabajábamos en grupo, elegíamos los textos... Yo les decía, tenéis que cambiar la droga por esta otra droga positiva". Y Elena Cánovas se liberó del resto de sus funciones. Y nació la compañía de teatro Yeses.

"Las mujeres de la cárcel están doblemente marginadas: por presas y por mujeres."

Las presas empezaron a salir de la cárcel a interpretar funciones, ganaron un premio... Al principio todo lo que les rodeaba era efectista: la policía bordeaba el edificio, llegaban en furgones, esposadas, por el riesgo de fuga... Hasta que, en 1995, la entonces directora general de la mujer, Asunción Miura, apoya el proyecto y logran profesionalizar Yeses sumando actores masculinos al reparto. "Fue fundamental porque, de lo contrario, éramos un grupo obligado a hacer La casa de Bernarda Albato da la vida.Hay que dar una dignidad a los trabajos, no se puede estar siempre reciclando, tiene que haber unos mínimos", reflexiona Cánovas.

30 años después, la compañía Yeses dedica tres meses a cada montaje para los que ensaya todas las tardes, de 16.30 a 21.00, en un salón de actos de prisión. Cuenta con unas 10 internas en régimen de segundo grado que salen con permisos penitenciarios. "Están las que quieren y demuestran que van a trabajar en grupo. Hacemos un trabajo concentrado, a estos colectivos no los puedes marear, y tiene que haber autodisciplina. Están todas comprometidas, es como un bálsamo para ellas, casi se olvidan de que están en la cárcel".

Los textos que eligen también están relacionados con su condición, como una Terapia del maltrato que prepararon para el Día contra la violencia de género. "Ellas hacían de hombres, tiraban de experiencias propias y fue tremendo ver las secuencias que tienen interiorizadas. Las mujeres de la cárcel están doblemente marginadas: por presas y por mujeres. En general, arrastran problemas que no tienen los hombres", dice Cánovas.

"Las cárceles deben convertirse en centros de aprendizaje para facilitar la reinserción social"

Hoy Yeses sigue siendo un reflejo de la población carcelaria: "Hay muchas sudamericanas y casi todas están por tráfico de drogas. Tienen una vida muy dura, situaciones terribles, hay madres muy jóvenes con grandes responsabilidades... Muchos de los casos te llevan a pensar qué harías tú en su situación".

Cánovas sigue defendiendo la versión más progresista de las prisiones. "Queda mucho por hacer. Deben convertirse en centros de aprendizaje para esa gente que no ha recibido formación por su situación social. Nuestra obligación constitucional es que ese tiempo aisladas les sirva de algo. Y que se les dé un apoyo para que tengan un medio para vivir. Ya sé que esto es polémico en época de crisis, pero es nuestra obligación". A sus 61 años, Cánovas sigue siendo hippie. Mantiene el idealismo intacto.

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