La bailarina del vientre famosa del mundo es española

jueves, 23 de junio de 2016 · 02:07
El Mundo  / Lucas De La Cal
Han intentado ligar con ella jeques árabes, actores de Hollywood, futbolistas de primera y políticos de medio mundo. Cada semana, su buzón se llena de cartas, poesías y ositos de peluche que le envían sus admiradores. Se llama Sara Guirado, vive en Valencia y, a sus 33 años, es la reina mundial de la danza del vientre. Sólo una prueba: un vídeo de Youtube en el que agita su cuerpo con una espada ya acumula 60 millones de visitas... y subiendo.

«Mira, Leonardo, mira cómo baila... ¡Es espectacular!», le dijo Sean Penn a Leonardo Di Caprio durante una de sus actuaciones. Tanto intimó con el actor que Sara fue una de las escasísimas personas que leyó su entrevista al Chapo Guzmán antes de que se publicara.

A Sara le gusta Hollywood. Y la meca del cine se ha rendido a sus pies. Tanto que ya está negociando su debut en una película estadounidense. «Me han puesto a su nivel, incluso más, porque me tratan en plan diosa. Pero yo soy muy sencilla y tengo la cabeza en la tierra».

De momento, su tierra es Valencia, donde ha transformado una antigua iglesia en su escuela de danza. Ése es su centro de operaciones, el hilo que sujeta sus pies al suelo cuando regresa de actuar en los rincones más exóticos del mundo.

La recogemos a primera hora en la estación de Atocha (Madrid). Llega con una maleta vacía que llenará con vestidos árabes en las tiendas del barrio de Lavapiés. Antes de eso, esta licenciada en Ingeniería Agrícola y Ciencias Ambientales se pide en un bar un café con unas porras. Pensaba que por tu trabajo, para conservar tu figura, no podías comer eso.

Tras este zarpazo, la bailarina cambia de tema y habla de su relación con Sean Penn. Le conoció en diciembre, cuando actuó en una fiesta de su ONG por los derechos de los haitianos durante la Cumbre del Clima en París. Ambos congeniaron cuando ella le habló de su interés por el medio ambiente. «Sean es un actor diferente, un activista», dice admirada.

Ella desplegó su arte ante un público muy selecto, entre los que estaban Naomi Campell, el director de Le Monde, además de líderes políticos y productores de cine. «Fue justo después de los atentados de París y me daba cosa ofender a alguien con un baile muy árabe», explica. «Opté por un espectáculo que representa a una flor que va quitando capas de petróleo y bailé con un sable de manera sensual... Gustó mucho».

Sí, con un sable de verdad, de los que pinchan y que ella colecciona en su ático valenciano, donde vive con sus dos gatos, Fifi y Amir. Sara maneja estas pesadas herramientas como si fueran de plástico: lo realmente difícil, dice, es franquear las aduanas de los aeropuertos con ellos. «Siempre tengo que ir con cartas firmadas por el gobierno local o alguna personalidad importante para que me dejen pasarlas».

Tras su actuación en París, la llamaron para bailar en una fiesta de Arkansas. Y, aprovechando el viaje, llamó a Sean Penn, que la invitó a su casa de Los Ángeles. Ya en la ciudad, acudió a una gala benéfica y se marcó un baile ante la mirada de estrellas como Madonna y Justin Bieber. Cuando le preguntamos cuál es el personaje más interesante que ha conocido, se queda pensando un buen rato. «Soy bastante discreta... A veces firmo un contrato de confidencialidad [con cláusulas que también la impiden decir lo que cobra por evento] cuando voy a estas fiestas».

Lo que sí cuenta es que, en los días de su visita, Sean Penn estaba algo nervioso. Poco después iba a publicarse su polémica entrevista con el narcotraficante Chapo Guzmán en Rolling Stone. Por eso, el actor temía que los federales se plantaran allí para interrogarle.

Mientras Sara habla, el café se le ha quedado frío. La conversación gira hacia sus modestos orígenes. Nacida en Madrid, es hija de Francisco, un ferroviario almeriense, y Esperanza, un ama de casa conquense. Su hermana, nueve años mayor que ella, se dedica a la informática y acaba de publicar un libro.

La música árabe le gusta desde pequeña, cuando su abuelo, que hizo la mili en Ceuta, le ponía casetes con esos ritmos, pese a que su padre sólo escuchaba música clásica. De cría se mudaron a Valencia y no empezó a bailar hasta los 18 años: «Me gustaban las cosas de chicotes: el balonmano, el kung-fu... Pero un día me quedé prendada de la danza oriental, tan femenina, muy alejada de lo que era yo. Hice un curso un fin de semana y me encantó».

¿Qué es para ti la danza del vientre?
Sara buscó la esencia más pura de la danza junto a profesores egipcios, indios y una argentina que pulió sus movimientos. Luego montó una compañía con cuatro compañeras. Actuó en la inauguración de los Juegos del Mediterráneo en julio de 2004 y en varios festivales ese verano. «Era una friki de las danzas, me pasaba horas estudiándolas y me apunté a la Escuela Oficial de Idiomas para aprender árabe», dice.

Su último año de carrera lo cursó en Holanda. Allí se apartó de la danza e hizo prácticas en una empresa de descontaminación de suelos. Incluso le ofrecieron un contrato para quedarse. Pero su vocación acabó imponiéndose: «Me costó volver a empezar. Iba a los sitios y tenía que explicar en qué consistía mi espectáculo. Tenía que decir siempre que yo no me desnudaba, porque se pensaban que era una stripper».

En esa época, actuó en mercados medievales, en bodas, en un ciclo de literatura erótica... y hasta en una fiesta de jóvenes del PP de un pueblo de Alicante. 

¿Se ha sentido alguna vez mujer objeto? 
«Muchas», confiesa. «Cuando bailo se producen dos tipos de reacciones: o te endiosan o te toman por una fulana y te ponen la mano encima de la pierna. Cuando les rechazas, te llaman puta por no querer nada con ellos. Yo gano dinero desde muy joven. No necesito a ningún hombre, por muy importante que sea, para mantenerme».

En 2011, en plena crisis, alquiló una iglesia abandonada y la reconvirtió en la Escuela de Danza Sara Guirado, que aún conserva las puertas parroquiales de madera. Junto a otra profesora y una secretaria, atienden a 150 alumnos, la mitad niños. «Vienen personas de todo el mundo que quieren que las enseñe a bailar. Muchas de las chicas que vienen no soportan mirarse al espejo. Yo las enseño a bailar, le doy energía y les hablo de la cultura árabe. Al terminar me dicen que se sienten más guapas y sexys».

Su fama se disparó. En un viaje a Brasil, la cadena O Globo grabó un anuncio para publicitar su espectáculo que se viralizó en las redes y, de golpe, empezó a recibir invitaciones de jeques árabes para actuar en fiestas privadas. «Por confidencialidad no puedo hablar, pero sí que siento un poco de ira cuando voy a estos sitios. Me tratan como a una reina, pero veo el contraste entre ricos y pobres que hay en esos países... Es tan injusto, que no me siento del todo a gusto».

Si tuviera que elegir un viaje de su carrera, se quedaría con Israel. «El famoso cantante local, Ofer Levi [una especie de Raphael israelí] buscaba una bailarina», recuerda. «Yo siempre he defendido los derechos de Palestina en mis vídeos y no sabía lo que me iba a encontrar. Me quedé tirada con una mochila llena de trapos palestinos en uno de los puestos fronterizos más peligrosos del país. Hasta que un taxista de Jerez que pasaba por allí me rescató».

Mientras apura el café, Sara detalla los últimos proyectos de una agenda cargadísima. Acaba de presentar un espectáculo en el Teatro La Rambleta de Valencia y está montando una función benéfica sobre los refugiados de Lesbos. Además, está preparando un disco... Todo esto mientras Hollywood, rendido a sus encantos, le hace guiños para convertirla en una estrella mundial.



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