Matt Damon: “En EEUU no hay forma de prohibir las armas”

jueves, 14 de julio de 2016 · 07:14
El Mundo / Luis MArtínez
Por resumirlo mucho, digamos que Jason Bourne es digital, y James Bond, analógico. Bien es cierto que el segundo, pobre, lleva años empeñado en sacudirse de encima ese gesto de machista rancio. Es más, cada vez se le ve más preocupado por cuestiones de nuestros días como la escasez de recursos, el terrorismo internacional y, dado el caso, el mal como concepto abstracto.
 
Tal cual. Pero, a la menor oportunidad (o escote) que se le cruza, se gripa y vuelve a las andadas. Jason Bourne es otra cosa. Desde que apareció por primera vez en 2002 dio buena muestra de que el siglo que se inauguraba era el suyo. Hablamos de un héroe desmemoriado que se pasea por las ruinas de su existencia con el mismo gesto ausente con el que el señor Meursault presenciaba el entierro de su madre. Además, si nos fijamos en su enemigo, es igual de enigmático. Se mueve sin rostro por una sociedad extraña que ha hecho de la globalización su única esperanza y, en efecto, su ruina.

"Siempre tuvimos claro", toma la palabra Matt Damon (Boston, 1970), "que el mundo que habitaba Bourne era el que había visto los atentados de Nueva York, Londres y Madrid. La amenaza está por todas partes. La amenaza, por así decirlo, somos nosotros mismos".
 
El que habla sabe lo que se dice. Al fin y al cabo, él fue el protagonista de la primera entrega dirigida por Doug Liman (El caso Bourne) y lo volvió a ser en las dos secuelas monumentales y perfectas con Paul Greengrass a los mandos (El mito de Bourne, de 2004, y El ultimátum de Bourne, de 2007). Luego hubo una secuela entremedias de 2012 con Jeremy Renner en lugar de Damon y con Tony Gilroy en vez de Grengrass. Pero, definitivamente, eso fue otra cosa.

"Dije que no iba a volver y me he tenido que comer mis palabras", bromea el actor que el miércoles se paseaba por Madrid con ganas de presumir de película y, ya puestos, de músculos. "La única condición que puse es que Greengrass volviera a la dirección", añade. Y así, nueve veranos más tarde, regresa, pero lo hace, y esto es importante, a un mundo muy diferente. Todo ha cambiado. La película, para dejarlo claro, empieza con un explícito "Lo recuerdo todo" a modo de presentación y hasta bandera.

Nuestro hombre se ha vuelto tan memorioso como el mismo Funes y lo que le rodea es un planeta en el que el caso Snowden es la señal más evidente de un cambio de paradigma. "El argumento central de nuestros días es el conflicto entre privacidad y la seguridad. ¿Cuánto de la vida digital se debe y se puede compartir?; ¿cuáles son las implicaciones de eso?...
 
La tecnología se mueve tan deprisa que nos coge constantemente por sorpresa. Y en ese gran debate estamos instalados", dice casi sin respirar, consciente de que está explicando el paisaje más íntimo de su película. Nótese que, además de protagonista, es productor y hasta dueño. Por cierto, el título de la cinta no puede ser más explícito: Jason Bourne. Sólo el nombre como testigo único. Nuestro héroe ha aprendido, por fin, a deletrear la sangre que esconde cada palabra que le distingue. En más de una ocasión dijo que Bourne hablaba del tiempo de Bush y del mundo que él dejó.
 
¿Será la próxima misión de Bourne explicarnos el mundo de Donald Trump?
-(Rompe a reír) Haré todo lo que esté en mi mano para que algo así no suceda. Aunque se pierda la oportunidad de hacer una buena película. Una tragedia, sin duda.

¿No lo ve posible entonces?
-Bueno, el Brexit ha venido a demostrar que cualquier cosa puede suceder y que la propaganda puede llegar a ser muy efectiva.

Sea como sea, Bourne-Damon, al contrario que Bond, sigue siendo más habilidoso con las preguntas que con las repuestas. Si hasta ahora buscaba saber quién era para así arrojar luz sobre la parte más siniestra de los que se supone que nos protegen, ahora, lo mismo. Pero, el matiz importa, desde el triste conocimiento de todo lo que hicieron con él. La CIA y su gente ¿nos vigila o nos cuida? ¿Son nuestros guardianes o nuestros carceleros? Y así. A Damon, por ejemplo, le cuesta decidir y le supone un trabajo de varios circunloquios decir que la filtración de Snowden ha sido positiva para todos.
 
Pero lo dice: "Sí, me alegro de que haya pasado". De ahí no pasa. Al fin y al cabo, de volver a su país (Snowden, que no Damon) lo pasaría mal. Que se lo pregunten si no a Manning.
 
La película empieza con una escena destinada a marcar la pauta. El espía o lo que sea ahora Bourne tiene que recoger un informe filtrado en plena calle. Estamos en Grecia, en el momento exacto en que el país estuvo a punto, también ellos, de caerse de Europa. Un momento. ¿Es eso Atenas? "Bueno, en realidad, se rodó en Tenerife. Y desde aquí doy las gracias a todos los canarios. Los extras se portaron de maravilla en unas jornadas maratonianas desde que salía el sol hasta el anochecer", dice. Hecho el paréntesis, a lo que íbamos: Grecia en llamas.

¿Cómo se imagina el futuro de Europa tras la crisis encadenada que la consume?
- No tengo ni idea de qué puede pasar. Y creo que nadie ahora mismo está en disposición de decirlo. Pero es un error creer que el futuro de Europa atañe sólo a Europa. Lo que está ocurriendo nos incumbe a todos, incluido a mi propio país.

Bourne vive todo en carne propia. Y lo hace con una ferocidad que emociona. Greengrass vuelve a releer las escenas de acción como sólo él sabe hacerlo. Cada fotograma insiste en ser un ejercicio sensorialmente violento. Imposible salir indemne. "Creo que el hecho de que antes que cineasta fuera periodista le permite acercarse a la realidad de una forma nada artificial. Recuerdo perfectamente la impresión que me causó ver Domingo sangriento. En realidad, daba cuerpo de ficción a lo que antes le había servido para construir un documental. Importa la veracidad", analiza el actor y a fe que acierta.

Hablando de violencia y del conflicto entre la seguridad y la libertad. Tras lo ocurrido en Dallas [un francotirador acabó con la vida de cinco policías], ¿está a favor del control de las armas en su país?
- Para nosotros es siempre una cuestión muy delicada. Cuesta incluso hablar de cómo podemos hablar de ello. La gente enseguida siente amenazados los derechos que garantiza la Segunda Enmienda. Yo mismo dudo. Pero hay que encontrar la manera de evitar que, sin coartar la libertad de nadie, las armas lleguen a manos de gente que puede disparar en una escuela o asesinar a cinco policías en una emboscada con armas automáticas. Es gente que, en muchos casos, está mentalmente enferma... Hay gente que exhibe una inestabilidad metal y tiene que haber un modo de evitar que un arma llegue a sus manos. El problema es cómo hacer esto sin incumplir la Segunda Enmienda.

Y ahí lo deja.
Bourne no es Bond. 
- Bourne sólo tiene preguntas. Es lo que tiene ser digital

Comentarios

Cargando más noticias
Cargar mas noticias