Río adentro, cuando el sexo cuesta lo que la cerveza

miércoles, 17 de agosto de 2016 · 06:59
El Mundo / Pedro Simón
En su libro Las cosas que llevaban los hombres que lucharon, Tim O'Brian nos habla de los objetos que portaban los soldados estadounidenses de la compañía Alfa que peleó en Vietnam.

«Las cosas que llevaban eran determinadas, en general, por la necesidad», escribe. «Entre las indispensables o casi indispensables estaban abrelatas P-38, navajas de bolsillo, pastillas para encender fuego, relojes de pulsera, placas de identificación, repelente contra los mosquitos, chicle, caramelos, cigarrillos, tabletas de sal, paquetes de Kool-Aid, encendedores, fósforos, aguja e hilo de coser, certificados de pago de haberes militares, raciones de campaña y dos o tres cantimploras de agua».

Pues bien, aquí, los nuestros también llevan condones. Las autoridades olímpicas distribuyeron 450.000 preservativos entre los 10.550 atletas que están en Río de Janeiro. Que más que un evento olímpico esto puede parecer una quedada de Erasmus. Si en Londres 2012 tocaron a 15 por barba, en estos Juegos tocan a 42.

Si descontamos a los indecisos, a los que se encierran a solas con el ordenador, a los que han venido pensando en el podio y a los que -a pesar de todo- quieren mantenerse fieles, la conclusión es que aquí hay alguien que se va a hinchar.

Cuarenta y dos preservativos son muchos preservativos. Dan una media de casi tres por día de competición, con lo que no se extrañen si en el Estadio Olímpico ven a ese lanzador de peso polaco corriendo como un pingüino con las mallas medio bajadas, trastabillándose al salir del vestuario entre lanzamiento y lanzamiento, muy acalorado, para agotar el cupo profiláctico que le ha asignado la organización.

El sexo está dentro de la Villa Olímpica pero sobre todo está fuera de ella. Barra de Tijuca es a los Juegos lo mismo que la depauperada Vila Mimosa -traduzcan literalmente- es a la prostitución: un escenario protagónico donde puede pasar de todo.

Paseamos de noche por Sotero dos Reis, la callecita principal de Vila Mimosa, una vía sórdida de 200 metros jalonada de tugurios de música a toda pastilla, parroquianos que en la acera ven un Flamengo-Atlético Paranaense, mujeres expuestas como pura sangre, alegres puestos de carne a la parrilla y puestos muy tristes de la otra: esa niña semidesnuda que nos está sonriendo no tiene más de 13 años.

Aquí vino un día un tipo del Daily Mail; se trajo unas cartas plastificadas como las de los restaurantes en las que había impreso unos aros olímpicos y supuestos precios de trabajos sexuales; las repartió entre algunas prostitutas; las pagó para que se hicieran fotos con ellas y con todo se inventó un reportaje. Desde entonces -y con razón- decir que eres periodista aquí es como decir que vas con Argentina: motivo seguro de bronca.

Tiene Vila Mimosa algo de colmena humana. Unas 4.000 chicas trabajan al día en esta calle en turnos de dos o tres horas. Con un orden bajo este caos aparente: todos los jueves viene a atenderlas un ginecólogo voluntario.

Así que a un paso del Hotel Canario entramos a una especie de barraca con la compañera Agnese Marra, nos apoyamos en la barra, levantamos la mano con la intención de tomar algo, la dueña señala hacia arriba con un golpe de cuello y -estadillo en mano- nos pregunta que si queremos habitación.
-¿Você quer um quarto?
-No, no. Con dos cervezas vamos bien. Fresquitas.

La cerveza tiene poca fuerza y yo pienso que la enorme mujer negra que hay apoyada en el billar bajo un fluorescente amarillo y otro rojo tiene que tener mucha. Cada cerveza nos cuesta 12 reales, algo más de tres euros. Un servicio en la calle cuesta entre 15 y 40 reales. El anal son 20 de suplemento. Y olvidamos preguntar los precios del kit sexual que hay en la estantería junto al whisky y la cachaza, esto es: jabón, crema hidratante y hasta pasta de dientes.

Suena el I will survive de Gloria Gaynor, la mujer negra baja de la mesa de billar y viene hacia acá.
-Yo quiero jugar contigo.
(...)
Al olor de los Juegos en Río, el magnate Donald Trump levantó un hotel con su nombre en Barra de Tijuca para hacer su agosto.

Al olor de los Juegos en Río, las transexuales Eloana, Thais y Natalia han acampado junto al hotel del líder republicano para hacer lo propio con el sexo. En un paisaje totalmente opuesto al de Vila Mimosa, en esta zona chic con espectaculares vistas al Atlántico, una treintena de mujeres trans de Río se dejan ver en la noche como luciérnagas.

Aquí Natalia, aquí unos lectores. Íbamos a saludarla con un beso, pero ella se presenta levantándose la camiseta y enseñándonos las tetas, que es una forma de presentarse a alguien que yo no había visto desde los tiempos de la facultad.
-Estoy contenta porque con los Juegos hay muchos más clientes.
-¿Clientes de qué países?
-Vienen muchos españoles, estadounidenses y peruanos.

Cuenta que, en una ciudad con un salario medio de 1.800 reales al mes, ella gana unos 8.000 [2.300 euros]; que está casada; que cobra «200 por servicio completo en hotel»; que sólo trabaja «cuatro días a la semana de siete a 12 de la noche» y que -para mantener «este cuerpo» que nos anda enseñando- se tira tres horas diarias en el gimnasio.
-¿Estás contenta entonces?
-Sí. Y vete ya -nos despacha-. Que por tu culpa no se están parando los coches y perdemos dinero.


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