Testimonio de esclava sexual de Los Zetas y Cártel del Golfo

jueves, 18 de agosto de 2016 · 06:59

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Una mujer aterrada viaja en una camioneta que recorre Tamaulipas, México. No sabe a dónde va y para qué. Sólo sabe que si se quita la venda de los ojos, la ejecutarán. Que esos hombres armados que la custodian son tan sádicos que parecieran paridos en el infierno. Y que ese podría ser su último día con vida.

Esa mujer desciende con miedo de la camioneta. Las piernas le tiritan mientras entra a una quinta grande, polvosa, aislada bajo el calor desértico de la frontera entre México y Estados Unidos. Le ordenan quitarse la venda y avanza detrás de los hombres armados. Atraviesa una habitación, otra, un pasadizo, un túnel. La mansión se va oscureciendo mientras desciende unas escaleras y sus ojos se fijan en una luz tenue y roja que cubre todo lo que hay en un sótano casi sin muebles: cuerpos desnudos y encadenados a las columnas que van de techo a piso.

Ahí hay jóvenes que agonizan. Desvanecidas, sostenidas sólo por cadenas. Que balbucean a través de hilos densos de saliva y sangre. Que parecen estar en sus últimas horas de vida. Y alrededor de ellas merodean hombres que sonríen y las violan, ríen y las golpean, se tocan los genitales y las hieren con cuchillos.

Esa mujer asustada cierra los ojos. Cree que hay cuatro, cinco, seis mujeres. Sus custodios la obligan a mirar y, para evitar llorar, pone la mente en blanco y enfoca un altar y unas velas. La sangre que se esparce en el piso desprende un intenso olor a hierro, como de ferretería vieja, como sabor a moneda bajo la lengua.

Se pregunta en silencio ¿de dónde sacaron a esas mujeres?, ¿en dónde quedarán sus cuerpos? Y cuando pregunta en voz alta por qué le hacen eso a las jóvenes, un hombre armado, con gesto "aburrido” responde con naturalidad "porque esos clientes son buenos y pagaron mucho dinero”.

Entonces esa mujer aterrorizada cae en la cuenta: está ahí para saber que ese es el destino "normal” para una esclava sexual que, como ella, está secuestrada por un cártel. Así es la vida en cautiverio cuando el cerrojo lo tiene el Cártel del Golfo.

Esa mujer lleva tanto tiempo en un cautiverio sin calendario, televisión o periódicos, que no sabe que lleva unos cinco años secuestrada. Y después de esa tarde, pasará poco más de dos años más en las redes más violentas de explotación sexual. Acumulará siete años y medio como una esclava sometida, primero, por Los Zetas y luego por los rivales "de la última letra”.

Y cuando huya de ese cautiverio, contará a las autoridades mexicanas de la Unidad Especializada en Investigación de Tráfico de Menores, Personas y Órganos que son ciertos los rumores sobre lo que pasa en Tamaulipas, un estado que se ha ganado el apodo de "Mata-ulipas” porque 7.200 de los suyos han sido asesinados en los últimos cinco años, según datos oficiales.

Esa mujer narrará lo que muchos aún creen que es un mito: que a las víctimas les colocan chips para impedir que huyan, que los narcos se deshacen de los cuerpos con "técnicas” de horror, y que hay clientes que pagan por torturar y casi nadie de las víctimas se salva. Casi nadie, excepto Daniela.

El caso imposible

Si existieran categorías, los largos secuestros por esclavitud sexual en redes del crimen organizado podrían dividirse en tres tipos: los típicos, de mujeres que un día son raptadas sin petición de rescate y permanecen desaparecidas mientras el paso del tiempo dificulta su regreso, como la mexicana Stephanie Sánchez, cuya última certeza es que hace casi 12 años fue sustraída para convertirla en la "novia” de un jefe del cártel de Los Zetas.

Un segundo tipo son los casos que sólo se resuelven en ficción, como el del personaje de la telenovela argentina Vidas Robadas, "Juliana Miguez”, quien después de pasar un año en una red de trata de personas logra recobrar su libertad y encontrar el amor verdadero, aunque la persona real en la que se basó su historia, la tucumana Marita Verón, siga siendo buscada en fosas clandestinas de bandas de explotación sexual por su madre, la activista Susana Trimarco.

Una tercera categoría sería la de sobrevivientes — casos rarísimos — como la colombiana Marcela Loaiza, quien después de 18 meses de rapto por la Yakuza japonesa pudo escapar y su extraordinario testimonio la convirtió en una celebridad y escritora de libros sobre su experiencia como víctima.

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