Sexo: ni tanto ni tan bueno

martes, 30 de agosto de 2016 · 07:05

El Mundo / Hugo de Lucas
Olga H. tiene 29 años y perdió la virginidad a los 22, lo que le hizo pensar que era un bicho raro, frente a sus precoces coetáneos: "Cuando creces empiezas a recibir dos tipos de mensajes: por un lado, que no existe nada como el sexo, que hay que disfrutar a tope, que debes ser 'sexy' y una fiera en la cama. Por otro, en películas y novelas siguen vendiendo que la mejor relación física solo puede ser la culminación de un amor romántico donde se expresen los sentimientos más profundos. A mí me daba miedo no cumplir con lo primero y, encima, no encontraba lo segundo. Por eso creía que era rara".

Olga asume que ha sido una víctima más de "los mitos sexuales de Occidente", como describe Rachel Hills, autora de 'The Sex Myth', a esa nebulosa que existe entre las fantasías y la realidad de los asuntos de cama, donde se confunden los prejuicios, las ideas preconcebidas y supuestos patrones sociales que condicionan la mayoría de las relaciones. "La única manera de construir una relación sana con nuestra sexualidad es darle la importancia justa: ni una banalización que la convertiría en algo chusco ni una sublimación romántica en la que el sexo lo es todo", asegura la doctora Arantza Pérez Mijares, psicóloga especializada en parejas.

La tarea se presenta compleja porque los convencionalismos se mueven entre extremos difícilmente conciliables. Así lo entiende la sexóloga Valérie Tasso, autora de libros como 'Diario de una ninfómana' o 'El otro lado del sexo'. "Si antes se reclamaba represión, negación y prohibición, hoy se proclama un falso hedonismo que impone un continuo imperativo del gozo. Si antes una vocecita interior nos decía: 'No hagas esto, no hagas aquello...', ahora, con el mismo sadismo represivo, nos dice: 'Sigue, eres una inútil por no pasártelo mejor...' El resultado, aunque con discursos aparentemente divergentes, es parejo".

La liberalización de las relaciones ha llevado el sexo desde la intimidad del dormitorio hasta el ámbito público. Hoy todo es objeto de debates más o menos frívolos en los que se establecen pautas generales -medidas, frecuencias, gustos...- con las que hay que cumplir para construir una imagen socialmente aceptable. Pero con frecuencia esos supuestos parten de ideas erróneas.
 
El sociólogo norteamericano Michael Kimmel realizó un experimento con un grupo de universitarios a los que pidió que estimaran qué porcentaje de sus compañeros solían tener sexo los fines de semana. La respuesta media fue el 80%. A continuación les mostró los resultados del estudio Online College Social Life Survey, en el que participaron 24.000 estudiantes universitarios de Estados Unidos: solo entre el 5% y el 10% de los jóvenes tenía relaciones los fines de semanas de forma habitual. La reacción del grupo de Kimmel fue de sorpresa y, en muchos casos, de alivio.

"Lo normal no es lo que vemos en los medios y, mucho menos, en el porno", apunta la periodista y especialista en sexualidad Sylvia de Béjar, "y lo peor es que eso genera muchos de los problemas que atendemos en consulta los profesionales que nos dedicamos a esto. Ahora resulta que si no duras 30 minutos en la cama eres un blando; si no llegas pronto al orgasmo, una frígida; si no te gustan determinadas cosas, una sosa... Todo eso son idioteces. Esta hipersexualización que vivimos nos lleva a pensar que si no cumplimos con esos modelos, algo anda mal. Y no es cierto".

Y es que quizá el sexo plenamente satisfactorio no es tan frecuente como hacen pensar el cine, la televisión, la publicidad o las redes sociales. Por eso muchos deberían juzgar sus relaciones de forma más benévola. "Hay días y días, y unas veces sale mejor y otras peor, y no pasa nada", añade De Béjar, "de la misma manera que tampoco hacerlo con mucha frecuencia es siempre lo perfecto ni el coito es la práctica ideal para cualquier mujer.Hay que acabar con las generalizaciones falsas".
 
Sin embargo, más que nunca esos modelos prefabricados sirven para que, sobre todo los jóvenes, intenten adaptar estereotipos con los que elaborar un personaje frente al entorno. Sonia (32 años) es una adicta al gimnasio, aunque sobre todo practica el culto al sexo: "Me gusta ligar, como a casi todos mis amigos y amigas. Es una forma de alimentar el ego y de relacionarte. Creo que el sexo define a las personas, dice mucho de su personalidad: si eres abierto o no, si te gusta experimentar, incluso si pareces un bicho raro".

Como se ve, la cama a veces adquiere el valor de logro social. "El número de ligues y el de veces pueden ser utilizados para demostrar nuestra valía a los demás. Algo así como tanto ligas, tanto vales", sostiene la doctora Pérez Mijares. Es decir, la habilidad sexual tendría tanta relevancia como la inteligencia o la empatía. Eso, a la vez, puede generar rutinas que quizá tengan más que ver con el deber que con el placer. "En este tiempo de 'fast food', estrés y preocupaciones, para numerosas parejas consumadas el sexo se ha transformado en un mero acto genital casi obligatorio para preservar el matrimonio, dejando de lado el verdadero disfrute", comenta Mariela Tesler, especialista en pareja y sexualidad.

En el extremo de los que quitan importancia al tema se encuentran aquellos que lo han relegado por completo en su vida, como Victoria, una doctora de 53 años que afirma sentirse liberada de lo que juzga un imperativo cultural: "Llevo 13 años sin tener ningún contacto sexual con mi marido y la verdad es que me siento bien, estoy cómoda en la relación. Y no soy un caso extraño. Al contrario, matrimonios como el mío son una realidad frecuente. El sexo está sobrevalorado en la pareja".
 
La opinión es compartida por los miembros de Asexual Visibility and Education Network (AVEN), una comunidad de asexuales muy activa también en España, y cada vez más amplia, que pretende demostrar que es posible una vida emocional plena y feliz sin intimidad física. No se trata de una elección, como el celibato, sino de la ausencia de deseo o, al menos, de una absoluta indiferencia por lo erótico que no tiene aparentes causas psicológicas y que no conlleva una falta de afectividad.
 
Para Rosario Castaño, directora de Psicología y Sexualidad del Instituto Palacios, "es perfectamente posible una vida de pareja sin sexo, si se trata de una decisión libre de los dos y no afecta de forma negativa a ninguno de ellos. Se le da demasiado valor a la conducta sexual porque estamos inmersos en una sociedad donde prima el poder del cuerpo, la fragilidad y temporalidad en los vínculos, y el orgasmo físico antes que el emocional".

La conclusión, por tanto, parece lógica: lo único que puede afirmarse con rotundidad sobre la sexualidad humana es que no admite generalizaciones. Psicólogos y sociólogos de la Universidad de Nueva York iniciaron hace un par de años una investigación sobre la 'hookup culture', como se conoce en Estados Unidos la tendencia al sexo casual.
 
El asunto ha generado todo tipo de estudios y comentarios de especialistas, en unos casos para alertar de los peligros de banalizar el sexo y en otros para estimar lo saludable de la libre elección. Los investigadores entrevistaron a los participantes para conocer su postura previa y luego examinaron su vida sexual durante un año. Las conclusiones las publicaron en el artículo 'Who Benefits From Casual Sex?' y podrían resumirse en que no hay una única respuesta: los que consideraban que era una práctica aceptable confirmaron que esas experiencias les habían proporcionado bienestar psicológico y autoestima. Los que no tenían una buena opinión del sexo ocasional pero terminaron probándolo aseguraron que no les aportó nada, pero que tampoco les generó un conflicto personal.

Discutir sobre la conveniencia de un tipo u otro de actividad sexual solo contribuye a colocar la intimidad en el foco público, lo que amplifica su protagonismo a la vez que condiciona su percepción. "No se puede sacralizar ni banalizar el ", concluye Valérie Tasso, "se trata de intentar comprenderlo, y para ello debe ser profanado, lo que implica sacarlo del templo para dejar de venerarlo, y también desmoralizado, es decir, que resista los condicionantes morales o ideológicos que se le quieran imponer. Algo que solo se consigue respetándolo enormemente". Y eso sí, practicándolo de la manera que a cada uno le parezca más adecuada.


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