Caos en Río: Filas eternas, todo cuesta un mundo...

martes, 09 de agosto de 2016 · 07:12
El Mundo /
Después de una cola de 1.000 personas (tirando por lo bajo):
-Hola, ¿me da una botella de agua?
-Aquí tiene, son 8 reales (unos 2,2 euros).
-Tome (un billete de 10 reales).
-No, sorry. Sólo puede pagar con tarjeta.
Y a uno se le pone la cara de Özil en el Whatsapp.
Otro ejemplo, éste de las 11 de la mañana, en la sede del ciclismo:
-Hola, ¿me da una ensalada?
-Lo siento, sólo quedan sandwichs vegetales.
-Pero ahí pone que tienen lasaña, bocadillos, fruta...
-Ya, pero no, sorry.
Ahora es él quien pone la cara de Özil en el Whatsapp.

Así transcurren algunas interioridades de los Juegos Olímpicos en Río de Janeiro, una ciudad incapaz de digerir el gigantismo que conlleva el mayor acontecimiento planetario. Quien escribe completa con estos sus cuartos Juegos. Visto con perspectiva, Atenas, Pekín y Londres fueron, cada uno con sus problemas, un modelo de organización comparado con este despropósito.
 
Pekín 2008 fue algo impecable, pero seguramente la capacidad de ese Estado para movilizar recursos y personas sea incomparable. Es decir, que está muy bien tener casi un autobús por periodista, carritos de golf que te lleven al portal desde el bus y hasta 37 voluntarios para decirte donde están las impresoras, pero en fin, quizá no haga falta.
Londres, con las abrasadoras medidas de seguridad (una media de seis controles diarios), se afanó en que las enormes distancias fueran suplidas por un sistema de transporte público ejemplar, especialmente el metro, y para ello entregó a cada miembro de la familia olímpica una Oyster (tarjeta de transporte urbano) sin límite de viajes (aquí en Río también hay tarjetas, pero si coges el metro cuatro veces, a la quinta hay que pagar).
 
Incluso Atenas, que por comparación podría ser lo más parecido a Río (capital de un país en dificultades económicas, poco acostumbrado a ejercer de anfitrión en algo tan grande como esto), dejó a un lado todos los problemas el día que arrancó y todo funcionó a la perfección: transportes, comunicaciones, accesos...

Todo eso está naufragando en Río. Lejos de los focos que supone la ceremonia de inauguración vista por la tele, lo cierto es que llegar hasta Maracaná el pasado viernes exigía hora y media en autobús (en el mejor de los casos), soportar una cola de no menos de 60 minutos (público y prensa, sin distinción) y darse cuenta, nada más llegar, de que, una hora antes de comenzar el show, ya no quedaba comida en los puestos de vending. ¡Una hora antes! Los voluntarios, a lo suyo: «No, sorry».

Todo cuesta un mundo. Por ejemplo, el primer día, el sábado, hubo colas terroríficas, intimidantes, para todo. El Ejército y la Força Nacional (un apéndice del propio Ejército creado en 2004), cuya presencia resulta igual de intimidante que las colas, han tomado la ciudad. Se encargan igual del tráfico que de los cacheos, y muchos de sus integrantes son reservistas (se identifican fácilmente porque van en chándal). En la mayoría de las instalaciones hay arcos de seguridad, pero en otras, un cacheo y a correr. Es más, puede pasar que, con una mochila colgada del hombro, te cacheen y la mochila ni la miren.

Escrito queda, en la mayoría de los sitios no es posible pagar con otra cosa que no sea una tarjeta (además sólo puede ser VISA, que para eso paga 100 millones de dólares por cada ciclo olímpico) y es la primera vez que ocurre. Ayer fue el viento el que la lió. Una de las lonas que decoran la piscina se cayó. En el campo de tiro de Deodoro, varios voluntarios turnaban sus posaderas para sujetar otra que quería volar.
 
Se suspendió el remo y se retrasó más de dos horas el comienzo del tenis. Nadal sufrió en carne propia el desbarajuste. Un palo con malas intenciones salió volando y le pasó, a su juicio, demasiado cerca de la cabeza, de modo que decidió dejar el calentamiento que hacía con su tío. El sábado, un grupo de nadadoras españolas decidió tirarse en el suelo porque el autobús que debía llevarlas a la piscina no aparecía.

Otro día hablaremos de las lámparas sin enchufe ni bombilla. Y otro día de las cajas fuertes en las habitaciones, que tienen código, sí, pero que están sueltas, de modo que su única condición de seguridad es que no admite ladrones tirillas. Han de ser ladrones que vayan al gimnasio.


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