Sexo olímpico, el nudo más íntimo de dos atletas

martes, 9 de agosto de 2016 · 07:14
El Mundo / Luis Martínez
Cuentan que las máquinas de preservativos de la Olimpiada de Barcelona ardían. Lo cuenta Durex. No daban abasto. Y hasta cierto punto es comprensible. Pongámonos en situación. Tanto tiempo en tensión, tantas horas en la ducha y tantos masajes (por muy dolorosos que resulten) tienen, necesariamente, que explotar por algún lado. Sobre todo, justo después de la euforia de la victoria o como necesario consuelo a la tristeza del fracaso. ¿Era Coubertain consciente de que lo que él entendía por fraternidad entre pueblos podía derivar, pasadas las décadas, en algo mucho menos formal?

Los 60 y su Primavera del amor, como saben, no dejó ni presos ni heridos. 'Su mejor marca', de Robert Towne, es buena prueba de ello. Corren los años 70, el sida aún no ha asomado la patita y todo lo que no es ardor es fricción. El director del que ya vimos el 'biopic' de Prefontaine, además de guionista de cabecera del Nuevo Hollywood, tiene claro lo que quiere contar. En el cómo es donde duda. La idea es retratar el nudo más íntimo de las tribulaciones de dos atletas de heptatlón (y no me miren así) sometidas a la presión de la marca, la clasificación y, por supuesto, a un entrenador homófobo, brutal y muy pesado. Lo normal en estos casos.

Mariel Hemingway y Patrice Donnelly entrenan juntas y juntas quieren alcanzar la gloria y, ya puestos, el orgasmo. Nada que reprochar. No es difícil imaginar a Towne delante del escritorio dándole vueltas a la posibilidad de una historia de amor entre dos atletas. Y angustiado, sin duda, ante la tentación de atreverse a lo que, finalmente, no se atrevió.
 
No deja de ser curioso, tal vez sintomático, que para ser una de las contadísimas películas con atletas mujeres de protagonistas (en la serie presente, ésta es la única), lo que se dirima no sea el clásico afán de superación, lucha contra sí mismo y esfuerzo tal vez baldío. O no sólo. No, ahora es el amor el mayor trofeo y, de su mano, ahí que van unas cuantas escenas de 'soft' lésbico tan inocentes como tiernas. Y con gracia. ¿Por qué no entre hombres? ¿Machismo quizás? Llámenme loco, pero me temo lo peor.

Por supuesto, al final, vuelta la burra al trigo, la película no tarda en regresar a la senda habitual del esforzado olimpismo. Y no sería justo no reconocer el rigor y calculada melancolía de un romance fundamentalmente triste. Sin embargo, una última sorpresa depara a los curiosos. Tanto penar al final conduce a ningún lado. Tras Montreal, Estados Unidos acabó boicoteando las Olimpiadas de Moscú. El amor y la melancolía es lo que tienen. Duele por dentro.




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