Un velo entre biquinis en la fiesta del voley

martes, 09 de agosto de 2016 · 07:19
El Mundo / Jaime Rodríguez
Ayer a las 11 de la mañana, las caipirinhas circulaban a todo trapo por la barra de los quioscos de la cancha de voley playa, en Copacabana. Por cuatro euros, en vaso de plástico muy fresquita. De las gradas de la instalación levantada a 12 metros del Atlántico salía jolgorio por la victoria de una pareja de chicas brasileñas sobre otras argentinas, a las que las decían de todo por culpa de los viejos piques futboleros entre ambos países.
 
El deporte más playero del mundo se convierte en fiesta en la playa más famosa del mundo, punto caliente del circuito olímpico carioca, lejos del cemento y los pabellones a medio terminar de Barra. Río late en su icónico paseo marítimo.

La arena se cuela en el teclado del ordenador de los periodistas, con dificultades para ver la pantalla por el sol que calentaba el lunes, ganador tras el amanecer de nubes. En las puertas de la sala de prensa, unos cocos invitan a mirar hacia arriba. Han quitado muchos, para evitar coscorrones, pero alguno queda colgado de las altas palmeras que se cuelan entre las carpas plantadas para el evento.
 
En las gradas, de más de 20 metros de altura, 12.500 brasileños celebran cada punto con saltos que hacen temblar los andamios de esta construcción abierta con motivo de los Juegos y que, como tantas otras, se desmontará en dos semanas. Hasta entonces será destino imprescindible para quien busque saborear, aunque sea sólo un rato, el Río más mitificado. Por la avenida Atlántica, la misma que se cuaja de blocos de bailarines durante el Carnaval, el público hacía cola con los partidos ya lanzados, en intenso programa hasta bien entrada la noche.

Copa arde durante todo el día. El voley playa se ha convertido en una de las estrellas del horario after hour que estira al máximo la jornada olímpica. La televisión brasileña también lo da como producto destacado de su inabarcable programación olímpica. El domingo, además, salió de aquí una de las imágenes de los Juegos hasta el momento, protagonizada por la egipcia Doaa Elghobashy, en plena acción en la cancha con el velo puesto. Su vestimenta (sólo con el rostro, los pies y las manos a la vista) chocó en el espectáculo de bañadores vertiginosos. «Estoy cómoda, no me molesta para jugar», contaba tras perder el partido.

El beach volley es una de las modalidades con mayor éxito en taquilla, difícil conseguir una entrada (de 15 a 30 euros) para el último turno, bajo luz artificial. Tiene tirón el show que envuelve a cada encuentro. La gente en pie, la música a tope, banderas y cerveza en las tribunas. Juerga de primera en bermudas y biquini; cuesta permanecer sentado.
 
Cada punto se celebra con unos segundos de las canciones del verano y otros temas clásicos, como La Macarena que acompañaba el martes a los puntos de los españoles Herrera y Gavira en su duelo ante la pareja de Qatar. De repente se vieron convertidos en enemigos de la torcida porque uno de sus rivales era un brasileño nacionalizado. Sudaban los pobres por los 30 grados y el ambientazo en contra que empezaron a sufrir. Luego se lo tomaban con filosofía: «El escenario es alucinante. Jugar al voley en Copacabana. Imagínate», decía Gavira.

«Es un sueño, un sitio inolvidable, a pesar de que hayamos tenido al público en contra. Apretaban mucho», reconocía el jugador tinerfeño, que ya probó el destino en abril, en un torneo previo. Entonces el estadio no acogía a más de 5.000 personas, lo habitual en el circuito. Los 12.000 de ahora convierten al recinto en un pequeño Maracaná del voley. «La temperatura es buena y la arena ligera», explicaba al final, echando cuentas para intentar pasar de grupo y buscar la pelea por las medallas. Su compañero Pablo Herrera se colgó una plata en los Juegos de Atenas (2004).

No tuvo dudas el comité organizador carioca a la hora de señalar la sede del festivo deporte. Copacabana es uno de los lugares que reclaman el nacimiento del voley playa, junto a otras playas de tronío mundial, como Honolulu, en Hawai, la californiana Santa Mónica o Punta del Este, en Uruguay. «Aquí en Copa es religión», dice Antonio un poco más arriba, siguiendo la orilla en dirección a Ipanema. Sin entrada para el evento olímpico, juega con un grupo de amigos ante una red desvencijada.
 
Miran de reojo a la fragata de la armada brasileña que vigila la costa desde el comienzo de la competición. En el paseo marítimo los patinadores y runners sortean soldados de la Fuerza Nacional con la metralleta al hombro. Y descalzos, con los pies casi en el agua, policías de paisano vigilan el baño de los turistas para evitar robos.
A mediodía, un camión de Skol, la cerveza oficial de los Juegos, aparca junto al campo de voley olímpico.
 
«Agotamos los barriles con el partido de las chicas brasileñas», explican en la barra, mientras el Dj que anima a la grada sube el volumen con la última de Enrique Iglesias. Fuera de las vallas, algunos toman el sol de espaldas al mar, atentos desde el pareo a la escandalera que sale del estadio. Al atardecer, en los chiringuitos ya se escucha música local. La fiesta en Copa atrapa. Difícil marcharse.



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