Así es Oslo, la ciudad de la felicidad y la riqueza

miércoles, 29 de noviembre de 2017 · 09:00

elmundo.es/
Vivir en Oslo es vivir sin prisa. Eso lo he comprendido más tarde. Siempre pensé que la capital noruega se conjugaba en futuro, en parte, como reacción a un pasado secuestrado. Ciudad en perpetua construcción, las grúas lo atestiguaban a diario. Hablara con quien hablara -con Kjetil Trædal Thorsen, fundador del premiado estudio de arquitectura Snøhetta; con Christian Ringnes, acaudalado inversor inmobiliario-, lo repetían como un mantra: estamos construyendo nuestra identidad cultural.

Aunque la huella humana se remonta a tiempos remotos, Oslo como capital es joven (1905) y no recuperó su nombre original hasta 1925. Durante 400 años fue simplemente una ciudad de provincias danesa, Kristiania. Su historia, como la de su país, fue de pobreza y de la lucha constante por superarla. Hasta que en 1970 se descubrió el petróleo en el Mar del Norte. Hoy Noruega -además del más feliz- es uno de los países más ricos del mundo y Oslo, su mejor escaparate.

Hay quien cree que cuando el dinero llega rápido también puede gastarse rápido. No es el caso. No sólo porque los ingresos de esta industria se ahorren en un fondo soberano-el mayor del mundo- destinado a asegurar las pensiones de las generaciones venideras cuando ya no quede petróleo, sino porque aquí todo se piensa, se debate, se vuelve a pensar, y entonces -y tal vez- se ejecuta. Como si no hubiera prisa. Es una sociedad de consenso, cuya cultura política se basa en valores comunes.

Nuevos barrios de diseño
Pese a esa dilación, Oslo es la capital que más rápido crece en Europa. La ciudad reactivó social y culturalmente el área industrial del río Aker -hoy epicentro de la industria creativa-, y ha recuperado el fiordo tras décadas dando la espalda al mar con un ambicioso plan urbanístico. En dos años será la primera capital europea en librar de coches su centro urbano para devolvérselo a los ciudadanos. Además, han florecido edificios que ya son iconos -como la Ópera de Snøhetta o el Museo Astrup Fearnley de Renzo Piano- en nuevos barrios de diseño que no tienen nada que envidiar a los de Copenhague. Ya no hay lugar para la condescendencia por parte de sus pares escandinavas.

Oslo no posee el testamento imperial de Estocolmo ni la gloria danesa, precisamente porque hubo un tiempo en que los noruegos no sólo no eran noruegos (primero daneses, luego unidos con Suecia), sino que eran igualitariamente pobres en una tierra extrema. No hay lugar para una cultura de lo excepcional cuando se trata de sobrevivir. Con el siglo XIX, la industrialización permitió levantar un puñado de edificios sencillos pero respetables -el Parlamento, el teatro, bancos, bibliotecas y hospitales- que marcaron la confianza nacional.

Hoy Oslo enmienda esa modestia sin caer en la extravagancia u opulencia (tan antinoruegas) y la ciudad, además de en construcción, está en dislocación: se construye un nuevo Museo Nacional que albergará las colecciones dispersas en tres de aquellas edificaciones antiguas. En Børvjika, la Ópera aguarda como vecinos a la biblioteca pública Deichmanske y al futuro Museo Munch, a cargo del estudio español de Juan Herreros, que sustituirá al actual en el barrio inmigrante de Tøyen -hoy bajo una transformación masiva que aspira a convertirlo en centro de start ups- . Son espacios públicos de primer orden basados en los valores de la sociedad nórdica de apertura, confianza y transparencia. La Ópera sigue siendo el mejor ejemplo: puede entrar simplemente para ir a al baño.

Confianza y tranquilidad
Además de estos principios, la naturaleza marca la vida en Oslo, física y emocionalmente. Sólo un tercio de la superficie de la ciudad está construido, el resto es bosque y es intocable-. Con el fiordo enfrente, esa bella dinámica entre urbe y paisaje rige la vida cotidiana. Pero la naturaleza no es sólo frontera, pues también se encuentra en el alma de cada noruego. Su amor y respeto por ella es prolongación, o más bien origen, del inofensivo orgullo patrio.

La proximidad a un escenario natural único se aprovecha al máximo. Es tan normal ir a esquiar en metro, como que los niños de dos a cinco años salgan cada semana a disfrutar de los bosques y parques de la ciudad. Cuando sale el sol, los parques se llenan de gente con sus barbacoas portátiles y en verano, cuando los días son eternos y las noches minúsculas, sucede lo mismo en las playas.
A juzgar por la pasión con la que los habitantes de Oslo se entregan a la vida al aire libre en todas las estaciones del año, sólo cabe pensar que aquí no se vive para trabajar, sino que se trabaja para vivir.

Y como la familia es considerada la base de la sociedad, ello pasa inevitablemente por respetar la conciliación laboral y por un reparto igualitario de las tareas familiares y domésticas.

Una ciudad humana
Oslo es una ciudad humana por sus dimensiones y porque está pensada para todos sus ciudadanos. El sistema promueve el bien máximo para la sociedad como marco para salvaguardar las libertades individuales, y se basa en la confianza. Nada produce mayor tranquilidad. La vida es más fácil cuando vives en un ambiente de seguridad casi plena: Saber que los coches se detendrán en el paso de cebra, saber que no te van a birlar nada del bolso, saber que llegará puntual el tranvía... Saber que el sábado a partir de las 18.00 horas no podrás comprar cerveza en el súper también es una certeza, aunque no una alegría.

Quizás porque sus dimensiones son pequeñas, y también porque así ha sido tradicionalmente, el valor de la sociedad en su conjunto es de vital importancia. Se vive respetado y respetando. Esa cultura de deferencia a lo ajeno implica, por ejemplo, no ser cotilla: a nadie se le ocurre mirar por la ventana del vecino pese a que la fabulosa lámpara Louis Poulsen lo deje todo a la vista, como tampoco uno anda mirando cuántos impuestos paga el colega de trabajo y podría hacerlo con sólo un click.

Esa cultura del respeto implica pagar los servicios públicos aunque no haya un revisor o barreras. Implica no sólo reciclar ritualmente la basura (aunque lo ponen fácil: en el súper hay bolsas gratuitas de colores para separar residuos, luego basta con meterlos todos en un mismo contenedor, y la planta de reciclado se dedica a clasificarla), sino recoger cualquier papelillo que haya por el parque. Y no sólo implica no quedarse con algo porque «a alguien se le habrá caído», sino que lo normal será colocarlo en un lugar visible para que su propietario pueda encontrarlo.

Acogedora e interesante
Mejorar la sociedad conlleva inevitablemente mejoras para el individuo. Ésa es la base del dugnad, un concepto noruego antiguo que aún hoy se mantiene y que implica desempeñar un trabajo social puntual en beneficio de la comunidad. Habrá dugnad en la guardería (con tareas de limpieza o reparación, por ejemplo), como lo habrá en el equipo de fútbol (haciendo bizcochos para que se vendan en la cafetería).

Siempre hubo dugnad en Noruega, pero no siempre fue Oslo la ciudad acogedora e interesante que es, con una escena cultural apabullante y una revitalizada gastronomía local. ¿Quién iba a decir hace una década que un joven cocinero danés con su pequeño restaurante junto a las vías de la Estación Central se llevaría las primeras tres Estrellas Michelin del norte de Europa? Oslo era tan inhóspita, tan salvaje, construida con prisas, tan fragmentada, que la llamaban Ciudad del Tigre. Hoy de eso sólo queda la escultura del animal en la Estación Central.

Nos enseñan que sólo el pasado y el futuro son tiempos perfectos, pero Oslo se empeña en mostrar que el presente también lo puede ser.
 

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