La madrastra ha dejado de ser la mala del cuento

lunes, 11 de diciembre de 2017 · 07:13

elmundo.es/ Isabel Serrano
La madrastra del cuento es una mujer malvada que odia a los niños y roba el amor del padre. Sin embargo, en el mundo real, su vida es la historia de la construcción de un vínculo afectivo con su hijastro/a, diferente del que éste/a tiene con su madre biológica. Es también la aventura de crear un nuevo modelo familiar que nace de la pérdida -una muerte o un divorcio- y del nuevo amor.

La familia reconstruida, en la que se convive con los hijos de la relación anterior, es una nueva realidad que supone importantes retos. Es difícil construir puentes mientras todo cambia alrededor, pero con una buena dosis de paciencia y las herramientas adecuadas se pueden establecer relaciones armoniosas.

Estos casos reales -con nombres cambiados- ponen voz a algunos de los conflictos que afrontan las madrastras de carne y hueso, que en nada se parecen a los personajes de cuento.

Madrastra de niños pequeños
Cuando los hijastros son menores de 11 años se pueden construir más fácilmente nuevas relaciones ya que se adaptan mejor. Ana se lleva de maravilla con los niños de Jaime, de cinco y siete años. Tiene claro que no es su madre, pero les lleva al colegio, les prepara su comida preferida y le gusta hacerlo. Se ha topado con dos problemas: los conflictos no resueltos del divorcio y la sensación de usurpación que vive la madre biológica.

Un factor importante para la reconstrucción es cómo la ex pareja acepta a la nueva: si tiene celos o utiliza a los niños. En este caso activaron dos estrategias: 1. No usar a los niños de bisagra, por lo que Jaime hubo de utilizar mucho diálogo y no caer en provocaciones con su ex para asegurarle que era una nueva familia y que nadie sustituía a nadie: «Cuantas más personas quieran a los niños, mejor». 2. Crear tradiciones y hábitos propios de la nueva familia, por eso, tienen sus juegos familiares, fomentan el diálogo y los horarios adecuados a las visitas de los niños.

Con hijos adolescentes
Cuando Marina conoció a Diana hacía dos años que la madre de la niña había fallecido: ella tenía seis años. Tuvo que enfrentarse a dos problemas diferentes en el tiempo: 1. Toda la familia estaba en duelo. 2. Manejar el natural crecimiento de la niña. Las familias reconstruidas han de hacer frente al sentimiento de pérdida, ya sea por fallecimiento como por la renuncia al sueño de reconciliación que todos los hijos tienen. Mientras la niña era pequeña, Marina encontró su lugar, pero cuando llegó la adolescencia, Diana fue a su aire. A ella le pareció una falta de agradecimiento y se encerró en sí misma.

Sabemos que entre los 11 y los 14 años habrá más problemas de rechazo porque se trata de una edad de búsqueda de identidades. La evolución de la familia tuvo dos pasos: 1. Favorecer el diálogo del padre. 2. Encontrar su nuevo papel en la foto. El padre incrementó la comunicación de tú a tú con su hija para que no se sintiera abandonada y valorara la buena labor de Marina; ella, a su vez, se dio tiempo para salir del papel de educadora y acompañarla como una "tutora adulta que se preocupa por ella", según sus palabras. Ahora las relaciones suman, no restan.

Con hijos mayores
Concha es madre de un niño y desde hace años es la novia de Santi, padre de tres hijos mayores. Los conflictos que surgieron son característicos de las madrastras de hijastros adultos: 1. Las luchas de poder entre las dos familias. 2. Los temas financieros. Los hijos de él se dividieron entre los que apoyaban al padre y aceptaban a su nueva pareja y los que se alinearon con la madre para boicotear la nueva relación de su padre, al que acusaban de falta de lealtad por temas de dinero.

Esta pareja tuvo que favorecer dos soluciones: 1. Aclarar que son una nueva familia y no un parche de la anterior. 2. Favorecer la comunicación en pareja. En esta situación se puede resentir mucho porque convive con la larga historia compartida de la familia previa. Santi alcanzó un acuerdo económico con su ex para hacer borrón y cuenta nueva. Concha aprendió a comunicarse sin reproches. El suyo es un amor tardío pero sólido; se han casado este año.

Quizás haya llegado la hora de que las madrastras dejen de ser las malas de la película. La familia que se reconstruye puede ser un espacio de creatividad, tolerancia y relaciones ricas en el que intervienen otros integrantes como los padrastros, los hijastros, los padres biológicos, los hermanastros o los abuelos, que también han de hacer su propio proceso de cambio. Y hay madrastras que no lo superan: los segundos matrimonios tienen un alto porcentaje de divorcio. Pero eso ya es otro cuento.

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