Los 10.000 "niños espía" de Kim Jong Un en Japón

jueves, 16 de marzo de 2017 · 07:26
elmundo.es / Javier Espinosa
La historia de los Zainichi -coreanos residentes en Japón- está vinculada a la iconografía dominante en Corea del Norte. A imágenes como las que muestra el vídeo grabado durante uno de los aniversarios del calendario norcoreano que se suelen conmemorar en el Instituto Joseon, del barrio de Kita. En él, se muestra un teatro abarrotado y presidido por dos enormes retratos de Kim Il Sung y su sucesor, Kim Jong Il. Los responsables de la ceremonia depositan unas ofrendas florales frente a sus fotografías. Los participantes han accedido a la sala tras pasear por el patio exterior, engalanado con una hilera de banderas del estado comunista.

Hoy es jornada lectiva y la parafernalia que relaciona a este recinto educativo con Pyongyang no resulta tan evidente, aunque las sempiternas imágenes de la dinastía Kim siguen dominando las aulas de los alumnos más veteranos. Quien fuera el segundo dirigente de Corea del Norte aparece en otra ilustración rodeado de niños sonrientes.

La influencia entre los estudiantes de la ideología Juche -la teoría oficial del país norteño formulada por su primer líder- tan sólo se percibe cuando se le inquiere a una de las alumnas por un cartel que representa un curioso caballo con alas junto a un misil y ella responde con prestancia: «Se refiere al gran movimiento Chollima que lanzó Kim Il Sung».

Para Corea del Norte, Chollima -un caballo alado heredado de la mitología china- se ha convertido en un elemento icónico que alude a la campaña de producción acelerada que promovió Kim Il Sung en los 50. «Representa el poder de ese país», añade la chiquilla, que deambula por el recinto escolar vistiendo su uniforme, inspirado en el traje tradicional coreano.
El Instituto de Kita no desentonaría en ninguna localidad norcoreana. Pero esta barriada no se encuentra en la Corea del Norte marxista, sino al noroeste de Tokio, la capital de un país capitalista que mantiene una creciente rivalidad con su vecino norteño.

Este centro es uno más de las decenas de recintos similares diseminados por Japón destinados a educar a la minoría coreana asentada en este país. Desde hace años, son objeto de una viva polémica por su vinculación con la Asociación General de Residentes Coreanos en Japón (Chongryon), una institución que actúa como la embajada no oficial de Corea del Norte en esta nación que nunca ha tenido relaciones diplomáticas con Pyongyang.

«No somos colegios propiedad de Corea del Norte, pero es cierto que les estamos agradecidos. Fue el único país que nos apoyó cuando empezábamos. Nos mandaban dinero y libros de texto. Por eso mantenemos el retrato de sus líderes. ¡Pero este no es un colegio lleno de espías!».
Quien habla es Gil Ung Shin, director del Instituto Joseon, sentado en su despacho ante la atenta mirada de un alto cargo de Chongryon que, en el mejor estilo de los funcionarios de Corea del Norte, no cesa de tomar notas de su conversación con el periodista en una pequeña libreta.

El diálogo continúa mientras recorremos el instituto, de cuyas paredes cuelgan mapas de la Península coreana -sin división entre las dos mitades- e instantáneas de los sonrientes alumnos aventajados que logran cada año un singular regalo de fin de curso: viajar a Corea del Norte. «Cada año van 600 de todos los colegios coreanos de Japón», añade Shin.

El Instituto Joseon y la comunidad norcoreana en Japón son el resultado de esos habituales vaivenes de la historia que hacen saltar por los aires fronteras, nacionalidades y la misma identidad de los que los sufren. Cuando Japón se anexionó la Península de Corea en 1910, la migración coreana hacia el territorio insular todavía era mínima. Esa dinámica se trastocó con el flujo masivo de coreanos de las décadas subsiguientes. Muchos eligieron cruzar la división marítima acuciados por la carestía económica pero muchos más fueron forzados a viajar hasta la madre patria para convertirse en mano de obra esclava. Decenas de miles murieron trabajando en condiciones brutales en las minas y factorías del imperio del Sol Naciente.

Cuando Japón firmó su derrota en la Segunda Guerra Mundial, los 2,4 millones de coreanos que residían allí iniciaron otro éxodo, esta vez en dirección opuesta. Los que se quedaron en Japón se vieron atrapados en un limbo histórico y legal. Habían pasado de ser coreanos a súbditos del imperio japonés, foráneos en su tierra natal a partir de 1952 -cuando Tokio les retiró la nacionalidad- y finalmente se vieron divididos entre ciudadanos de un estado sureño y otro norteño con ideologías antagónicas. Olvidados en plenas rivalidades de la Guerra Fría, los zainichi decidieron establecer una red de escuelas para incidir en sus orígenes étnicos.

Nacida en Japón hace 57 años, con pasaporte norcoreano y antigua estudiante de los colegios relacionados con Pyongyang, C.H. -no da su nombre- pretende romper el esquema de blanco y negro que se ha establecido para describir la actividad de estos centros. «Son colegios que quieren mantener nuestras raíces coreanas», asevera en la elegante oficina del centro de Tokio donde trabaja. «Es más un esfuerzo cultural que ideológico. Yo soy madre de dos niños que estudian en ellos y fuimos los padres los que exigimos que no se impartiera ideología... Para nosotros no se trata de elegir entre norte o sur porque consideramos que sólo existe una Corea».

Es cierto que el Instituto Joseon rezuma sabor coreano. No sólo se estudia en ese idioma sino que se miman hasta los detalles. En la cafetería, por ejemplo, se degustan platos como el típico cuenco de arroz bibimbap o el kimchi, las dos recetas más emblemáticas de la Península. «Ama a tu país, ama a tu etnia y compórtate como un verdadero patriota», se lee en un enorme cartel que domina la fachada del edificio.

Sin embargo, también es cierto que el currículum que se enseña en estos enclaves no está controlado por Japón y sí por unas editoriales regentadas por Chongryon, como aclara el director. Él mismo reconoce que a los chavales se les instruye en las tesis políticas que dominan en Corea del Norte -«pero sólo algunas horas a la semana», puntualiza- y se les enseña Historia «desde el punto de vista norcoreano». «Les explicamos quiénes fueron los líderes de Corea del Norte y lo que hicieron, pero son los estudiantes los que tienen que decidir si apoyan ese sistema político», asevera.

Uno podría pensar que a fuerza de estudiar en un entorno próximo a Pyongyang, todos los alumnos desean concluir su aprendizaje para reintegrarse al estado comunista, lo que dista mucho de ser una realidad. «No pienso instalarme en Corea del Norte. Mi realidad es Japón y desde aquí puedo ayudar mejor a mi tierra natal», responde Chisun Kim, de 17 años, una de las estudiantes del Instituto, emulando a otros muchos alumnos que se expresan de igual manera.

De hecho, el 52% de los alumnos del recinto han optado por un pasaporte surcoreano frente al 45% que continúan portando el de Pyongyang. «Casi ninguno quiere irse a vivir a Corea del Norte. Los chavales piensan que Japón les ofrece mejores oportunidades laborales», confirma el director.

La situación de los colegios coreanos sigue sujeta a los altibajos de la compleja relación que ha mantenido Tokio con Chongryon, una entidad que llegó a establecer un mini imperio financiero e inmobiliario. Con todo, su principal bandera de enganche fueron siempre los colegios que apadrinaba, que llegaron a ser 160 en sus años de apogeo e incluyen hasta una universidad propia. Pyongyang sustentó su fidelidad ideológica con donaciones de cientos de millones de euros, incluidos 1,8 en 2014 a cargo de Kim Jong Un «en fondos destinados a la ayuda educativa y becas», según la agencia oficial norcoreana KCNA.

Ahora, la era dorada de Chongryon es una simple memoria que se diluye entre sobresaltos financieros y choques políticos. Su declive se acentuó tras confirmarse en 2002 que Corea del Norte había secuestrado al menos a 13 japoneses en territorio nipón. La revelación causó una conmoción y las autoridades lanzaron una ofensiva legal contra Chongryon: inspecciones forzosas de la policía, confiscación de bienes... Todo eso, unido a la merma en las donaciones de Corea del Norte tras la hambruna de los 90 desembocó en una crisis financiera que les hizo vender hasta su cuartel general en Tokio.

Es sus mejores tiempos, la mayoría de los cerca de 600.000 coreanos-japoneses se declaraban afiliados a Chongryon. La decadencia de la asociación y la apertura de relaciones diplomáticas entre Japón y Corea del Sur en 1965 provocó otra oscilación pendular y hoy la mayoría de los zainichi disponen de pasaportes emitidos por Seúl. «De los 600.000 sólo unos 100.000 tienen pasaporte norcoreano, antes era al revés», estima C.H.

Los colegios dependientes de Chongryon no pudieron eludir las consecuencias de este ocaso y a partir de 2010 comenzaron a ser excluidos de los subsidios oficiales japoneses. Shin Ung Gil no necesita describir las carestías que afronta. Basta con mirar la sala de recepciones de su despacho. No sólo está anclada en un estilo que recuerda a los 70, sino que su presupuesto ya no alcanza ni para sustituir los roídos sofás en los que nos sentamos o la moqueta, repleta de lamparones.

El director fue él mismo estudiante en este centro, en el que se enroló en 1965. «En aquellos años éramos casi 2.000 estudiantes, hoy son 600», admite Shin, de 67 años. «Es una dinámica general. Todos los centros coreanos no exceden los 10.000 alumnos (en los 70 llegaron a ser cerca de 46.000). El gobierno japonés nos margina y por ello nuestros colegios cuestan más que los locales. Además, entre las nuevas generaciones algunos han decidido quedarse para siempre en Japón y se plantean cuál es la utilidad de educarse en coreano».

El rapto de japoneses y los repetidos ensayos nucleares de Corea del Norte han agravado la incertidumbre de los Zainichi, víctimas de un acoso cada vez más intenso por parte de los sectores ultraderechistas de Japón. Grupos xenófobos como Zaitokukai han protagonizado numerosas marchas y asaltos contra estas instituciones. En un vídeo de diciembre de 2009 se puede ver a los exaltados a las puertas de una de estas escuelas en Kyoto gritando mensajes tan explícitos como: «¡Todos son ñiños espías!» o «¡Volved a Corea del Norte y comed mierda!». Otras manifestaciones han exigido el «exterminio» de esta minoría que han llegado a equiparar con «cucarachas».

En realidad, la relación entre japoneses y la minoría coreana nunca estuvo exenta de incidentes. Tras el terrible terremoto de Kanto en 1923, el mero rumor de que esta comunidad estaba aprovechándose de la catástrofe para cometer toda suerte de desmanes generó un auténtica razzia donde cientos, si no miles, fueron masacrados. Aquellas imágenes de cadáveres empalados o con los ojos arrancados han quedado marcadas de forma indeleble en acervo de los zainichi.

«El racismo japonés siempre ha estado dirigido hacia los coreanos, no contra los brasileños o los africanos de Ghana», opina Kim Tong Hak, responsable del departamento de Derechos Humanos de Chongryon, una ocupación peculiar para quien defiende a un gobierno acusado de múltiples violaciones en ese mismo dominio. «El problema es que no sé si las informaciones que leemos en los medios son ciertas o no».

Cuando se le inquiere a C.H. por qué no quiere revelar su identidad, la norcoreana-japonesa acepta que es por miedo: «Hay muchos zainichi que ocultan su origen. En Japón nos consideran como perros, como ganado».

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