La obsesión del movimiento

jueves, 27 de abril de 2017 · 07:26
elmundo.es / Luis Martínez
Una de las primeras imágenes con las que se tropieza cualquier visitante de la exposición 'Arte y cine. 120 años de intercambios' es un cuadro de Monet. Las pinceladas se debaten contra la realidad estática del lienzo en un esfuerzo imposible de atrapar lo otro, lo inaprensible, el movimiento de las olas frente a la quietud de la piedra, el mismo tiempo. Las rocas de Belle-île, así se llama el cuadro, fue pintado en 1886.
 
Diez años más tarde, los hermanos Lumière cumplían con toda la naturalidad de la tecnología, por ellos inventada, el deseo del pintor. El mismo encuadre y un mar que cambia con cada mirada. "Si algo identifica al arte del siglo XX es la obsesión por el movimiento, por la velocidad", dice el algo más que simple comisario de la muestra Dominique Païni. Y añade: "No se trata de que las artes plásticas se fijaran en el cine ni que el cine cumpliera un deseo de los pintores; simplemente, los dos, el arte y el cine, son hijos de su tiempo". Y el siglo XX, como se sabe, es sin duda el tiempo del tiempo, el tiempo en el que el tiempo se quebró como categoría absoluta. Y así hasta llegar a Jean-Luc Godard, el gran iconoclasta, la frontera última de todas las artes, de todo el cine posible, de todo tiempo.

La exposición, que se inaugura el 26 de abril y que permanecerá abierta hasta el 20 de agosto, es casi un empeño personal del que fuera director de la Cinémathèque Française. Païni se define como cinéfilo, coleccionista de arte y admirador incondicional de, entre otros, Eduardo Arroyo. Y para este último son los más encendidos elogios por su estudio sobre la obra de Hitchcock. La muestra, a su manera, es una prolongación de él mismo. Y como tal se comporta. Ajena a una tesis fija e irrebatible que la soporte, la idea es construir una fina malla de relaciones, influencias y confluencias por las que pasee la mirada del visitante. Éste es invitado a dejarse llevar con la misma voluntad que él mismo se verá en la posición de añadir sus propios recuerdos. "La memoria del cine es una memoria en una nube, entre la niebla, imprecisa y siempre viva", dice. Y le creemos.

Se trata de 349 piezas que incluyen 56 películas o fragmentos; 10 videoinstalaciones; 203 pinturas, dibujos, grabados o fotografías, y 52 carteles, algunos de estos últimos auténticas joyas de cuando las salas de cine los imprimían en versiones limitadísimas para sitios muy determinados. El recorrido es cronológico y a la vez ucrónico. Se contempla a la vez tanto lo ocurrido como el sueño alternativo en celuloide de todas las utopías y mundos posibles. Década a década, desde la invención del cine, el espectador es convocado a un aquelarre de imágenes que, a su manera, configuran la conciencia del siglo XX y el que viene después.
 
"Mi idea original", dice Païni, "era componer una exposición sin rótulos y, si me apuran, sin muros. Que todo flotara en el espacio como un sueño en el que sumergirse, porque lo que se ve no es ni arte plástico ni cine, son las dos cosas constituidas en la materia de nuestra alma". Poético, sin duda.

Tras recorrer el asombro de los pioneros --tanto de los que se iniciaron en el cine como de los que desde las vanguardias refundaban la pintura--, la exposición repasa las formas con las que el cubismo entró en el cine de la mano de una figura como Charlot. Y al revés. Las extrañas y alienantes mecánicas de Tiempos modernos prefiguran las perspectivas rotas y los tiempos fracturados de los modernos y novísimos. Y al revés. Y así desde Apollinaire a Fernand Léger, pasando por el inevitable Picasso, los futuristas italianos o el expresionismo alemán, el cine y las artes plásticas más que simplemente influirse se dan forma uno a otro. Picabia, Duchamp, Richter o Eggeling pintan como filman, ruedan como colorean la tela de sus composiciones dinámicas. Y no lejos, desde los cineastas rusos (Vértov y Esisenstein a la cabeza) a los surrealistas en ciernes encuentran en el cine las nuevas formas de narrar, la nueva materia del tiempo representado.

"Cada vez, a medida que nos acercamos al periodo de entreguerras, es más difícil encontrar a alguien que sea sólo pintor, o sólo poeta, o sólo cineasta... el artista es sólo uno. Buñuel, Dalí o Cocteau se encuentra en terreno de nadie, en una tierra nueva", comenta el comisario, se toma un segundo y sigue: "Además, por aquel entonces, de la mano de Henry Langlois, el cine empieza a considerarse un argumento para los museos. Ocurre algo curioso. El museo del cine surge cuando ni siquiera hay objetos todavía que puedan llenar ese museo. La institución se crea antes que el objeto mismo cinematográfico. Y eso es un cambio. En este momento, el cine adquiere su plena madurez artística".

Será así como el cine adquirirá su carácter ya indubitable de arte clásico y, de la mano de esta característica privilegiada, los primeros síntomas de su propio agotamiento. El de él y el de todas las artes. "Al final de la década de los 50, jadeaba ya 'sin aliento'. Hasta que Godard lo reinventó en, precisamente, 'À bout de souffle' (Sin aliento)", comenta divertido Païni. A partir de este momento, la muestra deja su protagonismo al suizo que con más intensidad y de forma siempre suicida ha pensado y repensado los límites del propio límite. No sólo del cine, ni sólo del arte. Se sigue dando fe de coincidencias, 'sonancias' y disonancias.
 
Aquí Yves Klein coincide con 'Pierrot el loco' y con Bresson en su utilización agresiva y monótona del azul; allí, el cine adquiere la textura icónica del fetiche de la que ninguna manifestación artística gozó antes, y un poco más allá, Alain Fleischer reinventa la instalación cinematográfica más allá del simple proyector.

Todo lo anterior para llegar a Godard de nuevo; a sus Historire(s) du cinéma, donde todo da la vuelta y la propia historia del arte es revisada desde una lectura estrictamente godardiana del mismo cine. David Lynch, Cindy Sherman o Patrick Bokanowski son algunos de los últimos nombres que dan fe de una metamorfosis que se ha apropiado de casi de dos siglos, que ha cambiado al hombre, que ha transformado al mismo concepto tiempo. Y el impulso es siempre el mismo: el batir de las olas, siempre distintas, contra las rocas, siempre las mismas. La identidad y la diferencia.

 

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