Las revelaciones más íntimas y polémicas de Roman Polanski

miércoles, 17 de mayo de 2017 · 07:30
lavanguardia.com/ Astrid Meseguer
Raymond Roman Thierry Polanski estaba destinado a ser alguien importante en la vida. Nacido en París en 1933 en el seno de una familia polaca de judíos no practicantes, a los tres años regresó a Cracovia con sus padres. Era un crío observador y travieso, de pelo rubio y rizos indomables que le otorgaban un aspecto de niña que él odiaba profundamente. De bien pequeño empezó a darse cuenta de que no era como los demás: vivía en su propio mundo de "mentirijillas”, ajeno al verdadero, imaginándose situaciones fantásticas.

"Desde que yo recuerdo, la línea entre la fantasía y la realidad ha estado siempre irremediablemente borrosa”, escribía el cineasta al comienzo de su libro de memorias publicado en 1985 y dedicado a sus amigos "pasados, presentes y futuros”. Su regreso a Polonia en 1982 para dirigir y protagonizar la obra de teatro Amadeus, de Peter Shaffer, le empujó a inmortalizar una trayectoria marcada por la tragedia, la polémica y el éxito. Ahora, tres décadas más tarde, ese manuscrito de más de 500 páginas que lleva por título simplemente Memorias vuelve a la actualidad de la mano de la editorial Malpaso con traducción de María Antonia Menini.

Y es que el autor de cintas de culto como La semilla del diablo o Chinatown ha decidido completar algunos aspectos de su autobiografía desde una perspectiva mucho más madura. "Me maravillan el optimismo y la ingenuidad que parecen destilar hoy los últimos párrafos de mis memorias”, recordaba en noviembre de 2015, cuando escribió un breve epílogo donde intentaba resumir lo más significativo que le había pasado en esos últimos treinta años.

Lo que más sorprende de las memorias de este cineasta controvertido es su prodigiosa manera de narrar unos hechos de hace tanto tiempo como si hubieran acabado de suceder. Unos recuerdos que describe con todo lujo de detalles y explicaciones, como si estuviera rodando una película con un guión recién salido del horno. Una historia que arranca cuando tenía cuatro o cinco años. A esa tierna edad ya creía que podía llegar alto y hacía siempre la cosas a su manera; sus "descabelladas aspiraciones” le convertían en el payaso de la familia y sus amigos. Y es que en su vida han sido muchas las veces que ha tenido que echar mano de la fantasía para salir adelante.

Reconoce Polanski que era un niño exigente y muy susceptible, con tendencia a los berrinches. No le faltó de nada durante su niñez, pero al estallar la guerra las tortas cambiaron y esa existencia dominada por el temor solo pudo encontrar una válvula de escape gracias al cine. Sobrevivió al gueto de Cracovia, estuvo deambulando por diferentes hogares cuando sus padres fueron enviados a un campo de concentración y no pudo ir a la escuela. Su madre murió en la cámara de gas en Auschwitz y su padre regresó del infierno y se volvió a casar con una mujer con la que Polanski no haría buenas migas. Con este panorama desolador, el protagonista de este relato tuvo dificultades para encontrar su lugar en el mundo.

Su ágil pluma nos introduce en unos años dominados por la inseguridad económica, su deseo de hacer carrera en la industria cinematográfica y su tendencia a enamorarse de jovencitas. A los 17 años quería acostarse con una mujer . Lo hizo con una chica de 14 años. Desde entonces la infidelidad ha sido marca de la casa. "La fidelidad constante lleva al resentimiento subconsciente”, plasma en su libro. Estudia en la mítica Escuela de Lodz y se codea con Andrzej Wajda, con el que aprende a realizar cortometrajes. Se enamora de la actriz Barbara Kwiatkowska-Lass, de 19 años, y se casa con ella en 1959. Tres años después se divorcian a petición de la intérprete polaca, que se había enamorado de otro hombre.

A principios de la década de los 60 viaja a Francia y se empapa de las películas que todavía no se habían estrenado en Polonia. Admira a Brando y James Dean y echa pestes de la Nouvelle Vague, de la que solo le gustan Los 400 golpes, de Truffaut y Al final de la escapada, de Godard. Su primer largometraje, El cuchillo en el agua (1962), tuvo un rodaje problemático, pero encandiló a la crítica estadounidense y fue elegida mejor película extranjera en 1963.
 
Posteriormente recorre Europa y se asienta en Londres, donde rueda Repulsión (1965), con la que gana el Oso de Plata del festival de Berlín. Su popularidad va subiendo como la espuma y él se deja querer por las mujeres y el ambiente festivo de la ciudad británica, donde no faltaban drogas como el LSD, que por entonces era legal y con la que experimentó un primer "viaje horroroso”.

Uno de los nombres que recuerda con más cariño en sus memorias es el de Sharon Tate, la modelo y actriz estadounidense que protagonizó El baile de los vampiros (1967), su cuarto largometraje . "Lo que más me impresionaba, aparte de su excepcional belleza, era esa especie de resplandor que suele emanar de un temperamento dulce y bondadoso; tenía evidentes inhibiciones emocionales y, sin embargo, parecía una chica completamente liberada. Jamás había conocido a nadie como ella”.

Contrajeron matrimonio en Londres el 20 de enero de 1968 y a su lado pasó una de las mejores épocas de su vida tras el estreno de La semilla del diablo, que tuvo un éxito apabullante y le confirmó como uno de los directores más importantes de su generación. Sharon era "una excelente cocinera, una perfecta ama de casa”, en palabras del autor. Organizaban fiestas en su casa e invitaban a amigos como Mia Farrow o Warren Beatty.

Al poco tiempo, Tate se quedó en estado de un niño muy deseado. Cuando la actriz estaba en el octavo mes de gestación, tuvo que regresar a EE.UU. en barco, mientras él se quedaba unos días más en Londres buscando los exteriores para una película que jamás rodó: El día del delfín. En el momento de la despedida, un presentimiento negativo asaltó la mente de Polanski. "Nunca más volveré a verla”, pensó.

La madrugada del caluroso 9 de agosto de 1969 la rubia actriz murió asesinada junto a otras cuatro personas en su mansión de Beverly Hills (Los Ángeles) por la sádica banda de Charles Manson. Un trágico episodio que marcaría para siempre al cineasta, convirtiéndose en carne de cañón para la prensa más sensacionalista, que empezó a escupir noticias falsas sobre las preferencias del matrimonio por las orgías, las drogas y los ritos satánicos.

Polanski no podía asimilarlo y preguntó en polaco una y otra vez: "¿Sabía ella cuánto la quería? ¿Lo sabía?”. Lo que está claro es que en Hollywood se instaló entonces una sensación de terror y paranoia, como dejó constancia Peter Biskin en su libro Moteros tranquilos, toros salvajes.
Un mes más tarde de la macabra matanza ya se estaba acostando con otras féminas como simple "desahogo”, aunque desde la muerte de su segunda esposa, confesaría que siempre que se divierte "se siente culpable”.

Polanski no duda en ofrecer al lector una descripción detallada de los rodajes de sus películas, de la gente que ha conocido a lo largo de todo este tiempo, de sus pensamientos más íntimos y la vulnerabilidad que siente cuando establece vínculos personales demasiado fuertes. Sobre sus amistades con personajes famosos de Hollywood, destaca el productor Bob Evans, a Jack Nicholson o a Bruce Lee, al que intentó enseñar en vano a esquiar.

Y como anécdotas singulares hace hincapié en el carácter depresivo y violento del cómico Peter Sellers, con el que Mia Farrow tuvo un idilio cuando su matrimonio con Frank Sinatra hizo aguas. O los problemas de ego de Faye Dunaway en el set de Chinatown, "capaz de soltar más palabrotas que un camionero”. Sobre Steve McQueen no tiene precisamente bonitas palabras. Amigo íntimo de Sharon Tate, no acudió a su funeral, un desprecio que el cineasta jamás le perdonó. Tampoco oculta su fugaz idilio en Múnich con la quinceañera Nastassja Kinski. A la hija del excéntrico y temperamental Klaus Kinski la dirigió en Tess (1979), una película que la Academia de Hollywood premió con tres estatuillas doradas.

Pero si hay un apartado que merece especial atención en la carrera de Polanski es el que hace mención a la supuesta violación de Samantha Geimer. Polanski se refiere a ella en el libro como Sandra, una chica de 13 años a la que realizó dos reportajes fotográficos a petición de la revista Vogue.

La adolescente en cuestión es descrita como una joven "desinhibida” que ”mostraba la estudiada indiferencia típica de los adolescentes que pretenden aparentar frialdad”. De hecho, de acuerdo con lo que relata el autor, se quedó de piedra cuando la joven le dijo que mantuvo su primera relación sexual a los ocho años con un niño de su calle. "Le saqué fotografías cambiándose de ropa y desnuda de cintura para arriba”, recuerda de la primera sesión. La segunda vez que quedaron la fotografió en casa de Jackie Bisset y luego eligió la mansión de Jack Nicholson en Mulholland Drive. El actor no estaba en ese momento y le abrió la puerta una vecina, Helena, que los dejó solos porque tenía trabajo pendiente.

El director descorchó una botella de champán y le hizo unas fotos a Sandra en el jacuzi. "Se sentó bajo el chorro y el agua le mojó toda la cabeza...resultaba irresistible con el cabello mojado”, señala. Él se metió en la piscina desnudo y al poco rato ella le dijo que se encontraba mal, que tenía asma. Salieron del agua y entraron en una estancia de la planta baja. "Nos secamos el uno al otro. Sandra afirmó que ya se encontraba mejor. Entonces empecé a besarla y acariciarla suavemente. La experiencia y desinhibición de Sandra resultaban evidentes. Separó las piernas y la penetré”.

Este acto que Polanski definió como un "momento de irreflexiva lujuria” fue su perdición. Al día siguiente, el 11 de marzo de 1977, fue detenido por violación."Jamás había imaginado que me encerrarían en la cárcel y mi vida y profesión quedarían destruidas por haber hecho el amor”. En efecto, pasó por un calvario judicial que, cuarenta años después, aún no ha llegado a su fin. La justicia de Estados Unidos aún reclama su extradición. El director de El pianista estuvo 42 días en la cárcel y huyó de EE.UU. cuando supo que el magistrado Laurence J. Rittenband no cumpliría la promesa de zanjar la condena.

Un hombre distinto
En su epílogo, un Roman Polanski de 82 años habla largo y tendido de ese proceso y asegura al lector que hoy es un hombre distinto al que escribió esas líneas del pasado; un hombre que prefiere su realidad a la línea entre fantasía y realidad de antaño. Un Polanski felizmente casado con la actrizEmmanuelle Seigner desde 1989 y padre de dos hijos que lleva una existencia tranquila, alejada del frenético ritmo que marcó su rutina diaria hace más de tres décadas.
Y, en consecuencia, no se arrepiente de nada de lo que le ha ocurrido en una trayectoria vital que se le ha antojado como una "montaña rusa”. "Si los acontecimientos de mi existencia no hubiesen sucedido tal como lo han hecho, hoy no tendría a mi familia ni disfrutaría de la vida que llevamos juntos. Tendría otra cosa, y no quiero otra cosa”, concluye.

A pesar de los diferentes obstáculos a los que ha tenido que hacer frente para continuar su camino, el cineasta aún se mantiene activo y estrena nueva película en el festival de Cannes, que comienza este miércoles. D’après une histoire vraie, que se presenta fuera de concurso, está protagonizada por su esposa, Eva Green y Vincent Perez.

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