Conoce el camino al estrellato de Clint Eastwood

jueves, 1 de junio de 2017 · 07:18
ABC.ES/
Apenas había dejado de ser un imberbe cuando un fotógrafo con el que hacía la mili en la base de Ford Ord, próxima a San Francisco, le sugirió hacer una prueba de interpretación con la productora Universal, que rodaba una película cerca de donde estaban. A Clint Eastwood le ofrecieron un «stock acting contract», que consistía en estar disponible las 40 semanas al año a razón de 75 dólares por cada una, con plena disponibilidad para cualquier papel. Su currículum se llenó de papeles banales en los que una frase como «Aquí están los rayos X» era su mayor aportación. Su gran logro de aquel entonces fue encarnar al jefe del escuadrón aéreo que terminaba con «Tarántula».

Lo cuenta Francisco Reyero en «Eastwood: desde que mi nombre me defiende» (Fundación José Manuel Lara). Ayer cumplió 87 años en la cúspide del reconocimiento a una carrera dedicada al cine. Conviene recordar cuáles fueron los orígenes de uno de los actores más icónicos de la historia del séptimo arte en Estados Unidos.

Fue en el western, el género que finalmente le serviría para dar el salto al primer escalón mediático, donde encontró un hueco para seguir dando comba a su trayectoria frente a las cámaras. Tras lograr un papel en «un modesto western que era peor que el título», «Ambush at Cimarron Pass», la CBS lo contrató para interpretar a un vaquero llamado Rowdy Yates en la serie «Rawhide». «Yo era el chico imbécil del tipo «range rider», el que siempre se mete en los líos bobaliconamente y estropea todas las cosas», decía Eastwood. Seis temporadas después, Sergio Leone lo reclamó para grabar la película que daría un impulso insospechado a su carrera.

El director italiano se llevó a Eastwood a Almería en 1964 para rodar «Por un puñado de dólares». Tras ésta, llegarían «La muerte tenía un precio» y «El bueno, el feo y el malo», los dos filmes que completaron una trilogía que compuso una joya histórica del cine de tanto valor como pocos visos tenía de alcanzarlo. Llegado el momento, al actor se le requirió una opinión sobre España: «Como extranjero, me pareció un país bastante simpático».

Aquellos «spaghetti westerns» sembraron, además de la semilla de un actor cuyo nombre se lee hoy en los libros de historia, el misticismo en torno a la figura de Eastwood como referencia sexual entre las mujeres españolas. Reyero hace hincapié en el revuelo que causo entre las camareras del Hotel Arlanza, que a su paso se quedaban «prendadas como párvulas».

Contaba 73 primaveras cuando tuvo que doblarse a sí mismo en segmentos inéditos de «El bueno, el feo y el malo» que habían sido eliminados del montaje original, recuperados entonces para una versión extendida. «Fue como doblar a mi hijo. ¡De aquello hace tanto tiempo! Si ya es difícil recordar los diálogos de la trama de toda la película, mucho menos esas escenas que fueron eliminadas. Yo no la había visto desde hace mucho, mucho tiempo», explicaba Eastwood.

Quizá por el latido de su conciencia, que le recuerda que sus éxitos no serían tales si no hubieran tenido esos días de rodaje en España como preludio, Eastwood confiesa que de cuando en cuando se pone las grabaciones de Leone en DVD. En ellos puede verse la gestación de un personaje: el que tras calarse el sombrero y fumar esos pitillos con aquel proceder tan característico quedó ineludiblemente ligado a él. El mismo que puede reconocerse cada vez que abronca al familiar que cometa el burdo error de hacerle un regalo el día de su cumpleaños.



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