El pueblo indio al que el ajedrez salvó de la adicción al alcohol

Hace 50 años, los tableros de ajedrez desbancaron al alcoholismo y las apuestas ilegales gracias a la pasión que desarrolló Unnikrishnan por el juego milenario.
lunes, 5 de junio de 2017 · 00:00
BBC  / Marottichal

La pintura verde de las paredes comienza a descascararse en el salón de té de Marottichal, dejando al descubierto un tono azul pálido de otras épocas. Es probable que antes haya sido un ruidoso bar o licorería de esta aldea ubicada en el sur de India, en el estado de Kerala.

Sentado frente a mí, en una de las mesas de madera, su propietario, el señor Unnikrishnan, fija su mirada intimidante sobre  el tablero a cuadros  que nos separa. Entonces procede a levantar una mano callosa y, con elegancia, toma el alfil blanco deslizándolo hasta mi caballo negro para derribarlo. Reviso el oscuro panorama que tengo al frente. Las pocas piezas que me quedan están replegadas en una esquina, ansiosas de rendirse.

Unas batallas de ingenio, similarmente intensas, se disputan en las otras cuatro mesas, mientras que,  desenchufado e ignorado, un polvoriento televisor reposa sobre una tabla  en la parte de atrás de la sala. Recurriendo a un intento de distracción, muevo un petrificado peón un cuadro adelante, mientras le pregunto a Unniktishnan por qué este juego tiene tanta resonancia con los habitantes de esta remota aldea boscosa. "El ajedrez nos ayuda a superar las dificultades y los sufrimientos”, me dice Unnikrishnan mientras captura mi reina.

"Sobre un tablero de ajedrez estás luchando, como lo hacemos nosotros, con las penurias de nuestra vida cotidiana”.

Fingiendo una bravuconada, decido capturar uno de los peones aislados de Unnikrishnan. "¿Y es realmente tan popular?”, le pregunto.

"Ven para que veas por ti mismo”, me dice con una sonrisa irónica mientras se levanta de la mesa.

Antes de marcharme miro a mi tablero y contemplo a mi aterrado rey, rodeado de una turba asesina de piezas blancas de plástico. Supongo que es  jaque mate.

Aldea del ajedrez

Es media mañana y la calle principal de Marottichal está muy concurrida, pero extrañamente tranquila.

No se siente el estridente y ensordecedor ruido de la bocinas de los autos, una ensordecedora sinfonía que se repite en la mayoría de las poblaciones indias.

La parada de autobús frente al salón de té de Unniktishnan está llena de gente, pero  nadie parece ir a ningún lado.

La muchedumbre contempla una partida de ajedrez entre dos caballeros canosos, sentados descalzos con las piernas cruzadas.

A poca distancia diviso el autobús. El motor está apagado, ya que el conductor dejó el volante para jugar una rápida partida con el cobrador del colectivo.

A la vuelta de la esquina del salón de té, sobre la terraza de la propia casa de Unnikrishnan, al menos tres partidas se están disputando.

"En otros pueblos indios quizás no llega a 50 el número máximo de personas que conocen el ajedrez”, señala Baby John, presidente de la Asociación de Ajedrez de Marottichal.

"Aquí 4.000 de los 6.000 habitantes lo juegan casi a diario… y todo se debe a este hombre maravilloso”, dice apuntando a Unnikrishnan.

Hace 50 años, Marottichal era un lugar muy diferente.

Como muchos pueblos en el norte de Kerala, el  alcoholismo  y las  apuestas  ilegales eran problemas muy extendidos. Luego de desarrollar su pasión por el ajedrez cuando vivía en la cercana localidad de Kallur, Unnikrishnan volvió a su pueblo de origen y abrió el salón de té. Allí comenzó a enseñar el juego a los clientes para que pasaran el tiempo de una manera más saludable.

Milagrosamente,  su popularidad floreció mientras que se redujeron tanto el consumo de alcohol como las apuestas.

Es tal el entusiasmo por un pasatiempo que, se cree, se originó en India en el siglo VI, que Unnikishnan calcula que una persona en cada hogar de Marottichal sabe cómo jugarlo.

"Afortunadamente para nosotros el ajedrez es más adictivo que el alcohol”, dice John, agregando que está tan marcado en la identidad de Marottichal que continúa protegiendo a los residentes de los peligros modernos.

"El ajedrez  mejora la concentración, desarrolla el carácter y crea comunidades”, resalta. "Aquí no miramos televisión. Jugamos ajedrez y hablamos entre nosotros”.

"¿Incluso los niños?”, pregunto. Unnikrishnan me vuelve a mostrar una sonrisa irónica.
A la hora del almuerzo llegamos a la Escuela Primaria Marottichal y encontramos el patio lleno de colegiales en frenética actividad.

Sin embargo, a través de los cuerpos en movimiento consigo ver a unos niños sentados serenamente en filas de mesas.

Los dos que están más cerca, Vithum y Eldho,  comparten un tangible entusiasmo por el juego, demostrando una especial admiración por una pieza en particular.

"El caballo es la mejor”, dice Vithun. "Indudablemente”, replica Eldho. "Es la pieza más poderosa. Se puede mover en cualquier dirección”.

En un país que atraviesa una rápida digitalización, avivando los temores de que los jóvenes se desconecten de su cultura, es raro  escuchar a dos niños hablar con tanto fervor de un juego milenario, íntimamente relacionado con la historia de India.

Les comento en voz alta que seguramente preferirían ver televisión. "El ajedrez es lo mejor”, grita Eldho saltando de su silla y casi derribando el tablero.

"El año pasado llegamos al colegio con 15 tableros de ajedrez e invitamos a los niños a que aprendieran el juego”, me explica John mientras nos abrimos paso a través del patio.

"La semana siguiente regresamos y  todos en el salón de clases habían comprado tableros propios”.

La positiva respuesta de los estudiantes, conjuntamente con su confianza en las cualidades sanativas del juego, hizo que la Asociación de Ajedrez de Marottichal  pidiera que las autoridades incluyeran al juego en el programa oficial de la escuela.

"Solo entonces podremos llamarnos  una aldea de ajedrez”, concluye John.

Y el sano estilo de vida promocionado por el pueblo parece ser un gancho para otros habitantes del estado, algo que se refleja en el aumento de la población a pesar de los precios relativamente altos del suelo.

Sin embargo, cuando regresamos al salón de té persisten mis dudas sobre la capacidad de la comunidad para  resistir la rápida ola de modernización  que atraviesa el subcontinente indio.

Mis temores aumentan al acercarnos a un grupo de adolescentes que se encuentran pulsando sus celulares, lo que me hace plantear mis reservas a Unnikrishnan y John.

Pero al aproximarnos, vemos lo que capta por completo la atención de los muchachos:  están jugando ajedrez online. Unnikrishnan me ofrece una última sonrisa.

Ahora sí me toca admitir que es jaque mate. (Jack Palfrey)

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