El fuego griego de Onnasis y los amantes magníficos, Alain Delon y Romy Schneider

sábado, 29 de julio de 2017 · 07:37
elmundo.es/ Gonzalo Ugidos
Dos parejas se formaron en el tumultuoso verano de 1959. La primera unió a Aristóteles Onassis y a Maria Callas, que rompieron sus respectivos matrimonios con mucho descaro. 'Christina O', el yate del millonario, y las aguas del Mediterráneo fueron los escenarios de sus primeros escarceos. En el aeropuerto de Orly, en París, se conocieron Alain Delon y Romy Schneider -la actriz que interpretó a Sissí-, y allí comenzó una historia de amor que no culminó en boda pero que no iba a terminar nunca.

Maria Callas podía salir al escenario, hacer una 'moussaka' y aun así ganarse un aplauso unánime. El mundo la aclamaba por su carisma, pero Onassis la deseaba. Navegando en el 'Christina O', aquel verano Aristóteles se sentía como un filósofo oliendo a yodo y salitre. A bordo todo era lujo para sus invitados del 'gold Gotha', del 'glamour' y del poder. Aunque el anfitrión era algo hortera: "Querida, estás sobre la polla de una ballena", le advirtió a Maria Callas cuando estaba sentada en un taburete forrado con piel de glande de cachalote. Había organizado aquel crucero para llevarse a la cama a la soprano, a la que había conocido en un baile de máscaras en el Danieli de Venecia.
 
Él tenía 53 años y estaba casado con Tina, hija de Stavros Livanos. Maria, de 33, estaba casada con el sesentón Giovanni Battista Meneghini. El asalto de Onassis había empezado en junio, en la fiesta que organizó en su honor en el hotel Dorchester de Londres. Allí, María y su marido aceptaron la invitación al crucero en el 'Christina O'.

El 22 de julio el yate levó anclas con los Onassis, los Meneghini y otros invitados: los Agnelli, la familia Churchill, el cuñado y la hermana del armador. Todos asistieron patidifusos al cortejo. Primero Ari y su presa se quedaban solos en largas charlas nocturnas; luego, él le cogía la mano; no esperaron mucho para cenar a solas y catar el postre prometido en uno de los botes salvavidas. Meneghini, que se pasó la mitad del crucero mareado y la otra mitad de los mismos nervios, lo recordó como una orgía: "La gente estaba desnuda a plena luz del día, incluido Onassis".
 
Los adúlteros ya ni disimulaban, Maria le dijo una noche a su marido "vete a la jodida cama" y esa vez lo hicieron en el camarote del millonario sin importarles que Tina Onassis los pillara. No tenían corazón, bueno sí; pero solo para ellos mismos. Ya en tierra, Onassis y Maria le dijeron a Meneghini que estaba de más en aquella historia. El cornudo se resistió. "¿Qué le puede ofrecer un hombre como tú salvo dinero?", le espetó a Onassis. Dicen que el armador se bajó los pantalones, se desarmó la bragueta y contestó: "Esto es lo que puedo ofrecerle". Los matrimonios Onassis-Livanos y Meneghini-Callas naufragaron en aquel crucero porque Ari y la Callas eran dos fuerzas de la naturaleza.

A finales del verano, el jueves 17 de septiembre a las 7.40 de la mañana, aterrizó en Sondica un cuatrimotor Skymaster de la Olimpic Airways, propiedad de Onassis. Maria Callas llegaba a Bilbao. La escalerilla del avión quedaba algo baja y pusieron un taburete para que la diva pudiera desembarcar. La había contratado por 400.000 pesetas la Asociación Bilbaína de Amigos de la Ópera para un concierto extraordinario en el Coliseo Albia. Le pusieron como guardaespaldas a dos luchadores de 'catch' del Club Deportivo de Bilbao y la llevaron al Carlton, donde se instaló en la habitación 310 con su perrito, un caniche negro llamado Toy.
 
El hotel estaba petado de fans, curiosos y periodistas no solo del Botxo, estaban también el enviado especial del 'Daily Mail' de Londres, dos periodistas del 'Paris Match', las cámaras del 'NO-DO', la televisión americana y fotógrafos de la Associated Press. A las 10.20 de la noche se santiguó por el rito ortodoxo y salió a escena, parecía una vestal con un vestido blanco de corte clásico con una leve cola y un echarpe vaporoso. Cuando se arrancó con el aria 'Tu che la vanitá conoscesti', del Don Carlo de Verdi, empezó a flotar la decepción en el teatro. La actuación duró hora y media y fue embarazosa: la Callas había hecho una moussaka. El público, que aplaudió lo justo, no sabía que estaba embarazada. Tras el concierto, enfiló a Sondica como un tiro. En Atenas la esperaban los amores y traiciones de su amante poderoso.

Aquel verano, amarse y traicionarse era la religión de la Costa Azul, la Riviera pagana que convirtió a Newton en su santo laico porque fue el descubridor de las leyes de atracción de los cuerpos. Ese era el primer mandamiento: seguir las inclinaciones del cuerpo para acolchar el alma con los espejismos del amor y las certezas del placer. Picasso, de 77 años, disfrutaba como un cerdo en un patatal pintando a Jacqueline Roque, que tenía 32. Françoise Sagan dudaba en Saint-Tropez entre Johnny Hallyday y el playboy griego Taki Theodoracopulos a la hora de posar sus ojos envenenados de lujuria.
 
Para unos y para otros la erofilia, el amor por la cosas del amor, era un estilo de vida que celebraba la pulpa de la carne, el calcio de los huesos, la proteína de las membranas e incluso la maraña de los nervios. En las terrazas, el corazón hacía 'bum-bum' ante una bella vista del puerto y los famosos de la Nouvelle Vague convertían en 'dolce far niente' el oficio de vivir. Aquella religión creía que el alma estaba encerrada en su cuerpo como en un estuche y en su liturgia daba la misma importancia a los versos y a los besos en las playas de la Bouillabaisse o Canebière azotadas por el mistral; o en las discotecas en donde relucían las nalgas como luciérnagas. Por la forma de nadar y de bailar de una chica, los 'connaisseurs' detectaban cuándo sabía hacer el amor.

Excéntricos, transgresores y tocados por la gracia, aquellos bienaventurados de anatomías calcinadas y sonrisas con destellos añadían a las del mar su propia ola de perversa inocencia. Eran la auténtica 'beautiful people': Boris Vian, Charlotte Rampling, Bertrand Tavernier, Dalida, Paul Anka, Sacha Distel, Gilbert Bécaud, Serge Gainsbourg, Roger Vadim o Gunter Sachs. Eran hedonistas globales con un toque de 'hippy chic' que los revestía de ese encanto que llamamos glamour. En lo más alto de aquel Olimpo estaba Brigitte Bardot, una versión gabacha de Marilyn Monroe. Si Saint-Tropez se convirtió en el ombligo de la 'joie de vivre' fue porque BB se instaló allí, detrás de una cortina de rosas donde la retrataba Cocteau con un pañuelo en la cabeza.
 
En la Exposición Universal de Bruselas de aquel año el stand del Vaticano usó su foto para representar al diablo. Un error de bulto, porque todo en su vida destilaba la santidad del sexo como un don sagrado o un prodigioso milagro, entre cuyos devotos estaba también un adonis llamado Delon.

Cuando Alain Delon y Romy Schneider se conocieron en la pista del aeropuerto de Orly ella tenía 19 años y ya era una 'celebrity' por Sissí; él, un principiante de 22 años "demasiado guapo y demasiado peinado". Así lo percibió ella. Lo que dijo él de aquel encuentro en su primera fase fue que Romy parecía "un ganso blanco". Pero el excarnicero y la hija de una amante de Hitler se enamoraron en el rodaje de la película Christine y se prometieron en aquel verano del 59.
 
Fue por imposición de Magda, la madre de Romy, que quería evitar que aquel efebo descarriara a su poupée. Fue una historia de amor juvenil: apasionada y triste. Lejos de su almibarada cárcel prusiana, Romy descubrió con Alain el París de la bohemia, los clubes de jazz, los descapotables, el inconformismo y los amigos golfos como Jean-Claude Brialy, inseparable de Delon.

Cuando terminó el verano, cayeron en la cuenta de que no eran una pareja, sino un par de empresas: él tenía grandes proyectos en grandes películas; ella, papeles de muñeca linda en pelis de miel y chicha y nabo. Fueron los "novios eternos", los "terribles amantes", los "amantes magníficos"; pero ni hubo boda aquel verano ni la hubo nunca. Tal vez por eso (y, una vez más, no me importa embarrarme en los charcos de lo cursi) Romy nunca dejó de reinar en el corazón de Alain.

Lana Turner, la emperatriz de la Metro Goldwyn Mayer, era también una reina de corazones que iba de hombre en hombre, y todos de renombre. Sus romances con Sinatra, Howard Hughes, Tyrone Power, Fernando Lamas o Lex Barker eran una estupenda materia prima para llenar columnas en la prensa amarilla, que aquel verano hizo el agosto a cuenta de una pelea con su amante Johnny Stompanato.
 
Tenía nombre de mafioso y lo era: un tipo tan violento que te arrimaba un zasca con toda la mano abierta y te salían los piojos en formación y con muletas. Johnny fue a por Lana a golpes y salió trasquilado cuando Cheryl, la hija de 14 años de la actriz, corrió en ayuda de su madre y clavó un cuchillo en la barriga de Stompanato. En el juicio por la muerte del gánster todo el mundo supo de aquella tormentosa relación de Lana, que quedó retratada como una loca masoca.
 
La sospecha de que la homicida era Lana y no su hija flotó en el aire y aún perdura. Aprovechando el tirón mediático, aquel verano la Universal la contrató para Imitación a la vida, de Douglas Sirk, cuyo argumento rimaba en consonante con la vida de la estrella. Fue un 'blockbuster' y solo aquel año Lana se embolsó 11 millones de dólares. Fueron días de mucho y vísperas de nada, porque nadie se baña dos veces en la misma playa. Todos los veranos que le quedaban por vivir fueron fríos como un cuchillo en la barriga.

Aristóteles Onassis y Maria Callas, en un restaurante de París en 1965.FOTO: GTRESONLINE


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