Venezolanos en Bolivia: entre el trabajo duro y la melancolía

Casi un millón de venezolanos han dejado su país en los últimos 2 años debido a la crisis. A Bolivia llegan por lazos familiares o por oportunidades de trabajo.
lunes, 19 de marzo de 2018 · 00:10

Samuel Misteli  / La Paz 

La crisis en Venezuela está produciendo el mayor éxodo de refugiados en la historia de las Américas. Según la Organización Internacional para las Migraciones, casi un millón de venezolanos han dejado su país en los últimos dos años. Algunos miles han llegado a Bolivia.

Aunque no  figura entre los países más populares para los refugiados venezolanos, Bolivia acoge  aproximadamente a 3.000 venezolanos, según  datos de la comunidad de inmigrantes de ese país. En Colombia, en comparación, vive medio millón de venezolanos;  en España, 250 mil; en Estados Unidos 320 mil.

Los venezolanos llegan a Bolivia por lazos familiares o por oportunidades de trabajo. Hablamos con tres de ellos que radican en el país desde el año pasado:  María Guerrero y Wolfgang Orihuela y Luis, quien pidió  guardar su verdadera identidad porque teme represalias. 

Wolfgang, María y Doña arepa

“Oferta y demanda,  eso es lo que funciona”, dice Wolfgang Orihuela. Destapa una coca-cola  mientras María Guerrero, su esposa, da palmadas a la masa. Hace cuatro meses que Wolfgang, de 56 años, y María, de 54, abrieron su puesto de arepas en la entrada de Achumani.  La pareja se está reinventando a una edad en la que otra gente piensa en retirarse. Tuvieron que.

Vivían en Isla Margarita, en un pequeño pueblo, a cinco minutos de la playa. Wolfgang vendía arte gráfico a imprentas, a comisión. Demanda ya no había mucha. María tenía un trabajo más seguro, como técnico de registros  en un hospital. El Estado pagaba su sueldo, pero cada mes valía menos; al punto  que no sabían si alcanzaría para la alimentación del día siguiente.  Comían sardina, vegetales y pan, que era lo más económico; carne y pollo era muy difícil.

A su alrededor, la gente se estaba yendo, a Colombia, Chile, Estados Unidos. Vendían sus departamentos a precios de remate. Wolfgang y María tuvieron suerte. Pudieron vender su casa, que habían tardado años en construir, a una polaca que adoraba la isla a pesar de que Venezuela se estaba hundiendo. Transfirió 19.000 dólares a una cuenta boliviana. Era la mitad de lo que valía la casa, pero si la compradora hubiera pagado en Bolívares, el dinero se hubiera desvanecido  por la hiperinflación.

El 5 de marzo de 2017, Wolfgang y María siguieron el dinero a Bolivia, donde ya estaba su hija. Ella había conocido a un  paceño que estudiaba en Venezuela. Se fue un mes antes que sus padres.

Ahora, a un año de su llegada, día a día, Wolfgang y María caminan unas pocas cuadras de su departamento a su puesto, llevan la carne y la masa para preparar las arepas. Allí, en el negocio, él maneja el bolígrafo, ella el horno. Wolfgang hace las cuentas en un papel pegado en la pared, María llena las arepas, de pollo, de chuleta, de carne mechada. Y las entrega a los clientes que llegan con frecuencia. Llegan bolivianos, a los que Wolfgang pregunta si desean salsa venezolana en la arepa y aunque le dicen que no, en una distracción, le pone. Llegan venezolanos que han venido a Bolivia por ofertas de trabajo o porque tienen doble nacionalidad y que extrañan la comida del país que han dejado. Llegan cubanos, de quienes Wolfgang sospecha, pero no importa, porque en el puesto Doña Arepa lo que cuenta es la oferta y la demanda.

Wolfgang menciona una cita que atribuye a Winston Churchill: “El comunismo sin dinero no funciona”. Eso es lo que sentía  en Venezuela. Ahora, él y María están felices de saber que el dinero que están ganando no se les va a deshacer en las manos.

María  y Wolfgang  en su puesto Doña Arepa de Achumani.
 Sara Aliaga / Página Siete

Llegaron preparados. Fue María quien propuso  Bolivia, donde ya  vivía la hermana de Wolfgang. “¿Irnos a Bolivia? -decía él- ¿Del mar a 3.500 metros de altura?”. Podía ser Ecuador también, o Chile, o España, países en los que tienen primos y sobrinos. Optaron por Bolivia para estar con su hija. “Vinimos por la felicidad”, dice María.

Después de que habían tomado la decisión, Wolfgang se metió a Youtube y Google. Investigó sobre la cultura, la gente, la altura. Investigó cómo  poner un negocio en Bolivia.

 Después de dos meses de su llegada, abrieron su primer negocio, un delivery. Compraron un horno. La familia de su yerno les prestaba el auto para que pudieran llevar la comida pero era difícil encontrar clientes porque su red de contactos era limitada. Decidieron abrir un puesto de arepas, como lo han hecho otros venezolanos llegados a Bolivia en los últimos años. Un día, María encontró en Achumani el lugar para el negocio.  En diciembre  inauguraron “Doña Arepa”.

“¿Quieren probar?”, pregunta María a una familia boliviana. Levanta las tapas de los diferentes rellenos para enseñarlos. Wolfgang hace de intérprete cultural, recomienda la pelúa, explica lo que trae el pabellón.  “La chuleta ahumada está muy rica”, dice. Consideran su puesto también como un lugar de encuentro entre culturas. De los bolivianos les gusta su humildad. “En Venezuela -dice Wolfgang- la gente es más pantallera”. Como se sienten tan bien recibidos, añade: “Sentimos que estamos en nuestro país”.

Es cierto y no es cierto. Wolfgang y María quieren hacer de Bolivia su hogar, por eso trabajan duro (él ha perdido siete kilos desde que llegaron). Si les sigue yendo bien con el negocio, quieren abrir una sucursal en el centro. Pero siguen siendo migrantes.

En CNN ven las noticias sobre su país. Se reúnen con otros venezolanos que conocieron en una protesta en contra del Gobierno venezolano en El Prado. Forman parte del grupo de WhatsApp Venezolanos libres en La Paz que tiene  más de 70 miembros. Y aunque son felices armando  una nueva vida lejos de Isla Margarita, hay  melancolía en ellos. “Cuando uno sabe que no hay vuelta atrás, es fuerte”, afirma María. Su marido dice que extraña la playa, “pero me he hecho un bloqueo mental.  Estamos aquí y estamos juntos”.

Luis: Escapando del frío

Luis está por acabarse su pizza en un restaurante de Sopocachi cuando llega la llamada. La amiga, médico como él, le informa que  ya está todo confirmado, que han conseguido trabajo en una clínica de  República Dominicana. En una semana tienen que ir al Caribe para arreglar los papeles. Por fuera, Luis no reacciona, atípico para él, pero dentro, está agitado. Imagina quitarse los abrigos que usa en La Paz diariamente. Imagina un sol tropical. Imagina  bailar salsa, merengue, bachata dominicana.

 El oncólogo de 32 años llegó  en noviembre, después de completar una maestría en Madrid. Amigos bolivianos le ofrecieron trabajo en el país. Luis aceptó, regresar a Venezuela no era opción. Como  no tenía licencia en Bolivia,  fue asesor técnico en una clínica en El Alto.

Luis está agradecido por la oportunidad y el apoyo. Sin embargo hubo un desajuste entre él y La Paz. Batallaba con el clima, con el frío. “Mi organismo lo resiente”, comenta. La tos es crónica.   Batallaba también con el clima político. “Bolivia está como Venezuela hace diez años”, dice Luis.

Al final, Luis batallaba también con su estereotipo del caribeño. Habla con  decibeles demasiado altos; es   demasiado impaciente para este país. Cuando llama al mesero, la gente de la mesa de al lado se le queda viendo. Cuando habla por teléfono, igual.

Lo caribeño para Luis es “la calidez, la confianza, la risa, la conversación, la apertura emocional“. En República Dominicana espera reencontrar  lo que ha extrañado  los últimos meses. En Venezuela no cree volver a vivir por mucho tiempo. Lo sabía ya cuando salió del país en diciembre de 2016.

Había visto cómo los salarios de sus compañeros valían menos cada año. En  2011 un médico ganaba el equivalente a 2.000 dólares. En  2014 ya eran 200 dólares. En  2016, 50 dólares. Ahora son cinco dólares. Luis tiene compañeros que quieren migrar pero no pueden porque los costos de la visa superan su salario. Antes lo hubieran pagado sin pestañear.

Cuando Luis obtuvo la beca para hacer la maestría en Madrid, juntó dinero con la ayuda de familiares y amigos. Aún así no iba a poder pagar el pasaje desde Caracas. A principios de diciembre de 2016 viajó por tierra hasta Bogotá. En su equipaje llevaba 100 euros en efectivo. Tenía miedo de que lo asaltaran en el camino. Cruzó la frontera a Cúcuta, junto con cientos de compatriotas. Algunos iban tan solo con lo que traían puesto de ropa. Luis pagó tres dólares para adelantarse en la fila, para no tener que esperar todo el día. Cuando ya aterrizó en España, le entró pánico: ¿Qué iba a hacer si no lo dejarían entrar al país? Pasó  y menos de un año después aterrizó de nuevo, esta vez en Bolivia.

Ahora está aterrizando otra vez, en la República Dominicana, cerca de su país. “Tengo ganas de volver a la Venezuela que fue pero ya no es”. Venezuela para Luis fue crecer como el tercero de cuatro hijos en una familia de clase obrera en Caracas. El padre era mecánico automotriz, la madre trabajaba con seguros. El dinero no abundaba, pero iban de vacaciones una vez al año a las playas de Isla Margarita.

Los venezolanos  conciben  su puesto como un “espacio de intercambio cultural”.
Sara Aliaga / Página Siete

Desde los 16 años Luis marchaba contra el Gobierno por convicción antichavista.  Pero llegó el día cuando se preguntó: ¿Voy a seguir marchando toda mi vida? Decidió marcharse, esta vez del país.

Sus tres hermanas han hecho lo mismo: dos viven en México, una en Colombia. “En Venezuela, tener un familiar en el extranjero es un seguro de vida”, dice. Su familia tiene varios seguros de vida.

 Luis fue  a Venezuela para el carnaval, después de más de un año. Se asustó. Vio  gente en la calle,  niños que  peleaban por media botella de agua. A comparación  de sus compatriotas, se siente privilegiado porque puede seguir trabajando en su área, aunque describe la migración como un duelo, que -espera- esté por aliviarse con el viaje a República Dominicana. 

  Luis está en un bar en el centro. Hay  hombres callados sentados en mesas que se van llenando de botellas vacías de cerveza. Luis  va a la rockola, pone un tema de salsa y baila con la única chica que está en el local. Gira, deja girar a la chica, parece concentrado y feliz. Pronto bailará más, bailará salsa, merengue, bachata dominicana. Y se sentirá más cerca de su tierra.

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