Suicidio de Alan García, después de 60 años del de Óscar Únzaga

El expresidente peruano se suicidó con un disparo este miércoles, fue enterrado ayer, cuando se cumple el aniversario del líder falangista boliviano.
sábado, 20 de abril de 2019 · 00:07

Eduardo Ascarrunz* / La Paz

Abrumado por supuestos delitos de corrupción, el expresidente peruano Alan García se suicidó con un disparo el pasado miércoles, en Lima. El hecho conmocionó a Perú y reabrió la incertidumbre en torno a los factores precipitantes de la inmolación por mano propia.

En medio de un sinnúmero de condolencias de jefes de Estado y otras personalidades del subcontinente, el dos veces mandatario peruano fue enterrado este 19 de abril, al cumplirse exactamente 60 años del suicidio del líder boliviano falangista Óscar Únzaga de la Vega y de su ayudante, René Gallardo, cuya crónica detallada fue publicada el viernes en Página Siete.

El líder falangista Óscar Únzaga de la Vega.

Si el jefe del APRA -partido fundado por el legendario Víctor Raúl Haya de la Torre-, adoptó la extrema medida antes de ser detenido por su presunta implicación en sobornos de la brasileña Oderbrecht, el fundador de la Falange lo hizo antes de caer en manos de los milicianos del MNR, tras fracasar en su intento de golpe de Estado contra el gobierno del presidente Siles Zuazo.

Sin embargo, los de García y Únzaga son apenas dos nombres de los notables de la escena política y algunos menos notables en otros ámbitos -incluso el del periodismo-, que sumidos en la desesperación ante una situación límite optaron por quitarse la vida.

El expresidente se disparó el pasado miércoles.

Algunos suicidios memorables

El caso más relevante del siglo XX fue, sin duda, el suicidio de Adolf Hitler, que ante la inminente derrota del Tercer Reich, en manos de los aliados, se encerró en su recámara del “führerbunker” -el refugio antiaéreo berlinés donde  se atrincheró junto a algunos de sus últimos colaboradores, como Joseph Goebbels- y se disparó un tiro; previamente había ingerido una cápsula de cianuro junto a su esposa, Eva Braun, con quien se casó horas antes. “Me han traicionado, esto se acaba aquí”, fueron sus últimas palabras.

Pero el suicidio más espectacular fue el de la presentadora de noticias de la WVIZ de Ohio (1974), Christine Chubbuck, durante una emisión matutina, en 1974. Presa de una fuerte depresión -su médico le había diagnosticado que no iba a poder embarazarse a raíz de la extirpación de un ovario- en plena transmisión, en vivo y en directo, cogió un revolver, miró directamente a la cámara, tragó saliva, y dijo simplemente: “Ustedes están a punto de ver otra primicia…: un suicidio”. Después de dispararse en la parte derecha de su cabeza y del fuerte estallido, una nube de humo voló del arma, su rostro se desfiguró por completo. Se había consumado todo.

¿Por qué se mata la gente?

Sería largo mencionar las causas que determinan los suicidios. “Por razones comprensibles, es mucho más sencillo abordar el tema del suicidio en la historia, que la historia del suicidio”, dice el experto Noel Delgado Mujica: “en primer lugar  porque no existe documentación fehaciente y exhaustiva, seccionada cronológicamente por eras, espacios geográficos y culturas y, en segundo lugar, porque sí existen muchos más datos sobre cómo se ha manifestado y cómo ha sido considerado y conceptuado el tema en diversas épocas y sociedades y por diversas religiones”.

Las diversas culturas que han existido sobre la tierra han abrigado consideraciones diversas y disímiles en relación con el suicidio. Consideraciones que, por lo demás, no han sido constantes ni estáticas, sino que, por el contrario, han tenido como rasgos característicos  su evolución y su dinamismo.

“Para los germánicos, si el suicidio tenía como finalidad evitar una muerte vergonzosa, era bien visto y hasta loable; en Japón se realizaba como una ceremonia bien fuera por expiación o por derrota, y en la India, se justificaba por razones litúrgicas o religiosas, así como por muerte de los esposos o esposas”.

En la historia antigua de Grecia y de Roma se encuentran múltiples referencias a suicidios llevados a cabo por los más diversos motivos, entre los cuales destacan: conducta heroica y patriótica, vínculos societarios y solidarios, fanatismo, locura y ejecuciones (como el caso de Sócrates).

Consideraban los romanos que, en determinadas circunstancias era mejor morir “de una vez” que tener que estar padeciendo indefinidamente, concepción en la que se nota la enorme influencia ejercida en ello por las filosofías de los estoicos, pitagóricos, platónicos, aristotélicos y epicúreos al considerar el suicidio como liberación de un sufrimiento insoportable.

Así, para los romanos y los griegos, morir con decencia, racionalmente y al mismo tiempo con dignidad, era muy importante. En cierto modo, la forma de morir era la medida del valor final de la vida, en especial para aquellas vidas consumidas por la enfermedad, el sufrimiento y el deshonor.

En 1974, la presentadora de televisión Christine Chubbuck se suicidó durante un programa.

Según el experto consultado, “el Neoplatonismo, la filosofía de la felicidad más influyente en la antigüedad clásica, consideraba que el hombre no debía abandonar por su voluntad el lugar asignado por Dios. Consideraba, por lo tanto, que el suicidio afectaba al alma de forma negativa después de la muerte. San Agustín, por su parte, describió el suicidio como una detestable y abominable perversidad y afirmaba que Dios otorgaba la vida y los sufrimientos  y, por lo tanto, los seres humanos tenían la obligación de soportarlos. De igual forma, el Islamismo lo condenaba de tal forma que lo considera un hecho más grave que el homicidio”.

*Es periodista

Confidencial

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