Macheteros, fe y jocheo marcan la Ichapekene Piesta de Moxos

La corrida de toros es una de las actividades más esperadas por los pobladores, pero también es una de las más peligrosas por el alto consumo de alcohol.
miércoles, 07 de agosto de 2019 · 00:04

Madeleyne Aguilar A. /   San Ignacio de Moxos

Como cada  31 de julio,  San Ignacio, el santo del pueblo de Moxos, salió de la iglesia cargado en hombros. La procesión tomó la plaza y todo el pueblo al ritmo de los tambores de las danzas  Moxeñas. Macheteros, música barroca  y un  peligroso jocheo de toros fueron parte  de la Ichapekene Piesta.  

Esta festividad fue  declarada Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad por la Unesco en 2012. Reinterpreta el mito fundacional moxeño de la victoria jesuítica de San Ignacio de Loyola, asociándolo a las creencias y tradiciones indígenas.

Raíces y devoción 

Uno de los personajes importantes de la fiesta beniana es el Tintiririnti, considerado  el heraldo de la celebración. Montado a caballo irrumpe en el pueblo seguido de  otros dos jinetes que  representan a la luna y el sol. Los acompañan un séquito de   danzantes. Unos cubiertos  con plumas para representar a las aves y otros con pieles y cuernos para emular  a los  toros, ciervos y tigres que habitan el territorio del Gran Mojos.

“Somos parte de una capital cultural  de Bolivia y el mundo, entonces bailamos nuestras danzas nativas. Así como en Oruro tienen la  diablada, nosotros danzamos:  macheteros,  achus, jerure, la danza del sol, la luna y el tradicional tintiririnti”, dice Elisa Vaca quien luce un colorido traje de moperita en la procesión ignaciana.

Para ella San Ignacio, es más que  el santo del pueblo,  simboliza su identidad. “Representa lo que somos, nuestras raíces y tradiciones, por eso las danzas son sobre la naturaleza”, dice.

El  peligroso jocheo

Una decena de toros espera en el  “chiquero”, mientras cientos de espectadores, locales y extranjeros, gritan exaltados desde las graderías de un corral. Un “vaquero” espera con su lazo a que  los animales sean liberados.

El primero es un toro  relativamente tranquilo. Mientras lo atan a un tronco, la multitud -en gran parte envalentonada por los efectos del alcohol- lo provoca para que se ponga bravo. 

Preso por los cuernos espera a que uno de los  muchos “valientes” intente montarlo. Un hombre  sube pero no puede aguantar los sacudones de la bestia y cae.

Pero siempre hay uno más atrevido que sí lo logra. Otro logra aferrarse al lomo del animal por unos 20 segundos. 

Uno tras otro pasan varios hombres hasta que de pronto  la multitud grita: “¡una mujer! Su nombre es Fátima Añez. 

“Me nació del corazón, hace tiempo que quería hacerlo, aunque digan que esto sólo es para hombres. Pero es para todos”, sostiene sin poder borrar su sonrisa, aunque se haya caído a los segundos de haber montado. 

Con el pasar de las horas, la multitud se embriaga cada vez más y eso la vuelve osada. Los vendedores de cerveza entran al corral para ofrecer su producto a los toreros. 

Este año, el jocheo de toros cerró la Ipekene Piesta con un muerto. Un joven de 20 años fue alcanzado por los cuernos  de uno de  estos animales de hasta 550 kilos. La herida   le dañó el corazón. Los pobladores dicen que ahora él está al lado de San Ignacio.

El chaskero en el sombrero del Achu vota chispas y humo.

Achus, 3 noches de procesión

Los Achus son unos personajes con máscaras de madera que simulan el rostro de una persona vieja. Representan a los antepasados, al padre y al abuelo. Son dueños del bosque, el agua y la tierra. Con ellos empieza la fiesta. 

A las 23:00  del 30 de julio  se concentran frente a la iglesia de San Ignacio de Moxos.  Allí se congregarán por tres noches para encabezar las procesiones que salen por las madrugadas mientras se desarrolla la Ichapekene Piesta. 

Uno de ellos luce un sombrero  distinto, le llaman el  chaskero. Tiene una especie de  cilindro con pólvora que provoca chispas y humo. Es un espectáculo  de fuegos artificiales que dan vueltas en la cabeza del danzarín simbolizando el don de la luz y de la clarividencia. 

Él mueve el cuello para expandir la explosión, mientras va corriendo por la multitud que grita emocionada. Cualquiera que se anime  puede portar ese sombrero, no importa si es hombre o mujer o un visitante curioso.

San Ignacio  es el patrono de la fiesta que dura tres días.

 

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