Cómo los chilenos recuerdan el peor terremoto que sufrieron

“Mientras caía mi edificio, estaba segura que iba a morir, mi temor era cómo: aplastada, atravesada por un hierro o asfixiada”, contó una sobreviviente.
viernes, 28 de febrero de 2020 · 00:04

EFE / Talcahuano

Todo chileno recuerda con claridad qué estaba haciendo el 27 de febrero de 2010 a las 3:34 hora local.  Aquella madrugada un “megaterremoto” de magnitud 8,8 sacudió el país entero. 

Desde entonces, “¿Qué hacías en el terremoto de 2010?” se ha convertido en una suerte de “pregunta nacional”. Miles de ellos estaban de verbena, aprovechando los últimos coletazos del verano austral; otros se encontraban en Viña del Mar, asistiendo a su concurrido festival de música; y la mayoría estaba durmiendo. Pero todos dejaron lo que estaban haciendo cuando empezó el sexto sismo más fuerte del mundo desde 1900.

Foto:EFE

La NASA informó días después que la energía que liberó el movimiento telúrico fue tan potente que movió el eje de la Tierra alrededor de 8 centímetros. 

Esto provocó que la longitud de los días se acortara 1,26 microsegundos, según cálculos del investigador de la agencia espacial estadounidense Richard Gross.

“Era tal la magnitud que supe inmediatamente que mi edificio iba a colapsar por la forma en que crujía”, recordó Mónica Molina. Y así fue: su inmueble en la ciudad de Concepción, en el centro-sur de Chile, se derrumbó por completo y las imágenes del bloque residencial partido en dos dieron la vuelta al mundo.

“Mientras caía, estaba segura que iba a morir, pero no tenía temor a la muerte sino a no saber cómo iba a suceder: aplastada por un muro, atravesada por un hierro o asfixiada”, relató.

Foto:EFE

Pero tras esperar toda la noche a que la rescataran, Molina no solo salió con vida sino que asegura que lo hizo sintiéndose “una mujer nueva” y con “mayor compromiso ciudadano”. Diez años después, lidera la Fundación Alto Río, con la que lucha por una sociedad con cultura de gestión de desastres.

Unos 40 kilómetros al norte de Concepción, los habitantes del pueblo costero de Dichato rememoran la rapidez y la fuerza con la que el tsunami provocado por el sismo llegó a su costa, destruyendo el 80% de la localidad.

“Salí a la calle y con todos los vecinos subimos a Tomé, lo más alto que pudimos. Solo se oía el ruido del mar, había una luna inmensa y muy terrorífica”, evocó Cecilia Bustos, cuya casa está ubicada cerca a la  costa.

 “Sonaba como un murmullo de vaca debajo de la tierra. La gente lloraba, los perros aullaban, la noche se hizo larga, no corría la hora y la gente estaba desesperada”, dijo Ricardo Soto.

Precisamente uno de los recuerdos más vivos de los sobrevivientes del terremoto del 27F es el sonido que liberaba el subsuelo, una percepción que solo ellos logran comprender y que definen con un sinfín de sustantivos: un estruendo, un crujido, un remolino, un rugido, una catarsis, un monstruo.

De las 521 personas que fallecieron, más de 100 fueron a causa de las mortíferas olas de hasta 15 metros que asolaron el litoral del país y sobre las que la Oficina Nacional de Emergencia del Ministerio del Interior (Onemi) no alertó a tiempo. En el pueblo de pescadores de Caleta Tumbes, en la comuna de Talcahuano, denominada “zona cero” del desastre, Jesús vio como su casa resistía las dos primeras olas del tsunami, pero no la tercera.

Foto:EFE

Una década después, aunque ya no vive en la caleta, su restaurante “8,8” conmemora con su nombre la tragedia del 27F.

A pocos metros, Carlos Reyes, que esa noche trabajaba de guardia de los coloridos barquitos que llenan la caleta, se acuerda de cómo el mar se recogió, señal de que no tardaría en volver con más agresividad.

A su vecina Catalina Vidal la salvó la tradición oral y la experiencia de los marineros del lugar: “Salí del hogar con mis hijos pequeños y un pescador nos alertó de que corriéramos porque el mar no tardaría en subir de su nivel habitual”.

La mañana siguiente, cuando volvieron, Vidal se estremeció: “Vimos la desolación que había, con lanchas y botes encima de algunas casas, y las de mi hermano y mis primos estaban totalmente destruidas… Allí el bajón fue muy grande”.

Para su hijo Alfonso, que entonces era un niño de 12 años, fue una experiencia imborrable: “Era pura adrenalina, no sentí ni los golpes que me daba, noté el corazón a full y la presión de tener que subir antes de que nos alcanzara el mar”.

 

9
3
Cargando más noticias
Cargar mas noticias