En Birmania, supervivientes de la mina de jade siguen soñando

lunes, 6 de julio de 2020 · 00:04

AFP  / Hpakant, Birmania

“Si encuentro una piedra preciosa, me convertiré en jefe”. Zaw Lwin, superviviente de la peor catástrofe minera de Birmania, seguirá hurgando en la montaña en busca del valioso jade, con la cabeza siempre llena de sueños de fortuna.

Desde que más de 170 mineros murieran el jueves en un deslizamiento de terreno en unos yacimientos de jade en el norte de Birmania, “no tengo ganas de volver a bajar al valle” admite a la AFP este joven de 29 años.

“Pero no voy a renunciar. Si encuentro una piedra preciosa, me convertiré en Law Pan”, el “boss” (jefe) de un equipo de mineros a quien se paga habitualmente la mitad de los beneficios.

Zaw huyó hace tres años de la miseria de las planicies del centro de Birmania, con la esperanza de que la piedra verde, símbolo de prosperidad, transformara su vida y la de su familia. Su destino fue el cantón de Hpakant, en el norte del país, no muy lejos de la frontera con China.

El jueves, a primera hora, llegó a la mina a cielo abierto de Hwekha con otros cuatro jóvenes, entre ellos su amigo Than Naing. “Él tuvo una visión. Decía que ése sería nuestro día de suerte” relata Zaw.

Pero ese día los cinco hombres apenas tienen tiempo para empezar a cavar. Bajo la presión de intensas lluvias, habituales en esta época de monzón, un amasijo de rocas se desprende y cae en un lago, provocando olas de barro que los sumergen.

“Mi ropa fue arrancada. Tenía la sensación de ahogarme cuando, de pronto, fui expulsado a la orilla”, dice. Dos de sus amigos, entre ellos Than Naing, no tuvieron tanta suerte.

El balance provisional es de 174 cuerpos hallados, 54 heridos y decenas de desaparecidos. Según varios testigos, había en total unos 300 mineros esa mañana. El viernes y el sábado, decenas de víctimas fueron enterradas en fosas comunes. 

El domingo, proseguían las búsquedas, pero las esperanzas de hallar supervivientes eran muy escasas. Las autoridades anunciaron la apertura de una investigación.

Sai Ko, que logró llegar a la orilla aferrado a un cadáver, sueña con ganar suficiente dinero para que su hijo “se convierta en monje”. Pero la catástrofe ha frenado esos sueños. “Es  muy difícil, trabajamos diez días seguidos. Nos jugamos la vida por poca cosa: es raro encontrar piedras de un valor superior a 14 dólares”, muy lejos de las lujosas tiendas de Pekín o de Hong Kong, donde el jade es un símbolo de virtud que se vende muy caro.

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