Curas villeros asisten a barrios más pobres de Buenos Aires

La parroquia Cristo Obrero de Villa 31 es emblema de estos religiosos, un grupo conformado en 1969 al calor del Movimiento de Sacerdotes del Tercer Mundo.
viernes, 7 de agosto de 2020 · 00:04

AFP  / Buenos Aires

Acompañan en el dolor, resuelven urgencias, escuchan quejas, reúnen donaciones, organizan la ayuda. Afincados en los barrios marginados de Buenos Aires, los curas villeros son verdaderos directores de orquesta de la solidaridad y su rol creció tanto como las carencias en medio de la pandemia.

“Para ser cura villero una de las claves es vivir en el mismo barrio en el cual trabajamos. Somos vecinos, y eso le da una envergadura a nuestra misión”, dice Lorenzo de Vedia, para todos el padre Toto.

Este cura futbolero y peronista es desde 2011 el párroco de la capilla de la Virgen de Caacupé de la Villa 21 que, junto con la Zavaleta, forman una extensa barriada popular en el sur de la capital. Allí viven unas 80.000 personas, de las cuales unas 2.500 se contagiaron de coronavirus.

“La cuarentena y la pandemia ponen de manifiesto realidades de siempre que se profundizan. Se visibiliza la injusticia estructural, los problemas de infraestructura, pero al mismo tiempo crece la solidaridad, cosa que está en el ADN de los villeros”, dice.

La gente  lleva  comida  a  la iglesia Virgen de Caacupé.
Foto: AFP

Unas 163 mil  personas viven en las villas de emergencia de Buenos Aires, poco más del 5% de su población, según el censo de 2010.

El cura no tiene respiro. “La parroquia es un poco la intendencia del barrio: lo mío es atender un montón de complejidades, gente que no tiene para pagar el alquiler, que se le acabó la garrafa de gas, que se le incendió la casa, que se le inundó la calle. Algunos que antes no pedían y ahora sí”, dice.

Como todos los mediodías desde que cerraron los comedores comunitarios, numerosos vecinos forman fila frente a la capilla, con barbijo y respetando la distancia, a la espera de las viandas. 

Al lado, el jardín de infantes se transformó en un centro de acopio y entrega de alimentos para otras 700 familias. La alcaldía de la ciudad manda comida no perecedera. El padre Toto se impacienta y se las ingenia para agregar a la dieta carne y verduras.

El sacerdote Lorenzo De Vedia, conocido como padre Toto.
Foto: AFP

“La presencia del Estado es insuficiente y desordenada. Somos nosotros los que tenemos que estar recordándole lo que hay que hacer y muchas veces suplirlo”, asegura.

Al principio del confinamiento , el padre Toto fue uno de los curas villeros recibidos por el presidente Alberto Fernández. “Nos sentimos escuchados”, afirma. 

Algunas jornadas son más duras. Al regreso de acompañar a una familia al cementerio, lo espera una mujer joven a quien le entrega las cenizas del esposo que acaba de morir mientras ella estaba internada por Covid-19. Recibe otra llamada y el padre Toto pedalea en su bicicleta hasta un hospital. Su manera de protegerse, dice, es el sentido del humor y la amistad.

No  somos  héroes

  • Papa Su labor ha sido exaltada por Francisco, el papa argentino, quien los frecuentaba cuando era arzobispo de Buenos Aires y hace poco les envió un mensaje de aliento.
  • Enfermo Al frente de la parroquia, del centro comunitario y del hogar de recuperación para adictos está el cura Guillermo Torres. A sus 55 años viene de recuperarse de Covid-19. “Los curas villeros no somos superhéroes. Construimos con la comunidad una red solidaria”, dice. Él  impulsó un relevamiento casa por casa que contabilizó 800 ancianos del barrio para asistir. 

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