¿Realmente existe diferencia entre el aula física y el aula virtual?

Reflexiones sobre educación en medio de pandemia.
lunes, 1 de febrero de 2021 · 14:33

Martin Mercado Vásquez

Entre todas las desgracias también se puede encontrar algún momento de esperanza. Bajo esta idea me gustaría acentuar el hecho de que la pandemia nos ha permitido poner en duda aspectos básicos de nuestra convivencia humana, no solo en el campo del comercio y la política, escenarios de melodramas, sino también el campo de la formación humana más básica, el trato con los niños y jóvenes. En el trato con los jóvenes hay, por lo menos, dos prejuicios que se han desmoronado. Primero, que todos ellos son nativos digitales y, por lo tanto, saben utilizar todos los medios para conocer este nuevo mundo de formado por algoritmos y, por otra parte, que los maestros son los expertos en la didáctica. En la crisis educativa, los estudiantes podían ingresar a redes sociales, pero no sabían manejar plataformas educativas y, por su parte, gran parte de los maestros se encontraban sin la creatividad necesaria para afrontar la calamidad ya conocida y, ahora, vivida por segunda vez. Muchas tratan de encontrar soluciones rápidas a este problema sin esforzarse por comprender su magnitud, por lo que parece obrar como aquel que quiere salvar su barco de hundirse, echando toda el agua que puede con el vaso que tiene a la mano.

El debate actual sobre el reinicio de clases se va centrando en temas como la alfabetización digital de los maestros, la creación de plataformas educativas, la ruptura de la cadena de contagio y el precio de las pensiones. En este conjunto de temas, considero que hay por lo menos uno que debería ser un terreno de investigación sostenida, me refiero a transformación de la experiencia educativa en el paso del aula física al aula virtual. ¿Son esas experiencias diferentes? ¿Basta la creación de plataformas y la alfabetización digital para sobrellevar las clases de manera virtual?

Desde un primer punto de vista, el paso de las clases presenciales a las clases virtuales no comprendería ningún cambio significativo; pues cambiando el medio de comunicación presencial por virtual no se pierde de vista lo central de la educación, que consistiría en la transmisión de conocimientos o capacidades nuevas. Este primer enfoque, que podríamos denominar intelectualista, se concentra en los contenidos y en las herramientas para transmitir conocimientos o capacidades. De esta manera, la atención juega un papel central, comprendiendo por ella la capacidad mental de concentrar la conciencia en un tema o práctica específica. La divulgación científica cercana al neurocognitivismo ha permitido que gran parte de la población explique el trabajo de atención mental a partir de las funciones cerebrales. No es extraño encontrar por redes sociales cursos de todo tipo y precio, en los que se ofrece una explicación de las funciones del cerebro como respuesta o esclarecimiento del fenómeno educativo. No es poco habitual encontrar frases como “el cerebro aprende, cuando se emociona” o “las mejores formas de entrenar tu cerebro para aprender mejor”, a lo que se suman una cantidad importante de cursos que venden humo bajo la idea de lectura veloz. No se le puede escapar al lector sagaz, que la concepción intelectualista de la educación se deja reemplazar, o se convierte de plano, en una concepción cerebrocentrista. Es el cerebro el órgano de la atención, por lo tanto, se debe saber cómo el cerebro “se entusiasma”, da igual si “se emociona” en el aula física o virtual.

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Es verdad que el enfoque intelectualista-cerebrocentrista podría decir que existen factores externos o del medio que repercuten en el nivel de atención necesaria para lograr el aprendizaje. Esto significaría que, más allá de discutir sobre si la educación es virtual o presencial, habría que considerar qué factores del medio aumentan o disminuyen el rendimiento neuronal. De hecho, la denominada neuro-educación se concentra, grosso modo, en el estudio de los procesos neruonales, estudiados bajo la perspectiva de la tercera persona (el cerebro y el ambiente), para explicar el hecho educativo. Es así que la neuro-educación (intelectualista-cerebrocentrista) considera que la diferencia entre el aula física y virtual radica en el nivel de estimulación compleja que pueda ofrecer al cerebro, con la finalidad de que en este se genere la suficiente huella neuronal que permita una modificación en la memoria a largo plazo.

Las recomendaciones prácticas de este punto de vista no son ciertamente desdeñables. Los estudios de niveles de atención pueden servir para destacar ciertos factores positivos en la enseñanza, como es el caso del efecto sinérgico. Luis Mario Lerma aclara este concepto, enfatizando la actividad cortical, es decir, un proceso en tercera persona.

“Si bien el cerebro es especialmente susceptible da captar información por la vía visual, el involucrar varios sentidos al mismo tiempo en los procesos de aprendizaje logra un efecto sinérgico, por lo que es recomendable que se estructuren experiencias educativas en donde los estudiantes interactúen sensorialmente: vean, toquen, escuchen, etc; ya que eso garantiza una actividad cortical casi integral. La ‘pizarra inteligente’ puede ser bastante motivación para el aprendizaje ya que, al realizar actividades en ella, los estudiantes están a la vez utilizando sus sentidos de forma integrada, mezclándolos con el componente emocional.” (Lerma, 2018).

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En su versión más interesante, se podría pensar que la neuro-educación propone un esquema claro para comprender los retos implicados tanto en el aula física como virtual. Este esquema es de interacción con el medio y podría mediante la interactuación del organismo con el medio y el modo en que esa interacción genera conocimiento. En el mejor de los casos, se podría adoptar una concepción enactiva del conocimiento, centrada no solo en el qué se conoce (información), sino también en el cómo se conoce (actividad, práctica, movimiento, etc). Bajo esta perspectiva no sería tan importante la diferencia de si un estudiante está frente a una computadora solo en casa (aula virtual), o en un aula con sus compañeros (aula física), siempre y cuando las condiciones del ambiente no afecten la atención necesaria y permitan una forma dinámica de interacción. Lo que es, por lo tanto, determinante en esta postura es que el cerebro pueda prestar suficiente atención para modificar la huella neuronal, emocionarse y almacenar información o prácticas en la memoria a largo plazo. Igual si es vía virtual o física.

De manera distinta al cerebro-centrismo de la corriente neuro-educativa, el enfoque fenomenológico estudia el fenómeno educativo a partir de la perspectiva de la primera persona. A diferencia del enfoque en tercera persona, la fenomenología parte del estudio de la forma en que se estructura toda experiencia. Si el cerebrocentrismo resalta el papel de la atención, siendo por ello, intelectualista; la fenomenología de la educación se concentra en la complejidad de la percepción en las actividades ligadas al aprendizaje. Actualmente hay un debate interesante en torno a la pregunta por la diferencia entre el espacio virtual y físico en general y, de modo específico, en la educación. Con la esperanza de ampliar los argumentos en otra entrega, me concentro en la diferencia significativa que nos permite diferenciar el aula física del aula virtual.

Aunque pueda sonar paradójico, la principal diferencia entre el aula virtual y física no radica en la virtualidad, sino en la modificación digital de la resonancia intercarnal. Toda aula, incluyendo la física, tiene una dimensión virtual, porque en ella se daban experiencia imaginativas o ficcionales (desde el estudiante que se dejaba llevar por sus pensamientos “hasta la luna de Paita” hasta el maestro que histriónicamente convertía su salón en un escenario de aprendizaje). Lo virtual no es lo digital. Por decirlo de manera bárbara, pero didáctica, lo digital es la transmisión de información mediante dígitos, mediante códigos, o por un medio electrónico. En cambio, lo virtual, en su acepción más básica, es aquello que tiene la virtud para producir un efecto que por lo general se opone a lo real o efectivo. Lo virtual tiene que ver con la simulación de algo real. En este sentido, el aula virtual es la simulación del aula física. En esa simulación, precisamente, radica el problema. Parecería que las máquinas están tan avanzadas para reemplazar a las aulas físicas y a los maestros. La experiencia nos demuestra que ese reemplazo es solo una ilusión poco realista.

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Sin duda, una de las preguntas centrales que el Ministerio de Educación, los maestros, los estudiantes y los padres de familia debían haberse planteando en algún momento de esta crisis es hasta qué punto se puede confiar en la simulación digital del aula para el desarrollo pleno de la educación en Bolivia. ¿Qué se gana y qué se pierde en la formación virtual? (No es por lo tanto el problema central la demagógica discusión sobre si la educación virtual cuesta más o menos que la física, o si los títulos de bachiller también deberían marcar esa diferencia). ¿Qué están viviendo actualmente los estudiantes, maestros y padres familia con la educación virtual? Esa es una pregunta que no se ha planteado hasta ahora en nuestro medio y que es central, si realmente se quiere encontrar alguna solución digna de ser tomada en serio.

Cuando hay problema realmente difícil, hay que iniciar con las respuestas aparentemente más obvias, pues por los ríos se llega mejor al mar. Desde la fenomenología resulta importante señalar que el paso del aula física a la virtual implica una transformación de la percepción. Esta transformación implica que el cuerpo orgánico del profesor y los compañeros está físicamente ausente y su presencia se encuentra mediada por las condiciones digitales y la interfaz de los usuarios. Así, la tecnología digital es solo parte del problema, no el problema completo. Esa mediación produce experiencias que no se dan el aula física; por ejemplo, que un corte de luz o señal haga que el aula desaparezca, o que la voz se distorsione de tal manera que se vuelva un ruido repetitivo, o que todo el salón se quede congelado. Eso no ocurre en un aula física, pero sí en una simulación.

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A la modificación del aula por las condiciones digitales y del interfaz se suma la amplificación y diminución de aspectos de la percepción. Por ejemplo, y aunque muchos piensen lo contrario, ahora la voz de los maestros se hace más importante que su imagen. Que los estudiantes logren escuchar al maestro ya no depende de su capacidad de gritar, sino de la eufonía y cambio de ritmo. Por otra parte, los estudiantes pierden la posibilidad de mirarse entre sí y conversar carnalmente. Llamo aquí “carne” al cuerpo sentido y no solo al cuerpo orgánico visible. El cuerpo orgánico como gesto es carne. Esa comunicación carnal, o los murmullos, solo buscan algún reemplazo en las salas de chat paralelas a la clase, pero dudo que las reemplacen en la cercanía y compañía que brindaban. La intimidad entre los estudiantes ha disminuido y ella es parte fundamental de su formación humana.

Como profesor no puedo dejar de ser optimista. Tal vez este gobierno pueda aprovechar la oportunidad que el de transición dejó pasar. Dar un tiempo para pensar en el problema y permitir que los actores de la educación aprendan reflexivamente de sus experiencias. No obstante, como profesor también debo ser realista.

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