Felipe, príncipe consorte y rey de lo políticamente incorrecto

Según admitió Felipe, le hicieron falta años de aprendizaje para encontrar su lugar a la sombra de Isabel II, pero disfrutó de un alto índice de popularidad.
sábado, 10 de abril de 2021 · 05:04

   AFP  /  Londres

El príncipe Felipe de Edimburgo, fallecido ayer a los 99 años, pasó más de siete décadas a la sombra de su esposa, la reina Isabel II, con gran lealtad y una propensión a mostrarse poco respetuoso de lo políticamente correcto.

“Es mejor desaparecer que alcanzar la fecha de caducidad”, había dicho hace unos años con su particular sentido del humor. 

Ofrendas florales en la puerta del palacio de Buckingham, en Londres, en memoria a la muerte del príncipe consorte.

Si su esposa, que llegó al trono en 1952, batió todos los récords de longevidad como monarca, Felipe fue el consorte que más años ostentó ese honor. Lo era desde 2009, cuando superó a Carlota, la esposa de Jorge III.

“Es mi roca. Ha sido mi fuerza y mi sostén”, dijo una vez la reina, poco proclive a hacer demostraciones de cariño en público. 

En 2017 se retiró de las actividades públicas tras haber participado en más de 22.000 actos oficiales, pero su principal valor fue ser “el único hombre del mundo en tratar a la reina como un ser humano, de igual a igual”, explicó una vez Lord Charteris, exsecretario privado de la monarca.

Alto y tieso, siempre detrás de la reina como exige el protocolo, Felipe asumió con mejor o peor disposición su papel  secundario. 

 Felipe de Edimburgo, junto al presidente Víctor Paz Estenssoro durante su visita a La Paz.

Según admitió, le hicieron falta años de aprendizaje para encontrar su lugar a la sombra de Isabel II y en el corazón de los británicos, pero luego disfrutó de un alto índice de popularidad, al igual que su esposa.

A menudo intentó salirse con la suya, pero acabó entrando en razón. Como en enero de 2019, cuando un accidente de tráfico reveló que seguía conduciendo a los 97 años. Pese a las críticas, volvió a tomar el volante dos días después y sin llevar el cinturón de seguridad. Pero tres semanas más tarde cedía a la presión y entregaba su permiso de conducir.    

 Pasacalles en la calle Jaén, en honor al príncipe Felipe, confeccionada por los comerciantes del mercado Miraflores, en 1962.

Indiferente al qué dirán 

Una tribu de Vanuatu llegó a venerarlo como una divinidad ligada al volcán Yasur.

Su temperamento fue efectivamente volcánico, sin ninguna consideración por lo políticamente correcto, aunque en los últimos años se calmó.

“¿Habéis logrado que no os comieran?”, preguntó a un joven británico que venía de viajar por Papúa Nueva Guinea en 1998.

En otra ocasión, un niño le confesó que quería ser astronauta y el duque le respondió que estaba demasiado gordo para volar.

Felipe  de Edimburgo e Isabel II en Broadlands.

Cuando se le preguntó si le gustaría visitar la Unión Soviética, dijo: “Me encantaría visitar Rusia, aunque esos cabrones asesinaron a la mitad de mi familia” (en alusión a la suerte de los Romanov).

Su entorno le oyó maldecir mil veces su suerte, gruñir contra la pérdida de valores o contra las locuras de sus cuatro hijos en los años 1980, y hasta contra “los malditos chuchos” de la reina, siempre pegándosele a las piernas.


¿Una infancia traumática?

De ascendencia alemana, el duque nació príncipe de Grecia y Dinamarca, el 10 de junio de 1921 en la isla griega de Corfú. Era el quinto hijo de Alicia de Battenberg y Andrés de Grecia. La familia huyó meses después, cuando se proclamó la república helénica y se refugió cerca de París.

La Reina  y Felipe saludan a una multitud.

Su padre era asiduo de los casinos de Montecarlo. La madre, depresiva, ingresó en un convento. Felipe tenía 10 años. Dejado en manos de parientes lejanos, frecuentó colegios en Francia, Alemania y Gran Bretaña hasta terminar en un austero internado escocés.

Ingresó luego en la Marina Real británica y participó activamente en los combates durante la II Guerra Mundial en el océano Índico y el Atlántico.

Isabel II  y el príncipe  en su visita a China.

Era un apuesto joven de 18 años cuando conoció a Isabel antes de la guerra. Lilibet, como la apodaba su madre, tenía 13 años y se enamoró. Se casaron ocho años más tarde, el 20 de noviembre de 1947. Felipe, nombrado duque de Edimburgo, tuvo que renunciar a sus títulos de nobleza anteriores y a su religión ortodoxa.

En febrero de 1952, la muerte prematura de su suegro, el rey Jorge VI, marcó el fin de su carrera de oficial en la Marina e inauguró la de príncipe consorte que le siguió el resto de su vida.

El príncipe visitó Bolivia en febrero de 1962

Felipe visitó Bolivia en febrero de 1962, llegaba de una gira que lo llevó primero a Perú, según muestran imágenes de archivo de British Pathé e ingresó al país a través del lago Titicaca en el barco “Ollanta”.

Felipe  asiste a un desfile en la mina  La Fabulosa.

Felipe, entonces el Duque de Edimburgo, luego llegó a Guaqui, donde fue recibido por una multitud jubilosa, para luego emprender el viaje hacia La Paz, donde fue recibido por el entonces presidente Víctor Paz Estenssoro, que además le confirió el “Cóndor de los Andes” en el Grado de Gran Cruz, mediante el Decreto Supremo 6016.

En La Paz,  Felipe paseó por las calles, estuvo en el estadio Hernando Siles de La Paz, donde hubo un recibimiento multitudinario. También visitó la escuela Pedro Domingo Murillo,  el laboratorio de física cósmica en Chacaltaya y  un centro minero. 

 

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