Del libro De regreso a octubre

Y antes de octubre, ¿qué?

¿Qué había antes de octubre? La mayoría lo sabe y tan bien, que muy pocos quisieran que el país retorne a dichos tiempos y latitudes. Este texto aspira a hacer un poco de memoria.
miércoles, 16 de octubre de 2013 · 23:37

Rafael Archondo
 Periodista 

Cuando el helicóptero que se llevaba a Sánchez de Lozada al aeropuerto fue filmado primicialmente por el hijo de Marcelo Quiroga Santa Cruz, desde algún rincón protegido del barrio de Irpavi, supimos que todo se había acabado. Corría la tarde del 17 de octubre de 2003, la ciudad volvía a la vida.

Algún avezado en fechas históricas descubrió que la fuga ocurría el mismo día en que el padre de aquel filmador furtivo firmó la nacionalización de la Gulf Oil Company, bajo la mirada atenta del pueblo. Quiso la fortuna que la llamada "guerra del gas” concluyera en el 34 aniversario de la última nacionalización del petróleo.
La circunstancia nos pillaba desprevenidos. YPFB había sido declarada residual y sólo quedaba un saldo maltrecho de aquella hazaña diseñada y ejecutada por un puñado de intelectuales y escritores convencidos de que la emancipación de la patria empieza allí donde se garantiza la propiedad colectiva de los recursos naturales.
Cuatro décadas después, otro puñado de intelectuales y escritores también abonaba el terreno para repatriar las ganancias salidas de nuestro subsuelo.  Las elecciones que se organizaron dos años después les abrieron las puertas de la historia. Octubre había dado su primer fruto: un gobierno con el poder suficiente como para transformar Bolivia y revertir las equivocaciones del periodo previo. ¿Qué había antes de octubre? La mayoría lo sabe y tan bien, que muy pocos quisieran que el país retorne a dichos tiempos y latitudes. Este texto aspira a hacer un poco de memoria y trazar un balance histórico, algo aparentemente necesario 10 años después de la huida de Sánchez de Lozada.
 

Bolivia antes de 2003
Antes de aquel octubre heroico, el país funcionaba bajo un modelo de alternancia partidaria y pluralismo electoral. Desde 1985, tres organizaciones políticas consiguieron lo que nadie en etapas previas: un relevo tranquilo de sus siglas en los salones del Palacio de Gobierno.
Bolivia parecía haber superado milagrosamente los ciclos de violencia que encumbraban a uno en la cúspide del Estado para que los relegados acudan de inmediato a la conspiración y la zancadilla armada. Ni liberales ni conservadores, ni republicanos o republicanos genuinos más tarde consiguieron sellar un esquema de reparto capaz de satisfacer a todos y pacificar a la sociedad.
Fue entonces cuando politólogos ilustres fijaron su atención en Bolivia. De pronto, una de las naciones más inestables del planeta, la que hacía recuentos abultados de golpes de Estado, se transformaba en un sorpresivo edén de tolerancia y solidez institucional. Los estudios de la época señalan que el secreto boliviano consistía en haber establecido un mecanismo de segunda vuelta dentro del Congreso para elegir al Presidente.
De ese modo, decían los académicos, el boliviano era un sistema de "presidencialismo parlamentarizado” porque, al no existir mayorías absolutas en los comicios, la elección del jefe de Estado dependía del Poder Legislativo, garantizando así una mayoría en su seno para gobernar sin perturbaciones.
Así, se pensaba, quedaba resuelta la habitual pugna presente en otros países entre el Congreso y el Presidente, nacidos de dos procesos de legitimación diferenciados. En Bolivia, todos los presidentes, desde Paz Estenssoro hasta el maltrecho Sánchez de Lozada (1985-2003), controlaron el Parlamento gracias a la formación de coaliciones partidarias de mayoría suficiente. Este sistema quedaría desacreditado más adelante bajo el denominativo de "democracia pactada”.  
Cabe recordar que aquellos pactos no fueron obra de la maldad humana, sino un recurso imprescindible, producto de la ausencia de un ganador contundente. Los tres actores del sistema abarcaban el 60% del electorado, pero individualmente ninguno superó el 35%.  No quedaba más remedio que construir alianzas.
Aquella capacidad para apaciguar ambiciones y canalizar protestas permitió que los tres partidos convergieran armónicamente alrededor de tres premisas básicas reseñadas en su momento por Salvador Romero Ballivián (1995): economía de mercado, democracia de partidos y multiculturalismo. MNR, ADN y MIR sellaron un pacto tácito que garantizaba la propiedad privada y la llegada de inversiones extranjeras, el pluralismo en la participación política, aunque siempre bajo el monopolio de los partidos, y la apertura estatal a la diversidad étnica.

La solidez del esquema permitió llevar adelante importantes reformas que hasta hoy no han podido ni querido ser revertidas. Si bien el sistema de partidos que se amamantó de las reformas ha colapsado, sobrevivió una red de municipios con recursos, una voluntad estatal de aceptar la diversidad cultural y un boyante hormiguero de iniciativas privadas que en su momento fue catalogado como "capitalismo andino”.

Octubre había dado su primer fruto: un gobierno con el poder suficiente como para transformar Bolivia y revertir las equivocaciones del periodo previo.

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