Dos viudas dan testimonio de cómo afrontaron la muerte de sus esposos

Las heridas aún no cierran tras 10 años de octubre de 2003

Manuel Yanarico y Eduardo Baltazar (fallecidos en la masacre de octubre) no participaban en las protestas en El Alto cuando murieron, sino buscaban comida para sus familias.
miércoles, 16 de octubre de 2013 · 23:24

 Beatriz Layme
 La Paz
 

Después de  10 años de la masacre de octubre, Daniel aún confunde a su hermano mayor con su padre, al que perdió cuando apenas tenía un mes de nacido, en Senkata. Eduardo Baltazar falleció  por impacto de tres balas del Ejército, cuando se dirigía a la ciudad de La Paz a cambiar 100 dólares americanos para comprar víveres para  sus ocho hijos y su esposa Victoria."Te extraño papá”, reza una de las tarjetas que dejó Daniel la pasada semana en la tumba de su padre  en el cementerio de Villa Ingenio, junto a otras 26 víctimas.

Victoria cuenta que tras la muerte de su esposo asumió la responsabilidad de criar a ocho hijos, de los cuales uno es sordo y mudo. Las primeras semanas sobrevivió con el poco dinero que dejó su esposo. Un día se terminó y se vio obligada a retomar su actividad de comerciante ambulante que le generaba una ganancia de 10 a 15  bolivianos por día.
Este ingreso insuficiente causó otra preocupación a la familia al extremo que el hijo mayor , Osvaldo, que entonces tenía 17 años, abandona el colegio para trabajar y ayudar a su madre.
Doña Victoria, desesperada junto a familiares de las víctimas, ingresó en huelga de hambre en puertas del Ministerio de Justicia (2007) y logró conseguir un empleo de portera; entonces su sueldo era de  400 bolivianos, que "estiró” para dar de comer a sus hijos por el lapso de siete años. Ahora gana  1.200 bolivianos  para mantener a sus ocho hijos, de los cuales cuatro aún van a la escuela.
"Aún lloro por la muerte de mi esposo, nunca nos hacia faltar nada. Mis hijos sufren más porque el Día del Padre no tienen a quién abrazar”, dice Victoria que apenas puede articular palabras. Confiesa que a pesar de tener un ingreso seguro, hay días que deja de comer por satisfacer el hambre de sus hijos.
  Similar tragedia vivió Leucaria, quien también quedó viuda con siete hijos. Su marido Manuel Yanarico murió víctima de un disparo desde un helicóptero que sobrevoló El Alto.
Su cónyuge falleció en la zona Ballivián de El Alto cuando vendía pito de cebada, aprovechando la escasez de pan que el conflicto había generado como consecuencia del bloqueo de caminos.  Leucaria y sus dos hijos menores (de uno  y tres años) se movilizaron para exigir justicia.
Sin poder contener las lágrimas cuenta que se vio obligada a dejar por un año a sus siete descendientes en la población de Ninantaya,  frontera con Perú.  La circunstancia obligó a que el hijo mayor Gervacio (de 15 años) trabajara en el campo y esconda la muerte de su padre para que sus   hermanos que quedaron a su cargo no lloren. Después de un año la madre retornó al campo, vendió a todos sus animales, recogió a sus hijos y los llevó a la ciudad de El Alto, donde compró un terrero.
"Extraño a mi esposo, más aun cuando mis hijos me hacen renegar. Es necesario la presencia del padre para educar a los hijos”, cuenta Leucaria. Ahora trabaja limpiando  la vía Rio Seco – Vilaque, con un sueldo de 1.200 bolivianos con los que mantiene a cinco hijos.

Sus dos hijos mayores se casaron, pero viven junto a ella.

"Extraño a mi esposo, más aun cuando mis hijos  me hacen renegar. A veces es necesario la presencia del padre para educar a los hijos”, relata Leucaria que perdió a su esposo el 12 de octubre.

 


 "Por falta de una pierna
no conformé una familia”
 

Dionicio Cáceres, nacido en Oruro, llegó a La Paz cuando tenía 21 años con la esperanza de mejorar su calidad de vida, pero  en octubre de 2003 (ya tenía 26 años), cuando retornaba a su cuarto alquilado en la zona de Río Seco, luego de visitar a una de sus excompañeras de trabajo, recibió un impacto de bala militar debajo de la rodilla que le destrozó todos los tendones y nervios. "Comenzaron a disparar los militares, yo corrí para protegerme pero me pescó una bala”, recuerda.
A los dos días del hecho, tomó la  decisión más difícil de su vida. "Doctor, firmaré la autorización, mi pie se está secando”, le dijo al médico para que le ampute la pierna izquierda.
Al verse sin una pierna, Dionicio cuenta que fue discriminado. "Ninguna mujer me quiso, ese cojo no sirve para nada, así me decían”, señala al indicar que se acostumbró a vivir solo y ya no le interesa formar una familia.
 Ahora reclama justicia y la ayuda del presidente Evo Morales y de los asambleístas del MAS, Roberto Rojas y Eugenio, a quienes considera de "aprovechados” .
  "No nos ayudaron en nada,  hablan de las víctimas pero ni siquiera vinieron al cementerio”, reclamó molesto.

 

 


   

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