El espacio donde se configuró la cultura de los cruceños

La comarca grigotana

El terreno es ideal para la producción de azúcar, la industria madre y el sostén de la economía cruceña.
lunes, 23 de septiembre de 2013 · 20:51
La denominada cultura cruceña tiene su génesis el 26 de febrero de 1561 con la fundación de la ciudad de Santa Cruz de la Sierra, en pleno corazón de la Chiquitania, a orillas del arroyo Sutós y al pie de la serranía del Riquío (a dos kilómetros del actual San José de Chiquitos).
En ese lugar, desde el principio, comenzó a gestarse la fusión biológica y cultural entre los exploradores españoles y las etnias nativas que poblaban la zona, así como también con guaraníes.

En los llanos de Grigotá
Sin embargo, es a comienzos del siglo XVII,  al fundirse en un solo núcleo urbano Santa Cruz de la Sierra (1561) y San Lorenzo (1595) en los llanos de Grigotá, a una legua del río Piraí, lugar donde actualmente se encuentra la capital cruceña, que se desarrollan, más  cómodamente, la comunidad cruceña y su cultura.
En esta locación, además de otras ventajas, encontró el terreno ideal para el cultivo de la caña de azúcar y, consecuentemente, la producción de sus derivados, principalmente el azúcar, que fue la industria madre y el sostén de la economía de los cruceños por varios siglos.  También en este espacio los cruceños desarrollaron la base de su ganadería bovina, que será de gran importancia, no sólo para el intercambio comercial, sino también como parte de su alimentación (carne, leche, queso) y de los otros derivados de la res.
Desde la llegada de los primeros exploradores españoles a Chiquitos el ganado se reprodujo formidablemente,  igual se desarrollaron los cultivos para el autoabastecimiento en cuanto al maíz, arroz, zapallo, maní, frijol, algodón y los llamados "frutos de la tierra”: la yuca y el camote.
Ni qué decir de los árboles frutales, tanto los introducidos (la amplia gama de cítricos, palto, tamarindo, plátanos y guineos) como los nativos (achachairú, ambaibo, papayo, ocoró, guapurú, pitón, lúcumo, guayabo) y muchas otras especies de frutas suculentas.
En la comarca grigotana las chacras y estancias de los encomenderos cruceños rápidamente comenzaron a expandirse en una superficie de unos 21.000 kilómetros cuadrados, aproximadamente.
La misma abarcaba el espacio geográfico que hoy ocupan las provincias Andrés Ibáñez, Warnes  y las zonas sur de Obispo Santisteban, Sara e Ichilo, es decir, gran parte de lo que después vino a llamarse el cercado de la capital.
En esa suerte de extensión rural de la ciudad todos estos establecimientos agropecuarios fueron sostenidos con la fuerza de trabajo de los indígenas de encomienda: chiquitos, chiriguanos, yuracarés y otros, a los que se agregaron, hacia la segunda mitad del siglo XVIII, un número significativo de labriegos de la provincia de Vallegrande, indígenas mojeños de las reducciones jesuíticas y algunos centenares de negros.
Todas estas familias étnicas y lingüísticas van a hacer sus aportes en la gestación y desarrollo del pueblo cruceño y de su cultura, la misma que en cuatro siglos tendrá pocas alteraciones.
En la segunda mitad del siglo XVIII, varias de las haciendas de encomienda de la zona pertenecían a diferentes órdenes religiosas, como las de la misión jesuítica de Buena Vista, con indígenas chiquitanos y perteneciente a los misioneros de Moxos, con 20.000 cabezas de ganado e importante producción azucarera, arrocera y de cacao.
En aquella época los puertos fluviales de Cuatro Ojos, en el bajo Piraí, y Pailas, en el Río Grande, pertenecían a los padres de la Compañía de Jesús, los   que fueron muy utilizados para la comunicación con Moxos.
Cabe añadir que la presencia tempranera de los padres  en la naciente Santa Cruz de la Sierra, desde 1587 y durante 180 años, fue de significativa importancia, puesto que estos religiosos emergidos de la Contrarreforma no sólo se hicieron cargo de la administración de los santos sacramentos, sino también cuidaron de la educación y de la asistencia en salud de los cruceños.
El comercio con las tierras altas de la Audiencia de Charcas era realizado a través de un sinuoso camino que atravesaba la Cordillera de los Andes, solamente apto para  la circulación de mulas.
Arrieros vallegrandinos con recuas de 50 animales transportaban el azúcar en petacas de cuero, cargando diez arrobas en cada una de las acémilas.
El recorrido de las cien leguas de camino estrecho, siempre bordeando profundos precipicios y cortado por diversas quebradas torrentosas en gran parte del trayecto, lo realizaban  en un lapso de entre 20 y 25 días hasta la ciudad de La Plata (hoy Sucre).
Después de que la Gobernación de Santa Cruz de la Sierra pasó a formar parte del Virreinato de La Plata, en 1782, los cruceños comenzaron a integrar unos circuitos mercantiles entre  Tucumán (norte argentino), Santa Cruz de la Sierra y la Vila Bela do Mato Grosso.
Esto fue posibilitado por el emplazamiento de misiones franciscanas a lo largo de la Cordillera de los Chiriguanos durante el último tercio del silgo XVIII, aspecto que permitió un tránsito con menos riesgos.

La reproducción
de la cultura cruceña
Desde los primeros días de la colonización, en la zona de lo que hoy es el departamento de Santa Cruz, y más aún cuando los cruceños se asentaron definitivamente en los llanos de Grigotá, se produjo un acelerado mestizaje entre españoles, criollos e indígenas, de cuya simbiosis biológica y cultural resultó lo que conocemos como cultura cruceña o pueblo camba.
Desde finales del siglo XVIII, y durante el siglo XIX, este pueblo se expandió hacia las extensas tierras que nominalmente  estaban dentro de su Gobernación y de su Obispado, y aún más allá: Chiquitos, Moxos, incluso el río Madera, hasta su desembocadura con el Amazonas  y la Cordillera de los Chiriguanos, llevando su bagaje cultural que abarca su idiosincrasia, conocimientos, sistema de creencias, tradiciones, usos y costumbres, comidas, mitos y leyendas y muchos otros elementos que la componen, incluyendo su particular lenguaje y su fonética para hablar el castellano.
En la actualidad es fácil verificar esa presencia en el lejano departamento de Pando, en los confines de Beni, incluso en el norte del departamento de La Paz, no sólo en el acento para hablar y en sus diversas expresiones, sino también en la mayor parte de las denominaciones de los elementos que constituyen la cultura material: chapapa, horma, paila, tutuma, trapiche, tacú, etcétera, o de las especies de flora y fauna.
Afortunadamente, todos esos significativos y encomiables esfuerzos materializados por nuestros antepasados, sin ningún apoyo del Estado nacional, finalmente han sido de enorme beneficio para la patria boliviana.
El gran vate cruceño Raúl Otero Reiche, en un fragmento de su poema Adiós amable ciudad vieja, decía de Santa Cruz de la Sierra:

"Ciudad enamorada de lo suyo propio con el orgullo de la pobreza;  ciudad que dio más hijos a la selva que otras dieron a los mares y que fue madre de pueblos distribuidos en el espacio como las estrellas, se fue sonriéndole al recuerdo de cuatro siglos maravillosos cada uno de ellos su primer amor”...

Carlos A. Cirbián Barros

En ese lugar, desde el principio, comenzó a gestarse la fusión biológica y cultural entre los exploradores españoles y las etnias nativas que poblaban la zona.

Confidencial

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