Su infancia está marcada por la persecución que sufrió su padre

Vida de Ramiro Llanos: el que quiso cambiar las cárceles

El exdirector nacional de Régimen Penitenciario es hijo de un hombre que a menudo ha estado preso. Aún hoy, su padre pelea por las víctimas de la dictadura.
jueves, 25 de diciembre de 2014 · 21:34
Timo Kollbrunner / La Paz
Ramiro, de siete años, no podía esperarlo. Junto con sus hermanos mayores, Juan Carlos y Julio César, y su madre María, estaba sentado en un banco de la plaza Murillo, en la Nochebuena de  1971.
Su padre pronto saldría de las celdas. 200 dólares había pagado la mamá para que su marido sea liberado de la prisión y la familia pueda pasar unida  la Navidad. Los chicos estaban orgullosos del árbol de pino que habían colocado y decorado en la casa para la llegada del papá. Entonces, un Jeep se acercó a la plaza.
En el coche estaba Julio, el padre, junto al policía alcaide de la cárcel. En ese momento un agente se inclinó a la madre y le dijo. "Esta es la última vez que verás a tu esposo”. María corrió hacia el coche, pero el Jeep se alejó.
De vuelta a su casa los chicos lanzaron por la ventana el árbol de pino adornado como muestra de su impotencia, sin saber si estaba vivo o muerto.
Fue una Navidad triste, pero peores fueron los siguientes días, recuerda Ramiro. Cada mañana iba con su madre a la morgue, siempre con el miedo de encontrar allí a su padre. Luego recorrían el hospital para ver si los paramilitares lo habían dejado golpeado o muerto, como otros presos políticos. Luego, lo buscaban en los centros de detención, en el DIG de la plaza Murillo, en el edificio donde hoy está la Gobernación de La Paz y en el DOP, hoy día la Asamblea Plurinacional.
Al final lo buscaban en la cárcel de San Pedro. Pero Julio no estaba en ninguno de esos lugares. Julio Llanos fue encerrado en un sótano en algún barrio de La Paz, hasta hoy día no se sabe dónde exactamente.
Fue colgado por los pies y luego metieron su cabeza en un cubo lleno de excrementos.
Le pusieron desnudo en un cuarto húmedo, donde goteaba el agua en su cabeza, sin cesar, hora tras hora, día y noche.
Una vez, como Julio Llanos seguía negándose a hablar de la supuesta conspiración contra el gobierno militar, un agente enojado le cortó la mitad de su dedo medio izquierdo con una bayoneta. Por días, Julio Llanos, en su celda, orinó sobre el muñón de su dedo sangrado para prevenir una infección.
El comienzo de la otra vida
Siete años antes, pocos meses después del nacimiento de Ramiro, Julio dejó a su familia por primera vez. Desde los 15 años trabajaba –como su padre y su abuelo– en la mina de Colquiri. Desde la distancia, los mineros admiraban a los revolucionarios cubanos y habían decidido apoyarles. Julio Llanos se unió a la Juventud Comunista y fue elegido dirigente sindical de la mina. Luego, en 1964, con el golpe de René Barrientos, comenzaron 18 años de régimen militar en el país y  la persecución de los "elementos subversivos”.
"En 1964 comenzó la otra vida”, dice Julio Llanos hoy. El gerente de la mina le contó que estaba en una lista negra, y Julio huyó al exilio a Nanjing en China, donde aprendió las técnicas de la guerrilla del Vietcong y se preparó para la lucha armada en Bolivia que parecía inevitable.
Un año y medio vivió en China sin recibir ni una sola vez un mensaje de su familia o ellos de él. Cuando regresó, encontró a su esposa y sus tres hijos en la ciudad de Oruro, sumidos en la pobreza y con la madre trabajando como lavandera y vendiendo mermeladas preparadas en casa. Hasta hoy, cuando habla sobre el momento del encuentro, sus ojos se llenan de lágrimas.
 Llegó siguiendo una dirección, y al llegar vio a sus hijos jugando fútbol con una pelota de trapo. El mayor, Juan Carlos, corrió hacia él. "Papá”, gritó. "Maravilloso y horrible al mismo tiempo”, recuerda Julio. La ropa y los zapatos de los chicos estaban sucios y rotos. "No tenían nada”. Cuando la noticia de la llegada de Julio se había difundido en Oruro, se trasladó junto a su familia a la ciudad de La Paz, donde dormían en una habitación en el suelo. La madre trataba de ganarse la vida horneando pan y cocinando sopa para vender. En Navidad había un chocolate caliente y un pancito. Para más, no alcanzaba el dinero.
La misión del hijo menor
Una noche del año 1970, Julio hace memoria sobre un hecho particularmente doloroso. Después de dos meses en la clandestinidad quería ver a su familia, pero alguien lo traicionó.
Cuando estaba en casa, el edificio apareció rodeado de policías. Julio escondió el arma que llevaba y se la entregó a su hijo mayor, Juan Carlos, para que la policía no la encontrara. Cuando los agentes lo detuvieron y lo metieron en un coche, lo último que Julio vio era a su hijo Juan Carlos, llorando, con la pistola escondida bajo los pantalones.
Juan Carlos nunca superó el trauma. Vive en España y afirma que nunca quiere volver a Bolivia. El hijo del medio, Julio César, se trasladó a Estados Unidos. Sin embargo, Ramiro, el más joven, ha elegido un camino diferente.
Él, que como niño a menudo visitaba a su padre en la cárcel, y que a veces se quedaba con él por varios días en el establecimiento penitenciario, vio la realidad triste dentro de los muros. Al crecer se trazó una misión en la vida: cambiar las cárceles bolivianas. Estudió Derecho, y hoy, con 50 años, es exautoridad y experto carcelario. Como profesor enseña Justicia Restaurativa, Criminología y otras asignaturas. Fue dos veces director del régimen penitenciario. Su idea es que un día Bolivia tenga cárceles donde los reclusos sean rehabilitados para una mejor vida.

Don Julio, a sus 76 años, aún espera justicia
A veces, cuando Ramiro Llanos tiene unos minutos, sale de su oficina y baja a la ciudad, hasta un pabellón frente al Ministerio de Justicia.
Ahí está sentado su padre Julio, de 76 años, esperando justicia. Julio pasa cada día aquí y la mayoría de las noches, junto con otras víctimas de la dictadura militar. Ellos requieren atención del Estado sobre las violaciones de derechos humanos entre 1964 y 1982. Exigen el fin de la impunidad y una indemnización según la ley aprobada en 2004. Piden que los militares abran los archivos secretos, que podrían además permitir saber de los restos de desaparecidos.
Julio Llanos dice que va a permanecer en el pabellón hasta que reciba justicia. O hasta que muera. La resistencia activa ahora es causa de su hijo.
Si Julio habla de Ramiro, su orgullo parece más fuerte que su preocupación. "Es mi hijo que ha sufrido a mi lado, quizá más que yo”, dice Julio.
También, claro, está preocupado por Ramiro. "He visto como el Estado eliminó personas. Pero a veces es inevitable defender una causa. Aunque tal vez uno no lo sobrevive”.

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