La Yakuza atrapó a Marcela Loaiza con la promesa de un mejor futuro

“Sobrevivir a la trata es como tener un tatuaje en el alma”

A sus 21 años salió de Colombia rumbo a Japón para ser bailarina. Fue violada, golpeada y obligada a prostituirse bajo el control de la mafia japonesa.
sábado, 17 de octubre de 2015 · 20:14

Sergio Mendoza  / La Paz

Al bajar del avión se le presentó Carolina, su "manilla” (proxeneta). Le quitó su pasaporte falsificado, le advirtió que tenía una deuda de 50.000 dólares, que ahora le pertenecía a ella, que si trataba de escapar su familia sería asesinada y que  ahora bailaría con los hombres en la cama.

Después de sufrir las consecuencias de la altura paceña, Marcela Loaiza recuerda el episodio más oscuro de su vida mientras se realiza el IV Congreso Latinoamericano sobre la Trata y Tráfico de Personas en la UMSA, donde llegó como invitada.

Era mayo de 1999, tenía 21 años y le angustiaba una deuda de 500 dólares con el hospital en el que estaba internada su hija, de tres años, con asma. Por estar al lado de la pequeña perdió sus dos trabajos: en un supermercado de lunes a viernes y los fines de semana como bailarina en una discoteca de Pereira, Colombia.

Entonces  apareció "un ángel”, o eso creía ella. Lo conoció como Pipo, un colombiano que la escuchó y convenció de que era un caza talentos que la haría famosa. "Creí que había la posibilidad, que podía ser famosa en Estados Unidos”, cuenta Loaiza. Pipo le prestó los 500 dólares para pagar el hospital y le informó que su primer contrato era en Japón.

Le entregó un pasaporte holandés falso y un pasaje en avión. Marcela le dijo a su madre que se iba a Bogotá para hacer dinero y con un beso se despidió de su hija por un largo tiempo.

La primera noche en Ikebukuro (Tokio), la calle donde la dejaron para prostituirse, escuchó el ruido de motos y una de sus compañeras la arrastró hasta un contenedor de basura. Era la mafia china, enemiga de la Yakuza. Ésta es la mayor mafia japonesa que tiene a la prostitución como principal fuente de ingreso en Ikebukuro.

Un modo de dañar a los mafiosos japoneses  es matar a las prostitutas que controlan. Desde el contendor, Marcela vio cómo los chinos destrozaban con sus cadenas a una de sus compañeras.

Loaiza se convirtió en Kelly  y en un morral llevaba las pocas pertenencias que guardaba. Su manilla -siempre bajo la supervisión de la Yakuza- no la tenía más de 10 días en un solo lugar. De  las mujeres que conoció entonces, "todas” -dice- estaban en su misma situación, contra su voluntad: colombianas, mexicanas, venezolanas, rusas, filipinas, coreanas.

  Pasaron las semanas y le tocó, por primera vez, un mafioso como cliente. No siguió el consejo que le había dado una compañera, que no se negara a nada de lo que le pidiera. Por ello fue brutalmente violada y despertó en un hospital con el rostro destrozado.

Varias veces pensó en escapar, pero la detenían las amenazas. "Soñaba con huir para estar con mi hija, pero temía que si lo hacía, la iban a matar a ella”.

Encontró un descanso en medio del infierno al sostener una relación con Sato, el dueño de un local de masajes al que fue a trabajar. Sus días pasaban entre acostarse a las 6:00, despertar a las 15:00, hacer las labores domésticas, dormir y despertar de nuevo antes de las 20:00 para ir en tren hasta la Ikebukuro   a trabajar hasta las 5:30 del día siguiente.

Kelly temía que cuando pagara su deuda la vendan a otra mafia y nunca recupere su libertad, así que a poco de cumplirla decidió escapar. Lo había conversado con un cliente asiduo y con una amiga que ya estaba libre.

En la calle donde trabajaba, la Yakuza controlaba sus movimientos. Un hombre por cada esquina, cuatro en total. Pero por allí también pasaban niños, familias enteras, y había una sucursal de McDonald’s.

La amiga le hizo un croquis de las calles que debía recorrer y el metro que debía tomar para llegar a la embajada de Colombia. El cliente colocó en una bolsa ropa y una peluca y la dejó en la sucursal de hamburguesas.

Kelly entró a McDonald’s y salió  disfrazada, caminó despacio. "Sabíamos de chicas que lograron escapar, que si corrías te atrapaban, tenías que salir como cualquier otra persona”, recuerda.

Pasó entre los mafiosos y tomó el metro hasta la estación señalada. Cuando vio la bandera de su país ondear con el viento le invadieron las ganas de llorar. Comenzó a correr, en su mente todos estaban detrás de ella, corría y corría, pero nunca llegaba a la embajada. Parecía un mal sueño en el que el destino se aleja conforme te acercas. Pero al fin llegó, golpeó la puerta y gritó: "¡Soy prostituta, soy prostituta y soy colombiana!”. Dice ahora: "Aún no estaba consciente de mi condición de víctima”.Volvió a Colombia en septiembre de 2001. Le fue difícil salir del mundo en el que la colocaron. Continuó en la prostitución por dos años en Bogotá, pensó en quitarse la vida, creía que vender su cuerpo era su única posibilidad, hasta que en su camino aparecieron unas monjas, las Adoratrices.

Comenzó un tratamiento psicológico. Su terapeuta le aconsejó escribir todo lo que quería sacar fuera de sí. "Fue una catarsis”, recuerda. Tres años después  recibió una caja llena de los papelitos en los que había expulsado sus pedazos de infierno.

Ahora  Marcela está casada y tiene tres hijas. Vive en Estados Unidos, recibió varios premios, trabaja con su fundación y Naciones Unidas.  Fue entrevistada por varios medios alrededor del mundo, y  planean hacer una novela basada en su historia. El sueño de ser famosa al final se cumplió; pero una parte de ella no sobrevivió a los Yakuza.

"Sobrevivir a la trata es como tener un tatuaje en el alma, puede que nadie lo vea, pero lo llevaré hasta que me muera”. Siempre le dice eso al mundo.

La narración a partir de la experiencia

Yakuza  Es una mafia japonesa que data del siglo XVII. Se dice que el nombre de la organización criminal  tiene su origen en la peor mano de un juego de cartas. Se divide por clanes, y    en 2009 tenía 87.900 miembros en Japón.

Publicaciones  El primer libro de Loaiza salió en 2009, Atrapada por la Mafia Yakuza. El segundo es una continuación de su experiencia cuando regresó a su país de origen, La que fui y la que soy, se publicó en 2011.

Confidencial

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