Los Olivos de Evo y el Obrero de mi abuela

domingo, 28 de agosto de 2016 · 00:00
Daniela Romero / La Paz

El Presidente, 56 años; mi abuela, 95; él rotura de ligamentos y meniscos, ella fractura de cadera y de hombro; él llegó a la clínica privada Los Olivos, ella fue trasladada al Hospital Obrero, de la Caja Nacional. 
 
Unos 15 días después de que mi abuela fuera intervenida después de una deprimente espera, fue el turno de que Evo ingrese a quirófano. En uno de mis almuerzos cerca del hospital, mientras veía el noticiero, supe que el Mandatario había llegado a Los Olivos sin hacer el menor ruido posible porque resulta que a pocas cuadras los discapacitados mantenían una vigilia. Para el efecto, viajó en su avión hasta la ciudad de Cochabamba y llegó hasta la clínica custodiado por su cortejo de seguridad de siempre.   A las 15:30 del martes 7 de junio fue internado y en menos de 24 horas ingresó a cirugía a cargo de un grupo de especialistas que estuvo a su disposición desde el primer momento. ¡Qué bendición para el Presidente!  
 
En cambio, en La Paz una señora de 95 años tuvo que dormir dos noches en una camilla de emergencias porque no había camas disponibles. Con la cadera y el hombro rotos, con un tubo de suero en el brazo derecho y otro de sangre en el izquierdo. Al cabo de esos días, un sábado, al fin pudimos conseguir una cama previo trámite de horas que tuvieron que tragarse mis papás, de un piso a otro; con una enfermera, con otra; con el responsable, con el otro; en fin.   El 24 de mayo, 15 días después de su internación, el médico a cargo de por lo menos una decena de pacientes por fin intervino a mi abuela.   Pero durante la espera -la larga espera- fue sometida a radiografías aún en ese estado, a exámenes de sangre y a una serie de pruebas que nos ponía la vida día a día, hora a hora. 
 
En la sala donde estaba ella había cinco señoras en la misma situación, esperando la noticia del día de la operación. Cualquier atisbo de un mandil blanco a la habitación era para parar los oídos; era como si estuviéramos esperando ganar la lotería. "La 27 tiene infección, debe esperar; de la 30 no llegan sus exámenes de sangre; de la 28 ya está listo todo”, le reportaba la enfermera al médico de turno. La 30 era mi abuela. Con esa desilusión e incertidumbre nos dábamos la vuelta para seguir animándola a que aguantara el dolor. Las almohadas tenían corcho por dentro, tuvimos que llevar otras de casa para su comodidad; los insumos y materiales que usan en el hospital se deben compartir con todos los pacientes; la comida de la semana giraba entre pollo al horno, a la plancha o cocido; verduras, papa y arroz. Una que otra vez carne molida. 
 
La habitación del Presidente era muy cómoda. Desde la cama hasta los instrumentos y aparatos que le sujetaban la pierna eran de primer nivel. Pero no todo es malo, entre mi abuela y él hay algo en común: ambas cirugías resultaron un éxito. Hemos tenido la suerte de que nos toque un médico que supo hacer su trabajo y algunas (no todas) enfermeras eficaces y de buen trato. ¿Por qué nos tenemos que alegrar por esto si debería ser el factor común en la atención hospitalaria? 
 
Aún con el riesgo de que pase lo peor, mi abuela soportó un catéter en el cuello y estuvo dos semanas más en terapia intensiva, con su corazón amagando a la muerte (o a la vida). En esta parte de la historia ya hubo un quiebre con Evo porque a los pocos días de su intervención él se fue a reposar a la Casa Presidencial, al cuidado de un séquito de auxiliares. 
 
Dos meses después de haber vivido esta experiencia escribo este texto con un sabor amargo. He sido testigo de lo que sucede en un hospital del Estado y claramente la salud es lo que menos le interesa al Gobierno aunque se jacte de entregar equipos, hospitales, y cientos de ítems para profesionales. ¿De qué sirven más centros de salud si en los que hay salpican las carencias? ¿De qué sirven más ítems si lo urgente es que los profesionales que hay se capaciten en derechos humanos (entre otras cosas)? 
 
La salud no se regatea, todos deberíamos tener el mismo privilegio de tenerla y más aún cuando estamos en este proceso político, en el que se supone hay una "igualdad de derechos”. ¿Pero qué podemos pensar si el que pregona estos principios es el primero en rendirse a los privilegios que tanto odia del capitalismo? 
 
La nueva Asamblea Legislativa Plurinacional costará 70 millones de dólares, el avión presidencial Falcon costó 38,7 millones de dólares, el aeropuerto de Chimoré, para 21.000 habitantes, costó 36 millones de dólares y el estadio de la misma población cochabambina costó un millón de bolivianos. Con sólo esos ejemplos sumo 145 millones de dólares, dinero que se podía invertir en "revolucionar” el sistema de salud, pero es lo que menos le importa a este Gobierno. 
 
Ahora que el Presidente ya puede caminar le invito a que vaya por los pasillos del Obrero, que se olvide del lujo de Los Olivos, que intente pasear por las habitaciones, que respire el ambiente -no esa mezcla nauseabunda entre medicamentos y comida- más bien ese de desesperación y desasosiego. Mi abuela, agradecida con el Obrero, volvió a casa, pero allá se quedaron cientos de pacientes, intranquilos, adoloridos. ¿Quién piensa en ellos, señor Presidente, cuando usted sólo llega a lugares donde es ovacionado, a sus refugios de gloria?
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