Reseña

Periodistas detectives

Los datos hablan por sí mismos, pero el análisis realizado por los periodistas Carla Hannover, Manuel Filomeno y Pablo Peralta nos permite despejar las cortinas de humo y ver lo que se esconde detrás, señala Alfonso Gumucio.
domingo, 18 de septiembre de 2016 · 00:00
Alfonso Gumucio Dagron investigador y comunicador social.

 

 

Cuando tenía diez años de edad quería ser detective, como los personajes de Agatha Christie.
 
Junto a dos queridos vecinos fundamos un "club de detectives”, nos reuníamos en secreto alrededor de una candela dentro de una caja de madera y uno de nuestros bienes más preciados era un maletín de investigador con lo necesario para obtener huellas dactilares y otras pistas de algún crimen imaginario. Quizás desde entonces la investigación social e histórica me ha interesado, como lo he demostrado en algunos de mis libros.

Como cronista independiente que opina al margen de partidos y estructuras políticas, siento una profunda admiración por los colegas que le dedican días, semanas o meses a seguir una veta de investigación hasta llegar al tesoro escondido. Un tesoro que no siempre brilla por sus virtudes sino que puede destilar mal olor por aquello que ha sido escondido del conocimiento público.

El periodismo de investigación es a la vez un desafío frente al poder y un riesgo para quienes lo ejercen. Hay casos a nivel mundial de periodistas exiliados o asilados por el solo hecho de dar a conocer a la ciudadanía lo que los gobiernos querían esconder. 

Es muy difícil hacer periodismo de investigación con un Gobierno que no es transparente como el de Bolivia. Pero a la vez, nada más desafiante para un periodista, que puede seguir pistas casi secretas y revelar lo que unos quieren ocultar y otros quieren conocer.

El periodismo de investigación es doblemente difícil porque nuestros periodistas no están formados en esa línea (tengo ganas de decir que no están formados, a secas, porque carecen incluso de cultura general) y porque los medios carecen de recursos para apoyar investigaciones que pueden durar varios meses. En Bolivia la investigación periodística depende de la motivación individual y del apoyo de los jefes de redacción y directores.  

Hacer periodismo de investigación en Bolivia es como rastrear las huellas de un ave en el cielo. No es nada fácil, porque no existe una ley de acceso a la información que permita, por ejemplo, desclasificar los archivos de las dictaduras militares, cuando todos los países de la región lo han hecho y ello ha permitido juzgar a los autores de crímenes de lesa humanidad. Y cuando existe una ley que parecía buena, como la que sanciona la discriminación y el racismo, el Gobierno la usa para chantajear y para perseguir a quienes critican la corrupción, el tráfico de influencias y el manejo doloso de los bienes públicos.  

En la gestión de la cosa pública, ningún otro gobierno democrático anterior, había establecido como ahora contratos del Estado por decisión (o capricho) presidencial sin estudios de factibilidad, sin análisis de costos, sin licitaciones públicas (o licitaciones amañadas) y sin debate con la ciudadanía. 

Desde un satélite de 340 millones de dólares (comprado a una empresa privada china) hasta los contratos con la CAMC, todo se hace sin transparencia, sin rendir cuentas a los ciudadanos. Los contratos directos que antes eran mecanismos de excepción, se han convertido en la norma. Y ya que se han eliminado todos los mecanismos de control del Estado, lo que tenemos es un autoritarismo tajante que impone decisiones, en el mejor estilo del totalitarismo político.

Por ese anhelo que tenemos de conocer aquello que el poder nos niega a los ciudadanos, nos entusiasman aquellas películas que hablan de los grandes periodistas de investigación, verdaderos héroes que a veces en contra del verticalismo de sus propios medios, en contra de las presiones del poder político y en contra de las empresas privadas que los presionan y amenazan, logran revelar aquello que parecía una locura, un despropósito pero que se revela como una burla grotesca del poder.  

Ahí están esas películas reveladoras no solamente del periodismo de investigación, sino de la ética periodística en general: Los hombres del presidente (1976), sobre Watergate; Spotlight(2015) sobre los abusos sexuales en la iglesia católica, Maten al mensajero (2014) sobre las intervenciones de la CIA en Nicaragua; El síndrome chino (1979) sobre los riesgos de la energía nuclear, para no citar sino algunas producidas en EEUU, que nos hacen soñar con un mundo con gobiernos más transparentes y menos mentirosos. 

El historial de corrupción de las empresas chinas no solamente en China y no solo en América Latina, sino también en África y Asia, constituye un prontuario vergonzoso. Lo que menos le interesa a China en su ambiciosa política de expansión económica es el cuidado de la ética y de la responsabilidad social. Lo que más le interesa es dominar la economía mundial para mantener su propio crecimiento, y para ello nunca faltan gobiernos corruptos que con cañonazos de millones de dólares a las personas adecuadas apoyan esos objetivos de dominación. 

La ruta del dragón chino en Bolivia es por ello tan importante, porque sigue las pistas más difíciles de seguir, para armar la trama completa del tejido del tráfico de influencias y de la corrupción.  

Los datos hablan por sí mismos, pero el análisis realizado por los periodistas Carla Hannover, Manuel Filomeno y Pablo Peralta nos permite despejar las cortinas de humo y ver lo que se esconde detrás. Es importante que se haya reunido en un solo libro las cinco separatas que oportunamente nos fueron manteniendo al tanto sobre el tráfico de influencias en el caso CAMC, porque ahora tenemos un documento consolidado que nos ofrece la foto completa… hasta donde se ha podido investigar, porque sabemos que cuando se devele toda la verdad del tráfico de influencias, la opinión pública sabrá recién cuánto quisieron escondernos.

El libro tiene la virtud de atar cabos, de relacionar informaciones, para armar el rompecabezas completo. Es un libro serio, honesto y equilibrado, que recoge tanto las versiones del Gobierno como los cuestionamientos de expertos. 


 

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