Opinión

Transexuales, Domitila y el “rescate” de la democracia

En una coyuntura como la actual, que desmerece el pasado y olvida los logros democráticos, deseo rastrear el inicio de este acto de dignidad con una minoría discriminada, dice Ayo.
domingo, 18 de septiembre de 2016 · 00:00
Diego Ayo politólogo
 
  La escena social boliviana ha atestiguado el reconocimiento en este 2016  de un nuevo actor: los transexuales. Quiero reflexionar en estas líneas sobre la certeza de que este enorme avance democrático no nació este año. No. En verdad, y esa es mi tesis, este hito tan ponderable es sólo la última novedad (por de pronto) del estallido democrático de hace más de tres décadas. En una coyuntura como la actual, a la cabeza de Evo Morales, que desmerece el pasado y olvida los logros democráticos, deseo rastrear el inicio de este acto de dignidad con una minoría discriminada.

Parto de la tesis de que es el tejido democrático que da pie a que una maraña de (nuevos) actores se sume al juego democrático. La densidad social se agudiza y lo hace de un modo inexorable. No hay retroceso. Sin embargo, en esta dinámica de permanente "ganancia” social, es necesario fijar un momento de partida. 

El momento sublime que podríamos bautizar como el big bang social boliviano. Sí, este actor (los transexuales) que luce reluciente hoy en día  es continuación, en verdad, de los efectos expansivos de un abrumador estallido. ¿Cuándo se dio semejante explosión? No es fácil distinguir una fecha fija en una historia como la boliviana plagada de eventos sociales de inobjetable calado. Sin embargo, posiblemente hay un hito que define con rigurosa poesía –igual que aquel que desató el universo- este momento de lucidez cósmica: la huelga de las mujeres mineras del 28 de diciembre de 1977. 

Si fuese una broma, haciendo reminiscencia al día en que se gestó, es seguramente la broma más perdurable de nuestra historia. Los ecos de su nacimiento se escuchan hoy, con no menor intensidad. 

¿Cómo pudo suceder esto? La respuesta estuvo en el arsenal usado. Hay pues un arma en la lucha que pesa más que cien cañones juntos: es el arma de la moral. Poco se puede decir de aquella gloriosa huelga de hambre de cuatro mujeres mineras que no se haya dicho ya. Sin embargo, es imprescindible una vez más reiterar que su sola presencia no significó la vigencia de la Carta de los Derechos Humanos y/o de la Constitución Política del Estado. No, definitivamente no fue solo un asunto de ley, aunque ciertamente lo haya sido. Y es que sólo una exigencia legal podría poner coto al abuso exhaustivamente registrado por la Asamblea de Derechos Humanos, que consignaba 200 muertos, 14.750 encarcelamientos y 19.140 exilios políticos de octubre de 1971 a fines de 1977. 

Empero, hubo algo más relevante. Y que la impronta legal cedió frente a una evidencia que sucede en contadas excepciones en la vida de un pueblo: los más débiles dan la cara. Sí señor, esa constatación, que preludiaba el fin del autoritarismo, tuvo mucho de mágica. Y es que la dignidad insuflada esta vez de mujer –mujer india minera- irrumpió como el mecanismo de lucha más eficaz. 

Paradoja de la historia: la dictadura empezó a resquebrajarse desde su vertiente más débil. Si la ferviente imaginación política guerrillera, la estrategia militar de insurgencia popular tan frecuente en un periodo pretoriano como aquel o la usual destreza sindical minera combativa  hubiesen aconsejado atacar al régimen con fusiles, ejércitos y/o dinamitas, la sensatez hubiese aprobado esos empellones. Pero estas mujeres vencieron a lo obvio. Si: la pujanza de cuatro mujeres aymaras pudo más. Y que es siempre es más inconmovible la fuerza de la ética, que cientos de combatientes dispuestos al degüello. La dictadura se arrodilló frente a esta muestra de decoro.
 
La predisposición a la represión que caracterizaba a la dictadura  mostró su enorme limitación. El guión militar se vio adulterado: desde 1971 se habían preparado para cazar "radicales”, en cuyo caso su respuesta resultaba pavloniana: hay que hacerlos desaparecer. 

En este caso, los actores no se amoldaron al nuevo libreto. Cundió pues el desconcierto, entre los militares. Y fue ese desconcierto lo que logró una victoria comprensible, en mayor medida, tras más de 30 años de ocurrida: la sociedad civil se desató. No es que la mecha y el polvorín a estallar no existiesen, pero nadie la prendía. Esa huelga atizó el fuego, cuyo desenlace fue el despertar social (in)mediato: "…al cabo de 20 días son aproximadamente 2.000 repartidas personas en las grandes ciudades del país y en las minas que hacen huelga”. 

Resulta pues acertado afirmar que "arrancar esa amnistía general era una condición indispensable para comenzar la democracia. Sin ella no se pudo dar inicio a nuestra democracia (Antonio Araníbar)”.  

Su visión no pudo ser más certera. Esa madeja estaba a punto de desenrollarse y sus estertores se irían a sentir en 2016. Sólo así la "etiqueta de democracia” adquiere sentido. Vaya que tenía sentido. Lo tuvo, con el mismo tinte, la (auto)inmolación de Mohamed Bouazizi en Túnez que despertó la irritación de un pueblo y activó la Primavera Árabe. El miserable se hizo divino y su reguero inundó variadas patrias. Su acto de heroísmo dio un giro en una porción gigantesca del planeta, abatido por la vehemencia ética de su portavoz. 

¿Por qué será pues que tienen lugar, algunas veces en la historia de la humanidad, hechos tan extraordinariamente decentes, inspirando al levantamiento social? Más allá de dar una respuesta a esta interrogante, queda la constatación de que ocurren, dejando a su paso nuevas sociedades más densas y ricas. Hoy destacan estos nuevos ciudadanos, ayer lo hicieron los cocaleros, anteayer los medios y mañana serán otros en un derrotero felizmente imparable.

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