Cómo Página Siete se reinventó en los días más violentos y dramáticos

En plena convulsión, optamos por digitalizarnos y multiplicar nuestros ojos y oídos en toda la ciudad, en el país entero, en uno de los momentos más dramáticos y dolorosos de su historia.
domingo, 17 de noviembre de 2019 · 00:04

Isabel Mercado  / La Paz

Asistimos, como suspendidos en el aire, a las palabras de renuncia de Evo Morales.  Una semana atrás, cuando convocó a una auditoría vinculante, voto por voto, a la OEA, se lo veía seguro y desafiante. Y ese domingo, al caer la tarde, sin guardias de seguridad, en el Chapare, en una larga alocución, el  mandatario de los últimos 14 años de la historia de Bolivia, presentaba, a regañadientes, su renuncia.

En medio aún del estupor, la Redacción empezó a escribir “la historia de ese día histórico”, mientras en la televisión se mostraban imágenes de la gente celebrando.

Se escuchaban, de fondo, bocinazos y gritos de festejo, pero sin apenas el tiempo para constatar la algarabía, empezaron a llegar las noticias de la reacción adversa. En las próximas dos o tres horas, los bocinazos se transformaron en detonaciones, y los rumores de turbas amenazando a La Paz y El Alto pasaron de ser simples alertas a denuncias concretas. Se instaló, poco a poco, el miedo. 

En la Redacción  había un movimiento inusual. Pocos podían concentrarse en sus textos. 

Mientras los mensajes de amenaza se esparcían velozmente, pensamos, ¿no será bueno pedir protección policial? Sí, ¿por qué no? Y llamamos a una Policía que ya entonces estaba siendo rebasada por pedidos desesperados de vecinos de toda la ciudad: no era sensato exigir presencia policial en una ciudad que empezaba a incendiarse. Había demandas más urgentes… Y seguimos trabajando.

De pronto, en un momento no sólo fueron detonaciones, sino el inconfundible olor a gas y el silencio tenso que acompaña al temor.

El estigma de periódico mentiroso, enemigo del pueblo, el Cártel de la Mentira que fue nuestra bandera de lucha, de repente se cernía como una premonición. 

Irónicamente, el diario más independiente en la denuncia de los hechos de corrupción, violación de los derechos humanos y constitucionales, y otros excesos del gobierno de Evo Morales no podía reflejar el momento en que este dejaba el poder.

Entonces, sin poner el punto aparte al párrafo que estábamos escribiendo, decidimos salir. La noticia, la historia estaba siendo escrita, pero las vidas y la tranquilidad de los colegas  y sus familias, debían ser priorizadas. 

“Guarden lo que están haciendo y envíenselo a sus correos”, fue la instrucción y, en medio de una lluvia torrencial ahogada por los ecos de las dinamitas y  gas, partimos buscando llegar a casa: a El Alto, las laderas, el centro… Un angustioso camino que iba mostrando una ciudad que en instantes cambió el júbilo por la bronca.

Llegamos a nuestros hogares y de pronto éstos no parecían tampoco  seguros. Las imágenes de la furia se hicieron virales: habían empezado en contra de los masistas, pero ahora se tornaban contra quienes eran señalados por la salida del MAS. La casa Waldo Albarracín fue atacada e incendiada; también la de la periodista Casimira Lema y las amenazas a otros colegas -una lista de 30, se dijo en algún momento-, culpados por este desenlace, empezó a instalar la incertidumbre y la vulnerabilidad.

Fue la noche más larga. Fueron varias noches largas. Y en medio de la zozobra, el vértigo de los acontecimientos y la pulsión por contar. Esto es demasiado fuerte para ser callado. Esto y lo anterior. Y lo que vendrá...

Entonces, mientras nos engañábamos pensando que pronto volvería la normalidad, empezamos a volver a las calles, al teclado y nuestro website fue el escenario de este encuentro. Arrancamos con las historias de la gente, el minuto a minuto de un acontecer político que cambiaba mientras se escribía la crónica de la jornada, la violencia en escalada, el caos.  

Después de dos intentos pueriles por retomar la rutina de nuestra edición impresa, tuvimos que admitir que era imposible: muchos colegas no podían llegar hasta la Redacción, la planta que imprime el diario estaba enfrentando problemas de bloqueos y conflictos y, mientras tratábamos en vano de organizarnos, la noticia no se detenía.

En plena turbulencia, decidimos que lo peor era enmudecer y había que diseñar una estrategia de supervivencia. 

Fue así que decidimos repartirnos, todos, entre la calle y el teclado, y darle todo nuestro esfuerzo a la web y a las redes sociales. 

Muchos de nosotros, periodistas de tinta, nos vimos empujados a reinventarnos en un formato y una plataforma que exige nuevas habilidades. 

Digitalizarnos fue la consigna y multiplicamos así nuestros ojos y oídos en toda la ciudad, en el país entero,  en uno de sus momentos más dramáticos y dolorosos.

De pronto, de una lectoría promedio de 200 mil visitas únicas al día, traspasamos la barrera de las 400 mil. Sin pensarlo, nos habíamos convertido en un periódico digital con una Redacción ampliada que reportaba todos los ángulos posibles del conflicto.

Un nudo en la garganta y un escozor en las manos, empujó a más de 40 periodistas de todas las áreas a contar lo que estaba pasando y mantener así, en medio de la mayor incertidumbre, a nuestra audiencia informada. 

Lidiar contra centenares de rumores, errar, tratar de ser honestos, de ver más allá, fueron, además de los técnicos y logísticos, nuestros retos.

La preocupación de no estar dejando registro de estos días históricos nos llevó a diseñar y publicar digitalmente las portadas de aquellas jornadas, para que estas queden en la memoria de todos y la realidad virtual.

Después de cuatro días, finalmente un resquicio de calma nos permitió regresar a la tinta. Y a la Redacción.

Para muchos, solamente el volver a encontrarnos en nuestro reducto, hablar entre nosotros, atropellarnos con ideas, urgencias y sentimientos, fue el bálsamo necesario.

Sin abandonar nuestra -a estas alturas- vanguardia digital, reunimos la diversidad de miradas de los colegas en una edición reducida que está en las calles nuevamente desde el viernes 15. Son sólo 28 páginas las que podemos imprimir y es muy duro reducir todo lo que tenemos para expresar y relatar en ese reducido espacio. Pero, estamos de vuelta a nuestra esencia, la tinta; y a nuestro espacio, las calles.

Son momentos de quiebre, de inflexión para el país. Momentos en que de pronto nos sentimos muy frágiles y de pronto muy fuertes.  Hay que seguir en la batalla y ahora más que nunca cuidar nuestros principios y premisas periodísticas. Tenemos la obligación de reflejar lo que pasa, no podemos más ni podemos menos. Somos periodistas.

 

 

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