Crónicas del espanto

Día 3: la llave

Del Parlamento nacional al Parlamento de Mujeres del cine 6 de Agosto. Nada de despedidas al caudillo. Así fue el tercer día frente al miedo.
domingo, 17 de noviembre de 2019 · 00:04

Cecilia Lanza Lobo  / La Paz

Todos los vecinos buscan la llave. Se ha caído, nadie la encuentra y no hay cómo abrir el portón que se ha quedado encadenado. Nadie entra, nadie sale. 

Es media mañana y todos tienen cara de sueño y la misma ropa desde hace tres días. Están desvelados. Aún así, ¿quién se cansa? Hace tres días que convivimos cara a cara y por WhatsApp compartiendo temores y, de rato en rato, alguna broma para engañar a  los nervios: el nuevo pijama es una especie de traje de campaña. A su lado hay un casco, un palo y una linterna. Alguien escribe: “por mi zona estamos igual, dormimos vestidos y con un ojo abierto”.

A estas alturas hemos perdido un poco la noción del tiempo, porque en el barrio donde vivo no vuela una mosca. En esta isla en disputa entre La Paz y Palca, de vez en cuando todavía se ven vacas, ovejas y burros. Por las noches no se mira más que la ciudad como un montón de luciérnagas a lo lejos. Vivo al sur de La Paz, en un barrio que un día de esos apareció sobre la loma del cerro, a cinco minutos de aquello que los vecinos llamamos ciudad o también civilización, que no es sino el barrio de Achumani. Porque a pesar de estar a pocas cuadras de “la ciudad” no tenemos alcantarillado y las calles son de tierra. Aquí habita el silencio y la noche es tan oscura como el miedo que ronda hace tres días. 

El miedo, el otro

Día cero. El domingo 10 de noviembre a las 16:25 llegaba a Chimoré, en el Chapare, el avión que trasladó desde La Paz al entonces presidente Evo Morales. Veintisiete minutos después, frente a las pantallas del televisor, Morales comunicaba su renuncia. No salíamos del estupor cuando pocas horas más tarde la ciudad ardía literalmente. Habían quemado la casa del rector de la universidad, Waldo Albarracín, de la periodista Casimira Lema y varios medios de comunicación evacuaron a su personal. Aquí en la loma del cerro, también. Pues esa noche desde Chasquipampa llegó “la horda”, gritó, tiró piedras, amenazó con voltear el portón, quemó una caseta que hacía de casa de los perritos callejeros, armó una barricada con el basurero del lugar y gritando se marchó. Suficiente para instalar el pánico.  Mangueras, extinguidores, cascos y palos, los vecinos en vela.

Día uno. Al día siguiente, lunes 11, no acabábamos de recuperarnos del infarto por la quema de los 64 buses PumaKatari, aquí cerquita, en Huayllani y Chasquipampa, cuando la alarma volvió. Petardos, gritos, piedras, insultos. Eran los vecinos del barrio contiguo apostados en el cerro, armados de palos, tirando piedras. 

En el sur, una  caseta de seguridad arde  en las Lomas de Achumani ante miedo de vecinos.

Seguramente fue un WhatsApp el que trajo a la Policía al lugar. Más temprano había renunciado el  comandante general de la Policía, Vladimir Calderón,  que, según sus propios camaradas, impedía el despliegue total de sus efectivos. De modo que cuando llegó al barrio sentimos alivio y fortuna porque eran tan pocos que lograr convocarlos resultaba una verdadera lotería. No faltó la vecina que en medio del alboroto pasó ofreciendo refresquito. Llegaron también los de “la resistencia”. Jóvenes del barrio, armados de palos y la adrenalina zapateando. Gritos, pedradas y unos pocos gases, al poco rato el lío acabó así como comenzó. Pero si aquello sucedió a la luz del día, la noche se pintaba más oscura que de costumbre. “Tengo miedo que llegue la noche”, leo en el WhatsApp.

A las 20:10, Jeanine Áñez, entonces presidenta del Senado, difundió el mensaje que la ciudadanía, alimentada por el miedo, esperaba. Exigía a las Fuerzas Armadas colaborar de una buena vez con la Policía, rebasada ya, y frenar la violencia. Minutos después, las FFAA se pronunciaban anunciando que salían a las calles. El suspiro de alivio en la ciudad se sintió hasta aquí arriba, pero como nadie se rinde y nadie se cansa, fue otra noche en vela.

Día dos. La mañana del martes 12, mientras los paceños despertábamos un día más con macurca en el alma, al centro y al sur se cocinaba algo. Mientras en la residencia de la Embajada de México se reunían importantes líderes de la oposición con la expresidenta del Senado, Adriana Salvatierra, además de la diputada Susana Rivero y representantes de la Iglesia Católica para intentar una salida consensuada al embrollo político, Jeanine Áñez hacía lo suyo. Por la tarde logró instalar sesión congresal, a pesar de la negativa de los miembros del MAS a presentarse, de modo que invocando el artículo 170 de la Constitución Política del Estado, para sorpresa de muchos dijo: “Asumo de inmediato la presidencia del Estado prevista en el orden constitucional y me comprometo a asumir todas las medidas necesarias para pacificar el país”. No dio tiempo para más. Teníamos presidente luego de más de 50 horas de vacío de poder.

Esa noche, sin bajar del todo la guardia, los vecinos creímos que llegaría la paz porque más temprano sucedió algo importante. Los discordes en concordia nos juntamos. Don Julián -que no se llama así pero pidió tal cosa porque teme que los agresores ataquen su barrio acusándolos de traidores, como sucede ahora en El Alto- es del barrio que ayer nos lanzaba piedras. No nos queremos, es verdad. Pensamos diferente, es verdad, dijo uno de ellos, develando el careteo del resto de la gente que en la reunión decía no nos pelearemos, somos vecinos… Eso mismo dijo el joven pero en serio. El barrio vecino es militantemente masista. De modo que los de este lado somos los q’aras. Pero unos y otros acordamos protegernos y punto. Ni eso nos salvó del miedo. Cerca de la medianoche comenzaron los petardos. Dice que dice que dice en el WhatsApp y dos sujetos disfrazados de policías fueron aprehendidos en el río cercano, entre Chasquipampa y Santa Fe de Khesini. Más tarde veríamos en el televisor que alrededor de 80 sujetos, varios extranjeros, fueron capturados precisamente en la zona de Chasquipampa. Nuevamente la zozobra, a oscuritas, la noche en vela.

Organizados,  los  vecinos de la zona Sur se enfrentaron a turbas violentas que intentaban saquear, como en toda la ciudad.

Sándwich de jamón o pizza

Día tres. Se perdió la llave del candado, es de día, estamos mal dormidos. Más abajo hay reunión de vecinos una vez más. Voy. Por lo visto la organización que montaron hace varios días marcha cada vez mejor. Al final, las mujeres llaman a reunión sólo de mujeres y me cuelo sospechando lo que harán. Dicho y hecho: prepararán café para los compañeros y no deciden si esta noche les darán sándwich de jamón o pizza. Disimuladamente me retiro con mis dudas. ¿Seguiremos las mujeres sirviendo el café?,  ¿no podríamos acaso ser las estrategas?,  ¿por qué no lideramos el diálogo con los vecinos que apedrearon?,  ¿es malo hacer el café para ellos?,  ¿por qué despreciamos esa labor amorosa fundamental si no nos cabe la guerra?

Capitana general de las Fuerzas Armadas 

Hace pocas horas una mujer es la capitana general de las Fuerzas Armadas del Estado Plurinacional de Bolivia. Son las 15:16 del miércoles 13 de noviembre, Jeanine Áñez está sentada en la silla grande de terciopelo guindo, al centro del hall del Palacio Quemado. Todos estos días se ha vestido de negro, discretamente, y su voz firme compensa su aparente fragilidad de mujer delgada. Al frente tiene a los cinco miembros del Alto Mando de las Fuerzas Armadas a quienes toma juramento y luego estrecha la mano como hacemos las mujeres, con el cariño de ambas manos. Por la mañana retumbó en su pecho el saludo de centenares de policías que en el patio del cuartel policial de Següencoma gritaron en coro: “¡Buenos días… señora Presidenta!”.

La Policía, esa institución subestimada por la población por mérito propio, hundida en una profunda crisis de valores hace demasiados años, fue sin embargo la pieza fundamental en el desenlace de la protesta ciudadana. Por eso el saludo de esta mañana a la Presidenta tuvo un valor simbólico particular. 

Fue imposible no pensar en su rol junto con  la población durante la revolución de 1952. Qué casualidad. Las Fuerzas Armadas, por su parte, sostuvieron hasta donde les fue posible su lealtad al expresidente Morales. Fue esa mujer delgadita, Jeanine, que con la voz más firme que nunca, los conminó a que cumplieran su rol constitucional ese lunes de terror. 

Pero el valor simbólico es otro. Porque hace 39 años, junio, julio de 1980, cuando la presidenta de la Cámara de Diputados, Lydia Gueiler Tejada, tuvo que asumir las funciones de Presidenta interina, como lo hace Áñez ahora mismo, el cuerpo social gobernante, básicamente masculino y profundamente machista, la maltrató por ser mujer. Y no fueron únicamente los hombres de las Fuerzas Armadas, fue la élite política en su conjunto. Hoy se cuadran sin chistar. Cuatro décadas no habrán pasado en vano.

Al lado de la  estación del  teleférico Celeste, en la avenida Arce.

La llave / El Parlamento de Mujeres

Si en las barricadas del vecindario las mujeres servimos café, en el Palacio de Gobierno está una mujer, aún si es un accidente. Qué más da si ¡no tenemos miedo, carajo! Lo que no es casual es que las llamadas a pacificar el país sean ellas.

Miércoles por la tarde, segundo día del Parlamento de las Mujeres convocado por el colectivo Mujeres Creando. Después de varios días salí de mi encierro y camino al lugar caían las lágrimas. Restos de barricadas por aquí y por allá. Unos policías pasaron por mi lado y se me salió un “gracias”. ¡Gracias a un policía!

Mientras en el Parlamento nacional de la plaza Murillo, entre disturbios callejeros la expresidenta del Senado Adriana Salvatierra, del Movimiento Al Socialismo, arrepentida por su renuncia intentaba recuperar el control del Congreso y del país reclamando para sí la Presidencia del Estado, en el parlamento del cine 6 de Agosto no cabía un alfiler. Nadie reclamaba para sí ni representación ni poder alguno. Las lagrimitas se me fueron de un tirón porque de aquellas mujeres parlamentarias, anarquistas, filósofas, trans, maricas, ecologistas, artistas o lo que fuera, sólo cabía fuerza. No aquella del aliento compasivo luego de la caída, sino la convicción inalterable de los principios de siempre. Nada de lástima, nada de concesiones, nada de adioses al caudillo traicionero. Lo que se hizo fue nombrar la mugre, desenmascarar el miedo y sacudirlos con la precisión de un filo cuchillo carnicero, reír juntas con la lucidez política de cada mirada en cada esquina del cuerpo, de la olla, de la cama o de la calle y plantear propuestas. 

Cómo es posible que habiendo leído tanto sobre el miedo, esa clásica estrategia del poder, yo haya dormido vestida y con un ojo abierto durante tres días. Llegué a mi casa con el parlamento de aquellas mujeres como eco. Había encontrado la llave.


 

 

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