Eva Copa Murga, la aymara que no le tiene miedo a nada

Aprendió a ser dirigente reemplazando a su padre. La FUL alteña la proyectó. Apuesta por la concertación y la reconciliación entre bolivianos.
domingo, 29 de diciembre de 2019 · 00:28


Mery Vaca/  La Paz

Tenía 26 años cuando se enteró, leyendo el periódico, que sería candidata a segunda senadora del MAS por La Paz y entonces se sintió “supernerviosa y asustada”. No era para menos, la joven Eva Copa Murga (32), representante de la Universidad Pública de El Alto, debía prepararse para encarar una campaña electoral y, casi con seguridad, para ejercer el cargo de senadora.

Entonces no se imaginaba que podía llegar a ser la presidenta del Senado, ni que sería una figura clave en la pacificación del país el año 2019  y mucho menos que su nombre sonaría para ser candidata presidencial o vicepresidencial.

Eva creció y vivió en el barrio de Pasankeri de La Paz, en el lindero con  El Alto. Estudió en el colegio Luis Espinal y de tanto reemplazar a su padre en las reuniones de su zona terminó ella misma siendo una dirigente. Él murió hace seis años sin saber que sus mandados determinarían el futuro político de su hija.

Eva Copa es la penúltima de siete hermanos y es la única que logró estudiar una carrera. Su madre, oriunda de Pucarani, es artesana, de las que hacen mantas, ponchos y otras prendas con lana de alpaca. 

El día que su hija Eva fue posesionada como presidenta del Senado, ella apenas pudo verla por televisión. Estaba en El Alto cuidado a sus nietos, los hijos de Eva, en medio del caos y el miedo  de que algo pudiera ocurrirles por ser hijos de una masista.

Cuando Eva terminó el colegio quiso estudiar, pero las universidades eran muy caras, incluso la UMSA, donde una matrícula y otros gastos le hubieran costado 400 bolivianos. Así que eligió a la UPEA, que sólo cobraba 100 bolivianos de matrícula. Ella dice estar satisfecha con la formación que su universidad le ha dado, donde ahora vuelve  convertida en la segunda autoridad más importante del país. 

Antes de Navidad estuvo allá acompañada del ministro de Gobierno, Arturo Murillo, con la pretensión de darle un nuevo impulso a la investigación de la muerte del estudiante Jonathan Quispe, ocurrida en 2018, cuando la UPEA exigía al gobierno de Evo Morales más presupuesto.

Allá fue tomada una foto en la que Murillo posa su mano sobre su hombro, lo que le ha provocado más de una crítica del ala radical del MAS. “No tengo nada que esconder, siempre he sido una mujer con valores, soy aymara y los aymaras no tenemos miedo a nada”, dice.

Mientras Eva estudiaba Trabajo Social, fue elegida primero como delegada de su curso, luego como dirigente del centro de estudiantes, para terminar siendo secretaria general de la Federación Universitaria Local (FUL) de El Alto. Su escuela de liderazgo fueron los congresos universitarios, el CEUB y otros eventos.

Para entonces, ya toda la familia había abandonado La Paz para vivir en El Alto, cerca de la universidad de Eva.

Y, ¿cómo es que terminó en las listas del MAS? Cuenta ella que la FUL de El Alto es parte de la COR y que, como tal, les pidieron una lista de postulantes. Ella era la número 37 en la nómina general y, por eso, cuando leyó su nombre en el periódico no dejó de sorprenderse. 

Fue, tal vez, la única vez que tuvo miedo porque ahora está demostrando coraje en cada una de sus decisiones, poniéndose al frente al poderoso entorno de Evo Morales.

Como no tenía dinero para hacer campaña, logró la participación de 17 de los 26 centros de estudiantes y con ellos salió a hacer caminatas, a pintar murales y a acompañar a los candidatos.

Llegó al Senado con la novedad, además, de que ya era madre de Santiago, su primer hijo que ahora tiene cuatro años. Luego llegaría Samanta, su segunda hija, que apenas tiene ocho meses de vida.

De ellos habla cuando se le pregunta qué fue lo más duro que le tocó vivir aquellos días de noviembre cuando estalló la crisis social. Tuvo que dejar de verlos por 15 días por seguridad y también porque no había forma de llegar a El Alto y menos en horas de la madrugada cuando ella salía del Senado.

 Eva vive con sus niños y su madre, además de su esposo que llega cada 20 días del interior, donde tiene su trabajo.

Pese a ser la segunda senadora por el MAS de La Paz, Eva Copa nunca tuvo una relación cercana con Evo Morales. De hecho no recuerda haber tenido reuniones personales, salvo una para coordinar la  entrega de obras por el aniversario de El Alto. Lo demás fueron reuniones semanales o mensuales con la bancada.

 

Tal vez por eso muy pocos supieron de la existencia de Eva Copa hasta aquel 14 de noviembre, cuando fue elegida presidenta del Senado. El país estaba en vilo porque apenas hacía dos días que Jeanine Añez había asumido la Presidencia y no se sabía cuáles eran las intenciones de la nueva presidenta del Senado. Finalmente, era del MAS y, quién sabe, tal vez querría reclamar la Presidencia para ella o para devolvérsela a Evo Morales.

Nada de eso. Desde el mismo momento de su posesión apostó por la reconciliación. Con una bandera boliviana en una mano y una wiphala en la otra juró hacer cumplir la Constitución y así lo ha hecho hasta ahora.

“Despojémonos de colores, de posiciones radicales, lo que nuestro país busca es la paz”, dijo ante sus colegas que la aplaudieron con fuerza y arengaron “El Alto de pie, nunca de rodillas”. Copa vestía de negro, según dijo, por sus compañeros caídos en El Alto.

Contra viento y marea cumplió con su compromiso. Se sentó a negociar con el nuevo oficialismo, escuchó a los mediadores y, con el apoyo de todos los legisladores del MAS, dio curso a la ley de convocatoria a las elecciones y luego a la elección de vocales del Tribunal Supremo Electoral.

No fue fácil porque el ala radical del MAS, aquella que apostaba a la salida por el desastre, le puso zancadillas. Ese mismo bloque era el que la había invisibilizado, a ella y a los demás indígenas, durante años.

Pese a todo, aquel día que entró al Palacio y, junto a Jeanine Añez, levantó la ley de las elecciones en alto, el país la aplaudió porque vio que la pacificación era posible y porque vio nacer a una nueva líder en Bolivia.

Eva Copa sabe que está ahora en la línea de sucesión y que, si Añez viajara o llegara a renunciar, ella ocuparía su lugar, pero de eso prefiere no hablar, sólo lo deja a Dios, en quien confía profundamente. Copa es metodista, pero no por eso ha dejado de creer en los ritos aymaras como las wajtas a la Pachamama. En todo caso, ella recalca que vivimos en un Estado laico, aunque confiesa que al único que le teme es a Dios.

 

 

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