Estrategando: Adalid Contreras Baspineiro

Pausa propagandística en situaciones de riesgo

jueves, 05 de septiembre de 2019 · 13:03

Arde el Amazonas. La Chiquitania está en llamas. Una de sus causas es el cambio climático que, como sabemos, es obra de la voracidad capitalista, que en la Chiquitania se ha confabulado con las cada vez más intensas sequías y la práctica de quemas para la ampliación de la frontera agrícola, convirtiéndose éstas en un corredor natural para el fuego descontrolado, que se come a los bosques con incendios atizados por políticas deliberadas de una economía emparentada con la agroexportación y los agrocombustibles.

La aplicación de estrategias de comunicación en estas situaciones, requiere diferenciar la calidad de la crisis ambiental. Podría tratarse de una situación de riesgo o proceso previo con consecuencias negativas, para lo cual se deben realizar acciones de previsión. Otra es la situación de daños que ya operan como efectos negativos, y requieren acciones de prevención. Una tercera posibilidad es la situación de peligro o afectación inminente, que exige acciones de solución. En el caso de la Chiquitania estamos viviendo una situación todavía más extrema, de catástrofe o tragedia ambiental, por la pérdida inconmensurable de especies animales y plantas, además de una complejísima resiliencia. En esta situación, una estrategia de comunicación es, por principio, una apuesta por la vida.

En situaciones de crisis ambiental, la primera reacción oficial suele ser de autojustificación, externalizando las responsabilidades. Este proceso es inmanente a la necesidad de operar con imagen salvadora en un contexto en el que priman las informaciones confusas, y porque toda situación de crisis ambiental conlleva implícito un carácter político en ambientes de incertidumbre, contradicciones, (des)legitimaciones, y vivencias de creciente vulnerabilidad. En el caso de los incendios en la Chiquitanía, las medidas tomadas no están exentas del contexto electoral que está viviendo el país, dándose que, a pesar del anuncio de una pausa en las campañas, la propaganda acompaña groseramente las acciones, mientras que en los imaginarios se alimentan dos interrogantes: ¿cuál es la responsabilidad de los decretos que facilitan la ampliación agrícola legitimando las quemas?; y ¿por qué es innecesaria la declaratoria de zona de desastre nacional?

En situaciones de crisis suelen sobreabundar las explicaciones técnicas para poblaciones que quisieran saber cómo protegerse y salvar sus bienes y sus vidas, más que conocer las exquisiteces fenomenológicas del problema. Es aleccionadora la experiencia del Supertanker, del que se han publicitado spots sobre sus bondades, y se ha circulado escasa información sobre su real aporte a la mitigación del incendio. Las estrategias deben considerar que la fórmula para relacionarse con las poblaciones es tan sencilla como el elemental ejercicio de saber escuchar sus temores, sus dudas, sus esperanzas, sus reclamos y sus propuestas.

En toda situación de crisis primero está la vida, o el funcionamiento armónico de ese conjunto combinado de seres humanos, animales, plantas, aire, agua, tierra, cosmos. Por eso no es aceptable no reflejar fehacientemente la real situación, como ocurrió en Roboré, donde la población reclamó a un ministro que en sus declaraciones a la prensa afirmaba que la situación se estaba controlando, cuando ella vivía una situación de riesgo latente. En función de la vida, toda estrategia tiene que guiarse por la grandeza de la solidaridad, alimentadora de unidad sin regionalismos, sin colores políticos, sin razas, edades ni género. En la tragedia ambiental que está viviendo la Amazonía, Bolivia es la Chiquitania y la Chiquitania es Bolivia.

Una estrategia para la gestión de riesgos, dicen Comba y Harari, busca dinamizar la capacidad social de resiliencia, es decir la capacidad de una comunidad para resistir, absorber, adaptarse y recuperarse de los efectos de una crisis ambiental. Esto a sabiendas que estamos (sobre)viviendo en una carrera desmedida del crecimiento y del progreso con efectos perversos, en una relación en la que a un crecimiento lineal de las incertidumbres le corresponde un crecimiento geométrico de las perturbaciones. Necesitamos otro modelo de desarrollo.

Arde el Amazonas. La Chiquitania está en llamas. Una de sus causas es el cambio climático que, como sabemos, es obra de la voracidad capitalista, que en la Chiquitania se ha confabulado con las cada vez más intensas sequías y la práctica de quemas para la ampliación de la frontera agrícola, convirtiéndose éstas en un corredor natural para el fuego descontrolado, que se come a los bosques con incendios atizados por políticas deliberadas de una economía emparentada con la agroexportación y los agrocombustibles.

La aplicación de estrategias de comunicación en estas situaciones, requiere diferenciar la calidad de la crisis ambiental. Podría tratarse de una situación de riesgo o proceso previo con consecuencias negativas, para lo cual se deben realizar acciones de previsión. Otra es la situación de daños que ya operan como efectos negativos, y requieren acciones de prevención. Una tercera posibilidad es la situación de peligro o afectación inminente, que exige acciones de solución. En el caso de la Chiquitania estamos viviendo una situación todavía más extrema, de catástrofe o tragedia ambiental, por la pérdida inconmensurable de especies animales y plantas, además de una complejísima resiliencia. En esta situación, una estrategia de comunicación es, por principio, una apuesta por la vida.

En situaciones de crisis ambiental, la primera reacción oficial suele ser de autojustificación, externalizando las responsabilidades. Este proceso es inmanente a la necesidad de operar con imagen salvadora en un contexto en el que priman las informaciones confusas, y porque toda situación de crisis ambiental conlleva implícito un carácter político en ambientes de incertidumbre, contradicciones, (des)legitimaciones, y vivencias de creciente vulnerabilidad. En el caso de los incendios en la Chiquitania, las medidas tomadas no están exentas del contexto electoral que está viviendo el país, dándose que, a pesar del anuncio de una pausa en las campañas, la propaganda acompaña groseramente las acciones, mientras que en los imaginarios se alimentan dos interrogantes: ¿cuál es la responsabilidad de los decretos que facilitan la ampliación agrícola legitimando las quemas?; y ¿por qué es innecesaria la declaratoria de zona de desastre nacional?

En situaciones de crisis suelen sobreabundar las explicaciones técnicas para poblaciones que quisieran saber cómo protegerse y salvar sus bienes y sus vidas, más que conocer las exquisiteces fenomenológicas del problema. Es aleccionadora la experiencia del Supertanker, del que se han publicitado spots sobre sus bondades, y se ha circulado escasa información sobre su real aporte a la mitigación del incendio. Las estrategias deben considerar que la fórmula para relacionarse con las poblaciones es tan sencilla como el elemental ejercicio de saber escuchar sus temores, sus dudas, sus esperanzas, sus reclamos y sus propuestas.

En toda situación de crisis primero está la vida, o el funcionamiento armónico de ese conjunto combinado de seres humanos, animales, plantas, aire, agua, tierra, cosmos. Por eso no es aceptable no reflejar fehacientemente la real situación, como ocurrió en Roboré, donde la población reclamó a un ministro que en sus declaraciones a la prensa afirmaba que la situación se estaba controlando, cuando ella vivía una situación de riesgo latente. En función de la vida, toda estrategia tiene que guiarse por la grandeza de la solidaridad, alimentadora de unidad sin regionalismos, sin colores políticos, sin razas, edades ni género. En la tragedia ambiental que está viviendo la Amazonía, Bolivia es la Chiquitania y la Chiquitania es Bolivia.

Una estrategia para la gestión de riesgos, dicen Comba y Harari, busca dinamizar la capacidad social de resiliencia, es decir la capacidad de una comunidad para resistir, absorber, adaptarse y recuperarse de los efectos de una crisis ambiental. Esto a sabiendas que estamos (sobre)viviendo en una carrera desmedida del crecimiento y del progreso con efectos perversos, en una relación en la que a un crecimiento lineal de las incertidumbres le corresponde un crecimiento geométrico de las perturbaciones. Necesitamos otro modelo de desarrollo.

Adalid Contreras Baspineiro es un académico boliviano radicado en Quito, especialista en estrategias de comunicación.

12
12