Santa Cruz, un año después de los cabildos y el festejo

Transitó de la consolidación de un candidato cívico a la decepción ante el resultado contundente. Urgen liderazgos locales con mirada nacional, según analistas.
domingo, 25 de octubre de 2020 · 00:26

Carolina Méndez / Santa Cruz

Desde la renuncia de Evo Morales hasta la victoria de Luis Arce, Santa Cruz transitó un año entre la consolidación de un candidato erigido en cabildos como cívico, la incredulidad en las encuestas de intención de voto y la decepción ante las cifras contundentes. En el  departamento que apostó por una tendencia diferente al MAS, urgen nuevos liderazgos locales con mirada nacional, según analistas.

“Durante este último año, Santa Cruz vivió un proceso de recambio de actores políticos con prospección nacional vinculados fuertemente al Comité  Pro Santa Cruz, pero que sin duda alguna no son iguales a aquella vieja vanguardia autonomista que hace 14 años libraba una batalla regional en contra de los primeros años del MAS. Estos nuevos-viejos actores, nuevos a nivel de política nacional, viejos en el contexto cruceño, tienen características de la vieja derecha, pero suman a su discurso un grado aún más radical de fanatismo y regionalismos que ahonda la brecha entre el pueblo y las élites locales”, grafica la analista Tanja Tomichá.

La fiesta y el día después

Esa noche estalló la algarabía. El Cristo Redentor, que había sido testigo de 21 noches seguidas de congregación ciudadana, presenció la fiesta cúlmine. Entre banderas flameantes, celulares transmitiendo en vivo y voces roncas de júbilo, miles de ciudadanos estaban allí, a los pies del Cristo esperando a los dos líderes cívicos -al potosino y al cruceño- dupla electoral que aparecería en la primera franja de la papeleta un año después.

Era la noche del 12 de noviembre de 2019, Evo Morales salía de Bolivia y Jeanine Añez yacía en Palacio Quemado con su Biblia rosada. Al grito de “ya somos libres”, Luis Fernando Camacho, por entonces presidente del Comité Pro Santa Cruz, daba fin a la protesta contra el fraude electoral e inauguraba la fiesta.   

Pero mientras   Santa Cruz instauraba el festejo, La Paz llevaba dos noches enteras de terror. En un desfase de momentos dentro de esta historia, se abrían malls en un extremo del país, mientras en el otro se armaban trincheras para la resistencia.

La locomotora cruceña no quería parar más. Ajena a la convulsión vecinal, miró por la televisión la masacre de Sacaba y Senkata, mientras enviaba aviones cargados de carne para garantizar abastecimiento ante el bloqueo de caminos. Ya no había tiempo ni motivos para distraerse. La fiesta había terminado y había dejado, aunque aún no se sabía, a un candidato para el ruedo electoral.

 Lo que quedaba era volver a encender los motores del capital. Era el día posfestejo y había muchas  facturas por pagar.

El cívico  candidato

En ese mismo Cristo Redentor del festejo, 40 días antes emergió la figura de Camacho ante la indignación colectiva por la quema en la Chiquitania, mientras Evo Morales aún era presidente. El dolor de las cenizas brotaba de los pechos congregados buscando consuelo. 

“Allí se inició el relato de que el Gobierno central y el Movimiento Al Socialismo eran enemigos de Santa Cruz. Relato sobre el que se erigió Camacho”, dice la senadora y militante del MAS Adriana Salvatierra sobre ese episodio.

Ante más de un millón de personas, Camacho,  hasta entonces un  cívico inadvertido, instauró una consigna contra el MAS en el cabildo del 4 de octubre rumbo a las próximas elecciones: voto castigo en las urnas.

La consigna se tradujo el 20 de octubre de 2019 en la victoria regional de Comunidad Ciudadana (CC), fuerza política que logró el 46,84% de los votos en Santa Cruz, con Carlos Mesa como candidato a presidente. Números parecidos a los que obtendría Camacho en el mismo departamento -un año después- ya como candidato presidencial por la alianza Creemos.

El 29 de noviembre de 2019, cuando Evo Morales estaba  ya en México y Jeanine Añez en La Paz, Luis Fernando Camacho renunció a la presidencia del Comité Pro Santa Cruz para presentarse como opción electoral junto a Marco Antonio Pumari, dirigente cívico potosino, quien aceptó ser su acompañante de fórmula, pese a una desleal ventilación de un audio privado.

La noticia fue festejada por algunos y cuestionada por otros. El líder sin color político quedaba enterrado desde ese momento. El “no me voy a postular” del cívico cruceño se convirtió más temprano que tarde en el “yo no soy político” del candidato. Y el “voto castigo contra el MAS” se volvió el “voto valiente por Camacho”, pese a todas las encuestas adversas.

La gorra blanca con el escudo del comité cruceño se terminó transformando en la gorra blanca con el logo de Creemos que marcaría la campaña hasta el último día.

 
Centa Rek, candidata de la misma fuerza política de Camacho, escribiría una semana antes de las elecciones que el recorrido por Bolivia se trató de una “gran cruzada de fe, amor y patriotismo”. Escogiendo entre sus palabras –sin percatarlo- el término que da cuenta de la expedición de la Edad Media que a nombre de Dios persiguió a los que consideró “infieles”, o como se diría en estos días “traidores”.

“Con la bandera de la religión fanático-ultraconservadora, Creemos pudo simpatizar con un ala cristiana-radical, y construyó desde sus discursos una verdadera base de “fieles”. 

“La instrumentalización de la fe en favor del partido tiene una estructura muy parecida a la de cualquier grupo radical religioso que se monta en la cruzada a favor del elegido dejando a la vista no un caudillo, sino a una especie de Mesías”, analiza Tomichá.

Las elecciones nacionales, que era el mandato crucial del gobierno interino de Áñez, se debían realizar cuanto antes para restablecer la legitimidad popular del Ejecutivo. Inicialmente se planificaron para el 3 de mayo de 2020 pero terminaron por concretarse cinco meses después de esa fecha después de dos aplazamientos más a causa de la pandemia.

 “Ante el pésimo sistema de salud que no responde a las necesidades urgentes de la población, se tuvo que suspender dos veces las elecciones dilatando aún más el gobierno interino”, apunta Jairo Guiteras, jefe de campaña de Comunidad Ciudadana.

Pandemia y crisis

Con 373  días de distancia entre las elecciones de 2019 y las del 2020, hubo en Bolivia una presidenta interina que se volvió candidata, una epidemia mundial que paralizó al planeta, escándalos de corrupción por respiradores, el cierre del año escolar que dejó en ascuas a miles de estudiantes y bloqueos que dificultaron el traslado de oxígeno. 

En medio de ese  escenario, Santa Cruz fue el desafortunado territorio de mayor cantidad de casos de coronavirus en el país. Fue también el lugar donde se registró el caso cero, que inauguró la vorágine de acontecimientos que incluyó el despliegue de policías y militares en las calles ante una crisis que requería médicos y medicamentos.

“El contexto de pandemia y el encierro construyó una falsa ilusión en redes sociales, desde allí se tejió el relato de que toda Santa Cruz era homogénea electoralmente cuando claramente las cifras en urnas lo desmintieron”, puntualiza la analista.

A la dificultad sanitaria sobrevino la emergencia por los incendios forestales en el mes de julio. Como un dejavú nuevamente la ciudadanía atestiguó el fuego devorador de más de un millón de hectáreas entre la Chiquitania, el Pantanal y el Chaco.

Pese a todo, entre el miedo al contagio y el olor a humo, se concretó finalmente la fecha inamovible para el retornó a las urnas. Se registraron desde entonces semanas intensas de proselitismo. Santa Cruz urbe -que desconoce el paradero de su alcalde y estaba huérfana de liderazgos locales- se convirtió en el bastión  de Creemos. 

La simpatía partidaria que había empezado en el paro cívico de 2019  consolidó este  2020 con la campaña. Camacho fue recibido por multitudes, quienes a coro y a viva voz le llamaban “libertador” y tildaban de “no ser camba” a quienes se rehusaban a apoyar su liderazgo. 

En multitudinarias caravanas dentro del cuarto anillo en la urbe cruceña y en algunas provincias, sobre todo chiquitanas, el excívico fue recibido con algarabía, mientras él portaba un inseparable  denario en su mano.

La pulseta de los votos

El 17 de septiembre de 2020, la salida de Jeanine Añez del ruedo electoral cuando faltaba un mes para los comicios parecía afinar los cálculos electorales. La campaña por el “voto útil” que implicaba apoyar al segundo en encuestas para ganar al MAS se vio desbancada en la capital cruceña por el “voto consciente” en respaldo a Camacho. 

“Hay que votar sin miedo”, repetían los simpatizantes de Creemos, incrédulos de encuestas. En ese marco, surgió la campaña de desinformación sobre la distribución del peso electoral en el país, “si Camacho gana en Santa Cruz con el 70% de los votos, ganaremos las elecciones”, se afirmaba viral y erróneamente en redes sociales.

La dupla de Creemos,   Luis Fernando Camacho y Marco Antonio Pumari, en campaña.
Foto:Creemos

Entre el voto útil y el voto valiente, se propuso una tercera alternativa en la papeleta, el “voto inteligente”, cuya propuesta residía en votar en el nivel superior por el segundo para ganar al MAS forzando una segunda vuelta y votar abajo por un diputado de Creemos, para tener garantizada la presencia de la alianza del excívico en el Parlamento. Es decir, un voto cruzado. “Nada de votar con miedo. Esta es la verdadera encuesta: la gente en las calles”, reprochaban quienes no podían admitir la posibilidad del voto fuera de la primera franja.

Con un sol radiante y entre barbijos, finalmente llegó el día decisivo ante las urnas. En una jornada pacífica, signada por la alta participación ciudadana, hombres y mujeres acudieron a la cita democrática el pasado domingo 18 de octubre.

 El nuevo escenario

Los resultados preliminares fueron rotundos y desconcertantes. Tanto que la militancia de Creemos  puso en duda sin pruebas la transparencia del proceso electoral. El MAS no sólo había ganado en primera vuelta, había conseguido el segundo lugar en Santa Cruz, el bastión del partido de Camacho. 

“Santa Cruz demostró que no es Luis Fernando Camacho”, manifiesta Adriana Salvatierra al reparar en el porcentaje de voto que arrojaron las urnas.

“Ahora lo que queda por delante es seguir trabajando, reforzar desde aquí liderazgos locales que trabajen en profundizar las autonomías y garanticen un pacto fiscal real”, enumera Guiteras (CC), sin desanimarse después de ver los resultados electorales. 

Por su parte, la senadora masista Salvatierra coincide en la necesidad de la construcción de líderes locales para “tener una lectura propia de lo local: una agenda local del MAS en cada departamento”, que según su análisis se ha rezagado por concentrar el liderazgo nacional.

Los voceros de Creemos consultados no respondieron. Lo cierto es que el partido de Camacho logró el triunfo sólo en Santa cruz. A nivel nacional tuvo un apoyo del 14% detrás del 28,8% de CC y del 55% del MAS 

Vigilia   ante el TED de Santa Cruz, esta semana.
 Foto:APG

Pese a la contundencia, la incredulidad flotaba en la ciudad. Esta semana, cientos de personas se congregaban a los pies del Cristo Redentor. Al grito de “fraude electoral” que no acepta los resultados, buscaban en el Comité Cívico un altavoz del desconcierto. Pero no hubo caso. El 2020 no es el fraudulento 2019 y los entonces líderes cívicos ya pasaron. Hoy están en la cancha con la camiseta partidaria.

El nuevo escenario muestra en el horizonte cercano una disputa por los gobiernos subnacionales -sostiene la analista  Tomichádonde probablemente se volverán a tejer lógicas de disputa por la representatividad.

 

 

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