«Bolivia aún tiene que vencer el hambre y el extractivismo»

Alemán de educación y latinoamericano de corazón, Friedrich impulsó con la FAO la agricultura de conservación y la atención de emergencias históricas.
domingo, 4 de octubre de 2020 · 00:04

Liliana Carrillo V. / La Paz

“Ha habido avances, pero Bolivia aún debe luchar contra el hambre, la pobreza rural y el expansionismo de la frontera agrícola”, dice Theodor Friedrich. Este doctor en agronomía, “alemán de educación y latinoamericano de corazón”,  fue por casi tres años el representante de la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO) en Bolivia.

En su estadía en el país vio agonizar y morir al gobierno del MAS y afrontó con la FAO emergencias históricas como los incendios de 2019 y la pandemia de este 2020. “Ha sido un tiempo corto pero intenso: he conocido todos los departamentos del país, me ha resultado impresionante ser testigo de los hechos de octubre; hemos trabajado para paliar los efectos de los incendios, la postsequía y la pandemia”, resume.

Friedrich tiene una antigua relación con América Latina.  Nació en Venezuela y vivió sus primeros años en Colombia, por el trabajo de su padre en el sector petrolero. Volvió al continente en 1982 para estrenarse profesionalmente en Ecuador y -después de 40 años de trabajo que lo llevaron por 75 países-,  se jubila ahora en Bolivia.

  En 1994 inició su carrera en la FAO  atendiendo temas de mecanización agrícola y agricultura sostenible. En 2012 fue designado representante de la Organización de las Naciones Unidas en Cuba  y el 1 de febrero de 2018 asumió el cargo en Bolivia.

 En nuestro país, mientras impulsaba convenios y proyectos de cooperación, viajó  a todos los departamentos para acercarse a los productores, conocer sus problemas e impulsar la agricultura de conservación. “He trabajo la tierra desde joven y esa experiencia me enseñó  a vivir con campesinos. No importa si es  alemán,  chino o boliviano, me puedo comunicar con cualquier campesino en el mundo porque sé qué vida llevan, que trabajos hacen y, a pesar de los idiomas, sé cuáles son sus problemas”, dice.

¿Cómo evalúa su gestión como representante de la FAO en Bolivia? Le han tocado históricas emergencias y conflictos. 

Para tan poco tiempo y tantos conflictos y cambios en el país, considero que ha sido positiva. Al inicio de los incendios hemos visto que la cosa iba mal y hemos empezado con las tareas de emergencia. Creo que la FAO ha sido una de las primeras agencias que ha movilizado medio millón de fondos propios de principio. Hemos  empleado la experiencia, lograda en la Amazonia por ejemplo, para la alerta temprana en la detección de focos de calor; la capacitación de bomberos y hemos podido movilizar equipos para ayudar.

Después vinieron los disturbios políticos que nos han paralizado un poco pero rápidamente nos hemos contactado con el nuevo Gobierno para redirigir el trabajo que ya estaba en marcha. Hice mi último viaje el 11 de marzo, estábamos trazando estrategias para desarrollo agrícola cuando  llegó la pandemia.

 Pero rápidamente hemos asumido la situación con teletrabajo y hemos seguido con labor de campo, sobre todo en los pueblos indígenas que por la Covid estaban aislados,   habían perdido sus medios de vida y pasaban hambre; allí hemos desplazado  suministros y  semillas. En la FAO no hemos parado nunca al 100%, siempre con las precauciones y las  medidas de bioseguridad necesarias pese a todas las carencias del primer momento.

Uno de los puntales de su gestión ha sido el impulso de la agricultura de conservación, ¿en qué consiste este principio?

 La FAO ha creado el concepto de agricultura de conservación. Yo he estado involucrado muchos años en esa definición, hemos trabajado mucho en ella.

 La agricultura de conservación se define por tres principios que están entrelazados y se complementan. El primero es el disturbio mínimo del suelo,  es decir ningún labrado, arado o tractor;  el suelo se mantiene  idealmente sin intervención porque es un ambiente vivo  y en un suelo sano tenemos más biodiversidad.

 El segundo principio es mantener el suelo cubierto, como está  en la naturaleza protegido de rayos y lluvia. El tercer principio es alternar una diversidad de cultivos en secuencias y rotaciones,  integrando plantas que hagan bien a la agricultura; el resto lo hacen los animales que promueven la fertilización del suelo,  que cierran los ciclos para una economía circular.

 Todo es técnicamente posible y está científicamente comprobado que con la agricultura de conservación  se logra una productividad que dé biomasa y dé productos en general, que es mayor a la de la agricultura tradicional. El rendimiento es mayor en  monocultivos en los que con los métodos  clásicos eventualmente suben las plagas y baja la producción.

La ventaja más inmediata es que se ahorra tiempo de trabajo y como el suelo mejora, la detención de nutrientes es mayor y los productos son de mejor calidad. Y se usan menos fertilizantes porque se fomenta a los  enemigos naturales de las plagas  y se puede llegar incluso a una agricultura orgánica, sin químicos. Otra ventaja es que no  contamina y es una alternativa ante el cambio climático, pues logra un   equilibrio de agua natural que puede  paliar las sequías.

 ¿Este sistema  de conservación es factible para Bolivia?

En Bolivia hay experiencias en la zona de Santa Cruz. La Anapo (Asociación de Productores de Oleaginosas) ha recibido asesoría y algunos de sus miembros  lo implementan y esos son los que sacan toneladas de soya en tiempos de sequía.

Lamentablemente, la agricultura de conservación   nunca se ha irradiado porque falta promoción y apoyo del Gobierno.  Recién hemos comenzado en el altiplano implementándola con la quinua, adaptándola a las condiciones, y los resultados son espectaculares. Sembrar manteniendo la humedad del suelo aumenta los rendimientos que  han sido hasta tres veces mayores que los tradicionales. Quinueros nos piden ahora asesoramiento;  ojalá podamos ampliar la técnica a otros cultivos como cañahua, tarwi y otros.

La promoción al sector campesino ha sido una bandera oficial en años pasados, ¿hay resultados?

En general se  necesita apoyo del Gobierno, asesoría técnica, programas y créditos para los pequeños productores. Que no se regalen equipos técnicos sino que se promueva a fabricantes locales  y se dé líneas de crédito a los campesinos. El hambre ha subido y esa  es una señal de que no se ha hecho lo suficiente para apoyar los sectores pobres. El apoyo al campesino no ha sido real, ha sido político, pero no ha mejorado la vida de los habitantes del área rural.

Se habla de la rica diversidad de Bolivia y sin embargo aún se registran niveles de hambre, ¿cuál es la causa?

Bolivia tiene una biodiversidad espectacular en el mundo. Con todo lo que tiene podría ser un paraíso que alimente a su población y exporte alimentos. Sus suelos, por desgracia, son de los más degradados. El altiplano, el oriente son afectados por la erosión cada vez más.

  Bolivia ha vivido históricamente del extractivismo, en las minas primero, en el sector de hidrocarburos después. Y esa lógica  se ha extendido al campo, con la extensión de la frontera agrícola y eso ha hecho mucho daño al país, ha dejado pobreza.

Yo comencé hace 40 años en los andes de Ecuador y los campesinos ahora viven igual que entonces, con sistemas coloniales,  que hay que cambiar urgente.  La agricultura debe ser un negocio para los campesinos, que son la columna central de sistema alimentario. Hay que darles asesoramiento y apoyo, y  hacerlo todo sin romanticismo.

¿La agricultura orgánica se plantea como una opción?

 La agricultura orgánica ha sido constante porque los campesinos no usan insumos químicos por falta de dinero. Pero por sí sola esta no  levanta la agricultura, se precisa  que sea sostenible. Lo orgánico tiene sentido para el productor si tiene consumidores ricos porque con este sistema se produce menos y los cultivos están más expuesto a las plagas o los fenómenos naturales como sequías, inundaciones o heladas. El ideal es  producir más de forma sostenible y saludable. 

Aquí entra en debate el uso de los agroquímicos. 

Los agroquímicos per se no son malos.  Si son bien empleados protegen a los cultivos de las plagas y su efecto desaparece rápidamente, no deja mella el suelo. No obstante precisan un manejo responsable y serio; en algunos países de Europa, por ejemplo, se necesita licencia para su uso y los campesinos deben probar con exámenes que están capacitados para emplearlos.

La producción de transgénicos levanta posiciones radicalmente opuestas en Bolivia. ¿Cuál es su opinión al respecto?

 

La discusión sobre los transgénicos acá está muy distorsionada,  polémica y poco profesional. Los transgénicos en sí son alteraciones genéticas y todo avance de las especies pasa por esas mutaciones. Con ingeniería genética podemos crear variedades más resistentes, más nutritivas.  Si  la usamos para el bien común -del campesino y  del consumidor-  no tiene nada malo; puede crear variedades fortificadas,  más nutritivas, más resistentes a la sequía y  a las enfermedades naturales. Lo malo es cuando usamos ingeniería genética para crear cosas que en el ambiente natural no  podrían existir,  como resistencia a herbicidas o la integración de un plaguicida en la propia planta. Esas cosas, que no apoyo, son las que incomprensiblemente los agricultores piden aunque no significan  ventajas sino riesgos para todos. 

Nosotros como FAO trabajamos  en el sector algodonero y  hemos rescatado variedades nativas con las que alcanzamos mayores rendimientos que superan  los que tendrán los transgénicos que piden algunos. Hay plaguicidas que pueden afectar no sólo a plagas sino a otros insectos del ecosistema, como las abejas, y alterar todo el ciclo natural y de paso la producción de miel, por ejemplo.

Ya tenemos soya resistente al glifosato y mira los rendimientos que son pésimos  con todo y los transgénicos. En Bolivia la agricultura no es suficientemente profesional, no hay control suficiente como para producir responsablemente  transgénicos. 

Otro problema que preocupa es el incremento de obesidad por la comida chatarra paralelamente a la subnutrición.

Es una preocupación para la FAO en Bolivia y en el mundo.  Actualmente ya hay desiertos nutricionales como El Alto donde ya no se encuentra otra comida que no sea chatarra, en áreas rurales también. En el Salar de Uyuni yo esperaba comer un rico asado de llama con quinua y sólo encontraba pollo frito, esa se está volviendo la comida   de cada día. Ello significa que la agricultura se ha distorsionado, los campesinos venden sus productos naturales para comprar chatarra que llena la barriga. Es,  además de poco saludable, preocupante porque ese consumo implica dependencia. 

La crisis de la Covid ha demostrado que ese es un camino no sustentable. Cada municipio debería alimentarse primero de lo que produce y luego de lo que compra de otras regiones. Hay que impulsar en cada región la agricultura diversificada, comida básica incluyendo verduras para alimentar a su entorno. Hay que  acercar al productor con el consumidor, lo que reduce desperdicios y costos.

Ante este panorama, ¿qué alternativas tiene Bolivia para mejorar su sistema alimentario?

Creo que uno de los principales problemas es la estabilidad política para abordar las soluciones que, a largo plazo en mi opinión, deben enfocarse en  extender la agricultura de conservación como base de una producción duradera, sostenible y que no se afecte por el cambio climático. 

También hay que cambiar la mentalidad del consumidor pero dándole alternativas reales que sean competitivas y atractivas ante  la industria de los productos  procesados. Otro son los temas de nutrición que hay que reforzar desde las escuelas con huertos, cocinas para que   los niños aprendan sobre alimentación saludable. Hay buenas experiencias con base en productos de cada región, como el   asaí en el oriente o la quinua  en el altiplano, para reemplazar las galletas, por ejemplo.

Hay que cambiar los hábitos alimenticios desde la niñez y apoyarse en la juventud que es mas consciente con lo que comen. También es importante apoyar iniciativas como Miga, Manka, etc.

¿Qué se lleva de Bolivia ahora que termina su gestión en la FAO  e inicia su jubilación?

Me llevo amigos y experiencias inolvidables.  Conozco gran parte del mundo  pero si no hubiera conocido Bolivia me hubiera perdido mucho.   Bolivia es bastante particular con la mezcla de diferentes cosas que tiene. Me ha impresionado el tema de los disturbios donde he visto que el pueblo se ha levantado y ha logrado cambiar el sistema político. Ojalá que la madurez del pueblo siga ahora que vemos el riesgo de caer  otra vez en intereses políticos.

 Ahora regreso a Alemania después de 40 años de vida nómada. Los hijos siguen en esa vorágine, una en Inglaterra y otro en Francia. Yo vuelvo al campo, a una finca lejos de la ciudad, a trabajar la tierra e impulsar la agricultura de conservación. Así tenía que ser.

HOJA DE  VIDA

  • Formación  Theodor Friedrich, de nacionalidad alemana, es ingeniero agrónomo y doctor en mecanización agrícola.
  • Labor  De 1994 a 2012 fue oficial superior    de la FAO y  trabajó en más de 75 países. Fue representante de la FAO, primero en Cuba y luego en Bolivia.

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