“No hubo transición ordenada, sino una apresurada sucesión”

El político analiza la transición democrática de los años 80 y la que comenzó luego de que Evo Morales dejara el poder.
viernes, 19 de junio de 2020 · 00:04

Pablo Peralta M.  / La Paz

Juan Del Granado, exalcalde de La Paz, analiza la transición democrática de la década de los años 80 y la   que está en curso en la actualidad.  Explica que la de los años 84-85  fue un rápido proceso administrativo, electoral y político consensuado, y patrióticamente facilitado por el expresidente Hernán Siles Zuazo, quien renunció a un año de su mandato. 

En cambio, sostiene  que en la transición actual   no hubo “renunciamientos patrióticos”, sino prorroguismo inconstitucional, ni   “transición ordenada, sino una apresurada sucesión”. 

¿Cuál fue el factor más complejo de la transición de los 80?

La de 1980 fue una “transición” motivada en el agotamiento final de un largo proceso histórico, el de la Revolución de 1952, precipitada por una profunda crisis económica que había desmantelado el aparato productivo, quebrado las empresas estatales, agotado las reservas internacionales y desatado una hiperinflación que destruyó la capacidad adquisitiva de la población. 

Todo ello con un Gobierno, el de la UDP, que habiendo sido vigoroso canalizador de la lucha antidictatorial, no era, sin embargo, portador de un modelo estatal alternativo. 

La transición electoral de 1984-1985  fue básicamente un rápido proceso administrativo, electoral y político consensuado, y patrióticamente facilitado por el doctor Siles Zuazo que renunció a un año de su mandato constitucional.

Lo complejo de esa transición estuvo encarnado en el agotamiento del estatismo desarrollista y, por lo mismo, en su casi inmediata sustitución por el modelo liberal de libre mercado, de achicamiento estatal y de promoción de la inversión privada.

 ¿Por qué se hace tan compleja la transición en el país hoy, teniendo la experiencia de los 80?

La transición de hoy tiene en común  con 1980, el agotamiento estatal, en este caso el del modelo populista autoritario implantado por el MAS. No es posible encontrar más similitudes, pero ello no es poco, ya que el desafío profundo de hoy es encontrar un modelo estatal alternativo que no aparece visible en ninguno de los horizontes que propusieron los candidatos en las elecciones de  2019, anuladas por el  fraude.

El gobierno del MAS se derrumbó en 21 días, sus titulares salieron huyendo de Palacio, con destino a México o las embajadas, y la sucesión constitucional apenas alcanzó para conformar un Gobierno transitorio, luego del incendio nacional que motivó la burla de la voluntad popular y el prorroguismo delictivo. 

  No hubo   renunciamientos patrióticos sino prorroguismo inconstitucional, no hubo transición ordenada sino una apresurada sucesión, no hubo consenso mínimo sino violencia y muertos y, peor, no hubo propuestas alternativas para el mediano y largo plazo. 

Pero lo que sí hubo, a los pocos meses, fue pandemia y emergencia sanitaria nacional lo que alteró drásticamente los plazos electorales y las propias tareas gubernamentales que son los elementos actuales de  complejidad de la transición que vivimos.

¿Quiénes son los actores clave de esta transición y   cuál es el peso que tendrán a futuro?

Los actores políticos clave, para serlo, tienen que estar preparados para enfrentar la transición abierta después de la fuga de los prorroguistas, al menos en tres momentos: El primero, el de la transición electoral demorada, sino empantanada, por la pandemia y la obligada preservación de la vida y la salud de la gente antes que cualquier urgencia electoral.

El segundo, el de la transición gubernamental después del voto y que supone la instalación de un nuevo Gobierno, con la tarea enorme de promover la renovación: renovación democrática, poniendo en vigencia plena los derechos constitucionales; renovación institucional, construyendo una verdadera independencia de poderes; renovación ética, implantando el respeto al patrimonio público y sancionando la corrupción con un Poder Judicial independiente; renovación económica con una visión respetuosa del medioambiente, superando el extractivismo y promoviendo la diversificación productiva.

Y el tercer momento, que va más allá del próximo gobierno, el de la transición estatal que es una construcción colectiva para establecer los grandes y nuevos equilibrios entre el mercado y el Estado, entre la producción y la naturaleza, y entre la libertad y la ley.

¿Y cómo están respondiendo esos actores “clave”?

La incertidumbre y el temor que envuelven a la gran mayoría de la sociedad, agravados por la pandemia, dan cuenta reiterada que “los actores políticos claves”, no están respondiendo a las expectativas de la comunidad.

 El MAS ha desestimado la autocrítica y por lo tanto a su renovación; atrincherado en una mayoría parlamentaria, ajena a la actual correlación política, y teledirigido desde Buenos Aires no deja de conspirar con lo que está acabando de dilapidar los restos de su acumulación histórica. Pretende retomar el manejo gubernamental como si nada hubiera pasado, como si de verdad hubiera habido un golpe de Estado, y que puede volver mecánicamente al tiempo destruido de los grandes consensos.  

Solo el tamaño de sus adversarios y los errores del gobierno le están permitiendo al MAS preservar su núcleo electoral básico que, sin embargo, puede ser suficiente para hoy encabezar las encuestas, tener reales posibilidades electorales y, al menos, mantenerse en el mediano plazo como un actor político importante.

El gobierno transitorio está perdiendo, peligrosamente y con velocidad penosa, la legitimidad que le dio la valentía y la decisión de los primeros meses, que lograron la pacificación, la normalización del país y la limpia convocatoria a nuevas elecciones:

La candidatura de la presidenta transitoria, pero especialmente los errores y la reiteración de prácticas corruptas y autoritarias, le están restando consenso. La propia pandemia en su escalada, ya sin bonos y sin las condiciones sanitarias suficientes pese al tiempo transcurrido, son factores que están produciendo una sensación de vértigo propia de la caída en la preferencia ciudadana.

La grave contradicción radica en que la transición electoral de hoy requiere de un gobierno al menos consistente, por lo que los errores gubernamentales, precarizando la candidatura de la presidenta debilitan la estabilidad democrática, asediada por la conspiración masista.

¿Y los otros candidatos?

La otra “oposición”, tanto al MAS, como al gobierno, no acaba de dar señales suficientes, en medio de un escenario donde la gente está preocupada por su salud y su economía y no por los candidatos.

Comunidad Ciudadana de Carlos Mesa, apenas está logrando un 20% del electorado y no está sumando nada más. No logra abrirse y llegar a los sectores populares, y así como no supo ponerse a la cabeza de la defensa del voto el año pasado, tampoco logra ahora ser cabeza de la demanda de impedir el retorno del MAS al tiempo que se concluye con el gobierno transitorio.

“Creemos” de Camacho, sin propuesta y acompañado de lo más conservador, ya ha pasado del vértigo al rigor de la ley de la gravedad; su apoyo se reduce a Santa Cruz y ese apoyo se reducirá aún más en el momento de las urnas.

Hay datos iniciales de un cierto repunte de la candidatura de Tuto Quiroga con Libre 21, pero apenas como receptor de lo que la gravedad está dejando caer desde el Gobierno o desde Camacho.

¿Qué se hace entonces?

A solo 3 meses de las elecciones de septiembre, -si la pandemia lo permite- los contornos de la “transición” se hacen más complejos, mucho más si la amenaza de la “regresión” masista está acompañada por la conspiración parlamentaria y callejera.

Capeando la pandemia, en septiembre o después, tendremos que confiar, otra vez, en la polarización y en el “voto útil” que impida la regresión pero que no necesariamente asegurará las transiciones del mediano y largo plazo.

La pandemia continuará el 2021 pero tenemos que lograr que la segura y grave crisis económica, generadora de crisis sociales e institucionales, no mantenga la incertidumbre y el temor, y que en un renovado escenario político se logren los consensos necesarios para no retroceder ni al populismo autoritario ni al liberalismo conservador, ambos promotores de los agotamientos de nuestra historia ultima.

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