El periodista, escritor y fundador de El País de España estuvo en Bolivia

Juan Luis Cebrián: “Por primera vez hay una mundialización del caos”

“Periodismo ante el nuevo desorden mundial” fue el tema de la conferencia del periodista español Juan Luis Cebrián. En esta entrevista con Página Siete habló de periodismo, la guerra e internet.

Nacional
Isabel Mercado
Por 
Santa Cruz - domingo, 02 de octubre de 2022 - 0:00

Una pléyade de groupies -periodistas en su mayoría- esperan la llegada de Juan Luis Cebrián. El fundador y director histórico de El País de España, columnista, editorialista, escritor y novelista, pero sobre todo, un diletante de la coyuntura mundial, llega a Bolivia después de más de una década a ofrecer una conferencia organizada por la Fundación para el Periodismo.

Antes, solía visitar América Latina y Bolivia con frecuencia. Como director del Grupo Prisa, tuvo una alianza con el Grupo Garáfulic que compartía la propiedad del periódico La Razón en La Paz, el Nuevo Día en Santa Cruz y la red ATB. “Tuve una relación muy fuerte con el periodismo boliviano. Yo personalmente negocié la compra del Grupo a los Garafulic y después de unos años nos vimos obligados a vender por presiones del Gobierno de entonces”, comenta escuetamente. Lo que sí recuerda con detalle es que Bolivia siempre le fascinó. “Me pareció el país más diferente de todos los que existen en América Latina, por su geografía, sus alturas, sus llanos y su gente. No puedes decir que conoces América Latina si no vas a Bolivia”, menciona.

A sus 77 años, Juan Luis Cebrián ha emprendido un viaje de tres días a Bolivia. Lo hace por el puro gusto de encontrarse con la gente y hablar de periodismo, lo que es y lo que sabe. “Estoy encantado de que me hayan invitado”, dice y se entrega a una agenda vertiginosa de entrevistas y selfis que no parecen cansarlo. Todo lo contrario, transita por las preguntas de sus colegas con la paciencia y la atención de un gurú sin pretensiones. “Hace muchos años que no venía a Santa Cruz y veo una ciudad moderna, hermosa; un país con mucho por delante si logran -como otros países del entorno- salir del caos y del poder de los idiotas”, sostiene.

Hablando de su libro “El caos. El poder de los idiotas”, ¿estamos viendo un cambio de épocas o es un mundo que ha aterrizado en un caos irremediable?

El caos siempre ha existido, pero por primera vez hay una mundialización real del caos. Intentos de mundialización hubo desde el Genghis Khan, el Imperio romano, el Imperio español, el Imperio británico... pero, ahora realmente hay una globalización total, gracias a internet o por culpa de él, según se quiera ver. Internet lo usan prácticamente cinco mil millones de personas, tenemos en este momento una población de siete mil millones. En los países desarrollados, prácticamente el 80 o 90% de la población vive conectada; por lo tanto, hay una globalización real que fue muy efectiva desde el punto de vista financiero y que generó la crisis de 2008, pero que también ha sido efectiva en el acceso a la tecnología y a la comunicación. Entonces, no sólo es un cambio de era, es un cambio de paradigmas; la organización mundial está sometida a un estrés formidable, potenciado por el aumento de la población y las enormes desigualdades que esta mundialización ha creado. Es verdad que el capitalismo financiero ha generado mucha riqueza en general, pero también ha generado muchísimas desigualdades; el poder no reside ahora sólo en los Estados nación, ni siquiera en los Estados.

Estamos ante una crisis total de paradigmas, de valores, de formas de convivencia, ¿cuál podría ser la salida o es una transición más de las que ya ha vivido otras la humanidad?

Nunca ha habido tal cantidad de personas en el mundo. Por supuesto una de las cosas que hay que hacer, en primer lugar, es alimentarlas, pero alimentarlas, no sólo de comida y bebida, sino de energía, de capacidades, de desarrollo. Soy optimista, yo creo que tenemos las capacidades para llevar esto a cabo; pero soy pesimista respecto a la calidad de la clase política que está al frente de las decisiones que hay que tomar al respecto.

En “El fundamentalismo democrático” justamente habla sobre eso, sobre cómo la democracia puede ser utilizada incluso para las peores arbitrariedades y autoritarismos. En América Latina se habla de las dictademocracias, ¿es el fundamentalismo democrático la deriva de la democracia institucional?

No sólo en América Latina, en Europa y también en muchos países hay un debilitamiento de las instituciones democráticas, un intento permanente de los poderes ejecutivos por controlar el Parlamento cada vez más. En el caso español, por ejemplo, no son los parlamentos los que controlan el poder de los gobiernos, son los gobiernos los que controlan los parlamentos. Eso se traslada también al Poder Judicial, donde hay un intento permanente de los poderes ejecutivos por controlarlo todo. Lo hemos visto en EEUU con Trump, lo estamos viendo en España, en Polonia, en Hungría, en América Latina. Es la institucionalidad de la democracia la que está en juego, para no hablar de los países donde el autoritarismo es creciente. Por ejemplo la OTAN: el segundo Ejército de la OTAN en número de hombres y en capacidad ofensiva -al margen del tema nuclear- es Turquía, que no es precisamente un modelo de democracia.

Los paradigmas de la democracia están en absoluta crisis. Hablemos de EEUU, pero Europa tampoco podría decirse que está siendo un ejemplo. La guerra en Ucrania y sus consecuencias lo ponen en entredicho.

Claro, porque en primer lugar Ucrania no era una democracia. La agresión de Putin es criminal y debe ser perseguida y castigada; Ucrania tiene todo el derecho a la defensa, pero no era una democracia; era, en todo caso, una democracia híbrida, como ahora se dice. Vuelvo decir: hay países en la OTAN que no son democráticos, como Turquía o Albania. Todo esto ha sido, como se diría, un fake news por parte del aparato de propaganda de EEUU, porque es la OTAN la protagonista (de la guerra) y la OTAN es el Ejército de EEUU. La Unión Europea perdió voz frente a la invasión a Ucrania porque fue sustituida por la voz de la OTAN. Yo creo que Europa necesita una autonomía en política de defensa y seguridad mayor de la que tiene -que no tiene prácticamente ninguna-; debe ser un buen aliado de EEUU, pero tiene que ser un aliado autónomo. Esto Henry Kissinger lo explica muy bien en muchos de sus libros. Hay que estar agradecidos a la OTAN porque protegieron la identidad de la democracia europea en tiempos de la Guerra Fría, pero desaparecido el Pacto de Varsovia se habló de que debería desaparecer la Alianza Atlántica; pero lejos de ello se amplió de 14 a 35 miembros, incluso se sugirió que Rusia podía ser miembro de la OTAN, y se nos olvida que hasta hace prácticamente nada había un consejo Rusia-OTAN que se reunía periódicamente, incluso después de la invasión a Crimea, y que estaba trabajando en ver fórmulas de cooperación.

Pero es evidente que Putin abonó el camino para este desenlace, ¿o no?

Pasa que en Rusia más que una autocracia lo que hay es una “adhocracia”. No es que Putin sea un dictador... En España tuvimos un dictador muy fuerte y sabemos cómo eso funciona: él monta su aparato jerárquico y a través de éste gobierna. Franco gobernó España como si fuera cuartel, pero tenía los sargentos, los carros, los tenientes, que hacían que el cuartel funcionara. En una “adhocracia” se gobierna para obtener lo que uno quiere, independientemente de cuáles sean los métodos, incluso si los métodos no coinciden con el mundo jerárquico, sea institucional o sea de la burocracia. Los amiguetes, los oligarcas, los amigos, los primos son los que gobiernan. Es la corrupción pura en una democracia. Pero, no sólo ocurre en Rusia; hay una especie de clientelismo de los partidos con sus afiliados y amigos en muchos países. Es lo que yo llamo peronismo de baja intensidad, cuando todo el mundo vive de las subvenciones y prebendas que da el Estado y el Gobierno a los que lo apoyan en lo que sea que quiere hacer; así se compran voluntades a la hora de ejercer el voto.

En uno de sus recientes artículos, usted reclama a Europa, especialmente a España, la actitud que está teniendo con la guerra; es decir, condenar a Putin, pero no hacer nada para frenar la guerra. ¿Cree que puede hacer todavía algo Europa después de las últimas amenazas nucleares que ha lanzado Putin?

Putin amenazó con la guerra nuclear desde antes de la invasión. Una cosa es defender a Ucrania y apoyarla, y otra es prolongar la guerra mediante el envío de armas. Lo que hemos visto es una escalada en la guerra debido al envío masivo de armas por parte de EEUU y Europa. Estamos hablando de más de 25.000 millones de dólares en apenas seis meses. Hay otros efectos de los que no se habla: Alemania ha decidido rearmarse, 100 mil millones de dólares en los próximos tres o cuatro años; Japón ha decidido rearmarse. Los dos grandes perdedores de la Segunda Guerra Mundial, que tenían en sus constituciones limitaciones armamentísticas, se están abasteciendo. Está generándose un pensamiento fundamentalmente militar, no diplomático ni de cooperación, y Europa no tiene una voz propia en esto y cuantas voces propias han querido emerger han sido marginadas, empezando por la del papa Francisco que dijo que lo más importante es un alto al fuego cuanto antes. Estamos viendo ahora, por ejemplo, los rusos que quieren abandonar Rusia porque no quieren ser movilizados, no pueden atravesar las fronteras de los países bálticos y de Finlandia porque éstos no les dan el visado. Entonces, ¿qué apoyo estamos dando a esos rusos que se oponen a Putin? En definitiva, en las guerras se sabe cómo empiezan, pero nunca cómo y cuándo acaban, y en este momento da la sensación de que ésta se va a prolongar. Yo creo que es un momento muy difícil y muy duro, y que esto no se resuelve a base de bravuconadas de unos y de otros.

En “Cartas a un joven periodista”, se dirige a quienes desean seguir el periodismo. ¿Sigue creyendo que el periodismo es el mejor oficio del mundo?

Yo no sé si es el mejor oficio, es el único que yo conozco. Lo tuve desde pequeño porque empecé en el colegio, primero haciendo periódicos murales y luego la revista del colegio. No he hecho más que periodismo y prensa escrita toda mi vida, durante más de 60 años, y me parece un buen oficio; además, creo que es más un oficio que una profesión, porque quien quiera puede ser periodista, no se necesitan títulos, se necesita educación, pero no títulos ni privilegios. Mi premisa es muy sencilla: primero hay que defender la independencia; segundo, hay que comprobar los hechos, decir la verdad por supuesto, pero la verdad es algo un poco complejo porque a veces tiene visiones diferentes, por eso hay que comprobar los hechos; y finalmente defender a los lectores. No somos los dueños de la información, la información pertenece a los ciudadanos; y es importante recordar la vieja definición de noticia: noticia es lo que alguien no quiere que se publique, sobre todo cuando ese alguien es el poder.

Gran parte de su vida ha estado en una sala de Redacción como periodista, pero también como director de uno de los principales medios de habla hispana. ¿Qué queda de esa experiencia?

El cielo para un periodista es ser redactor jefe. Estar en la sala de Redacción decidiendo quién hace cada reportaje, qué noticias merecen un reportaje y cuáles no, cuáles merecen ser publicadas, cuáles interesan más a los lectores, etcétera. Ésa fue la mejor etapa de mi vida. Desgraciadamente acabó pronto, porque a los 31 años fundé El País, fui su primer director y a partir de ahí no paré. Cuando llegas a dirigir un medio sigues siendo un periodista. Mi obsesión ha sido siempre aplicar las leyes del periodismo a las decisiones. Yo dirigí durante casi 13 años El País, y al final mi defensa ante las corrupciones del poder era hacer periodismo; en la duda, la única manera de resolver es hacer periodismo, no hacer administración de empresas.

¿Se quedó como editorialista? Porque sigue siendo columnista y director vitalicio.

Ahora soy presidente honorario de El País, lo cual hace que no presida nada y que tampoco tenga muy buen honor (risas). Lo que siempre fui y soy es periodista; siempre creí que los periodistas somos unos chiquillos de la calle, que vamos mirando lo que pasa por ahí para contárselo a los demás.

¿Es posible salvar al periodismo en el reino turbulento de la desinformación?

Éste es un problema más complejo que se ha multiplicado con internet: hay cientos de miles de canales YouTube que cuentan con más de 100 mil suscriptores o abonados. O sea que es una cantidad increíble de información buena, mala, regular, inventada, fake, verdad, posverdad, etcétera. Además, hay organizaciones que se dedican a ello, fundamentalmente organizaciones políticas, gobiernos, partidos políticos, mafias... Por lo menos el 50% de los tuits que llegan a nosotros son bots, son máquinas programadas para lo que las organizaciones de poder -sean legales o ilegales- deseen. Vamos a tardar un tiempo en superar esto porque en la red desaparece el mundo jerárquico; antes el obispo, o el rey, o el Presidente, decían lo que había que hacer y había una organización jerárquica que reproducía las órdenes. Ahora todo es en red y además a toda velocidad. El periodismo profesional tiene que luchar por sobrevivir en ese maremágnum de influencers, de youtubers, aplicando las normas que existen y que son invariables en el tiempo (la independencia, la libertad y los derechos de los lectores) para ayudar a la colectividad, no a la colectividad general: a sus lectores.

HOJA DE VIDA:

Juan Luis Cebrián Echarri (Madrid, 30 de octubre de 1944) es periodista, escritor y empresario. Fue director-fundador del diario El País, diario que dirigió desde 1976 hasta 1988.

Desde el 19 de diciembre de 1996 es académico de la Real Academia Española.

Ha sido considerado por diversos medios internacionales como uno de los diez españoles más influyentes en España y América Latina.

“La institucionalidad democrática está en juego, para no hablar de países donde el autoritarismo es creciente”.
“El periodismo profesional debe luchar por sobrevivir en este maremágnum de influencer, youtubers”.
“Es un momento muy difícil y duro (por la guerra) y no se resuelve con bravuconadas de unos y otros”.

Mensaje de Raúl Garáfulic, presidente de Página Siete

 

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