El duelo cruceño por la inseguridad

Editorial
miércoles, 09 de octubre de 2013 · 20:49
La muerte de Álvaro Escalante, un joven de 19 años, el sábado pasado en manos de un presunto pistolero ha sido la gota  que rebasó un vaso lleno de historias cotidianas de criminalidad e inseguridad para Santa Cruz.
El joven participó en una excusión en motos y cuadratracks a la zona de Las Cruces, donde se reúnen los amantes de esta actividad. Aparentemente, en el recorrido  rozó la motocicleta de  Hardy Gómez (28 años), provocando su molestia.
  Una vez en el lugar, Gómez pidió cuentas y acto seguido procedió a disparar al joven, causándole la muerte. Los testigos afirman que incluso el agresor pretendía hacer un disparo para "rematarlo”.
La historia, con muchos testigos que dan cuenta de la violenta reacción de Gómez, no acaba ahí: el acusado se dio a la fuga con la ayuda de sus familiares; y su novia, una de los testigos más importantes del hecho, también lo apoyó. Al dolor de la ferocidad del crimen se suma, entonces, la perplejidad de la familia y la sociedad por la forma en que este tipo de acciones criminales -de una violencia excesiva e inexplicable- se naturalizan. Es -recuerdan muchos- como en las épocas de los años 80 en el mismo Santa Cruz, donde por espacio de algunos años la presencia de capos del narcotráfico se naturalizó al punto de que la ciudadanía convivía con estos sujetos sin percatarse de lo que ello implicaba.
Ahora, la situación de Santa Cruz es quizás peor. Ya no se trata de los millones de unos cuantos capos del narco que se gastan en sendas fiestas, sino de una criminalidad que se palpa en cualquier esquina, ante cualquier circunstancia y de la cual es muy difícil distanciarse.
El que en pocas semanas se hayan registrado tres asesinatos a mansalva como el que se describe, no hace otra cosa que demostrar la desprotección y vulnerabilidad que siente la capital cruceña, quizá la más insegura del país a estas alturas. Y, como lo manifiestan sus propios ciudadanos, no se trata ya de medidas de represión contra los delincuentes, sino de un asunto estructural que hace a la cultura de toda la sociedad y que demanda un debate interno.
¿Cómo se educa a los niños y jóvenes?, ¿cuáles son los valores que se promueven para que exista esa connivencia entre el uso de las armas y el poder económico como se ve en la tragedia de Las Cruces?, ¿cuáles son los modelos que guían a los jóvenes para que el uso de armas, alcohol y drogas sea visto con tanta naturalidad?
No son más que algunas de muchas interrogantes que se aplican a Santa Cruz,  El Alto y a otras urbes en las que la violencia y la inseguridad han dejado de ser un dato para pasar a ser una forma de vida.

¿Cómo se educa a los niños y jóvenes?, ¿qué valores se promueven para que exista esa connivencia entre el uso de las armas y el poder económico?

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