Bajo la sombra del olivo

El efecto extremo del poder

Ilya Fortún
miércoles, 9 de octubre de 2013 · 20:51
En el mundo que hemos construido con tanto afán y con tanto sacrificio, el dinero es el valor supremo; la sociedad moderna, nos guste o no, responde nomás a la lógica del capitalismo occidental en todos los países del mundo, en presentaciones y formatos más o menos liberales y en apariencia diversos, pero que al final del día se resumen indefectiblemente en el peso del capital como motor y fin último de la vida.
En esta cruda modernidad oleada y sacramentada a pesar de los muchos intentos de revolución o transformación estructural, el dinero es el valor sagrado con el que se mide todo y frente a su abundancia o su escasez, el resto no vale nada. Tanto es así, que inclusive se ha perdido la vergüenza en asumir este hecho como una verdad irrefutable; probablemente la gran parte de las personas han sucumbido ante esa tiranía constatable en el día a día, y ya no tienen reparo en afirmar que los valores espirituales, humanos, filosóficos o sociales son tonterías propias de los ingenuos que todavía no han entendido cómo funciona el mundo.
Y sin embargo parece existir solamente una pulsión superior a la plata y a la acumulación material: el poder. El poder supera el credo del dinero, ya sea porque no se lo puede comprar fácilmente, o ya sea porque con él se puede comprar absolutamente todo. El poder político es la instancia última del poder económico, y por ello está reservado sólo para unos pocos. El poder es, por decirlo de alguna manera, la reina de las drogas y por consiguiente su uso está sujeto a los placeres más sublimes, como a los riesgos más peligrosos.
El poder corrompe, envilece y enceguece a cualquiera, eso lo sabemos todos; pero cuando el poder es demasiado grande, puede además traducirse en una convicción de infalibilidad, e incluso de inmortalidad. El poder absoluto hace sentir a quienes lo ejercen, que están por encima, no solamente del bien y del mal, sino exentos de la vulnerabilidad propia de los humanos.
Me asaltan estas reflexiones a raíz de lo ocurrido recientemente con tres poderosos muy próximos a nuestra realidad. Hablo de los poderosos caudillos Hugo Chávez, Néstor Kirchner y su viuda Cristina Fernández. Pese a que en el caso del expresidente venezolano no hubo, y probablemente nunca habrá, una versión oficial que dé cuentas de la verdadera causa de su muerte, algunas versiones apuntan a que se trató de un descuido en los chequeos de salud del mandatario, que impidió detectar a tiempo un cáncer que podría haber sido tratado exitosamente, de haberlo hecho a tiempo.
El caso del expresidente Kirchner no estuvo cubierto de ese manto de secretismo, pero se sabe que el hombre había sido repetidamente advertido por sus médicos de los riesgos que implicaban para su salud el mantener el ritmo y la calidad de vida que insistió en llevar y que finalmente lo llevaron a la tumba.
La cirugía de cerebro producto de un golpe de hace más de un mes, junto a los antecedentes médicos de Cristina Fernández, parecen confirmar lo que muchos analistas argentinos han caracterizado como un permanente desdén de la pareja Kirchner por sus asuntos de salud.
En todos los casos, se supondría que existen protocolos de estado orientados a monitorear y cuidar la salud de los primeros mandatarios, y parece claro que éstos no se cumplieron como debía ser.
En verdad no creo que se trate de descuidos personales o negligencias médicas, pero sí del efecto más extremo del poder, que puede convencerte incluso de que eres inmortal.

Ilya Fortún es

comunicador social.

En verdad no creo que se trate de descuidos personales o negligencias médicas, pero sí del efecto más extremo del
poder.

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