La curva recta

Paullu, el hermano de Manco

Agustín Echalar Ascarrunz
sábado, 12 de octubre de 2013 · 18:41
El 12 de octubre  es una fecha que crea urticarias, precisamente porque un pasado colonial implica, como casi todo pasado, uno de perdedores y de ganadores. Para colmo, con un gobierno que ha hecho de la descolonización una bandera y que confunde una descolonización mental, que es importante y válida, con un rechazo a nuestro pasado español, y por ende a una parte de nuestra esencia  (al extremo de negar el mestizaje, algo que es simplemente imposible, a menos que se reniegue de la razón), los sentimientos se han exacerbado. Acercamientos a la historia, pequeñas aclaraciones,  pueden ser útiles para limar innecesarias asperezas.
El expresidente Carlos Mesa ha hecho el domingo pasado un recordatorio a una figura del dramático episodio de la conquista del imperio incaico, que es muy superficialmente tratada en la enseñanza escolar; en efecto, el Inca Manco es visto simplemente como un títere de los españoles, que luego de serles útil se rebela y sale de la historia. Es bueno que se sepa de su saga y de la de sus descendientes, que mantuvieron un foco independiente y por tanto rebelde en la selva, por casi 40 años, a pocos kilómetros del Cusco.
Vale la pena, siguiendo el sendero abierto por Mesa, mencionar  también al otro hijo de Huayna Cápac, de quien se sabe tan poco, que ni siquiera se puede estar seguro si fue un soberano títere o tan sólo un adherido a los españoles. Cristóbal Paullu (ese su nombre ya como cristiano) fue quien se quedó en Cusco a la retirada del Inca Manco, y quien creó alianzas sólidas con los nuevos dueños de la situación. Se convirtió al cristianismo, junto con su esposa principal y tuvo un hijo, que fue bautizado con el nombre de Carlos (como el emperador), para quien creó un mayorazgo. Uno de los episodios más controversiales de su vida fue el que mandara quemar  las momias de sus antepasados.
Quienes han oído hablar de él, aun en textos serios, lo ven ante todo como el gran traidor a su pueblo, no entendiendo su posición como príncipe, que en realidad no se debía a éste, sino a sí mismo y eventualmente a su familia. Paullu se presenta en realidad como lo más cercano a un príncipe renacentistas del siglo XVI, negociando con el más poderoso para poder salvar lo salvable de la antigua gloria; logra un palacio en la parte alta del Cusco y mantiene una especie de corte a su alrededor durante su vida. Las referencias de su entierro lo describen como alguien sumamente respetado y amado por la población indígena; el duelo fue multitudinario.
Paullo fue fundamental para la cristianización del Perú. No es detalle menor que fuera un hijo o un nieto suyo, el famoso Tito Yupanqui, el que esculpió la imagen de la Virgen de Copacabana y de muchas más. No fue un héroe, pero tampoco un traidor, y sí un político avezado, y alguien que entendió los nuevos tiempos. Su paso por la historia no tiene los románticos y heroicos momentos que adornan a  Manco, pero posiblemente la conquista fue menos costosa gracias a él; al final, la nobleza incaica preservó una enorme cantidad de privilegios e hizo grandes alianzas (precisamente una nieta de Manco, del hijo que renunció a vivir en la selva, se casó con un sobrino de San Ignacio de Loyola; uno de los últimos presidentes de la Audiencia del Cusco, Mateo Pumacahua, también fue descendiente de los antiguos reyes del Perú;  y un canónigo de la Catedral de Chuquisaca, Gregorio Choquehuanca, también era  descendiente  de Paullu). Los súbditos del común tal vez hasta tuvieron menos exigencias, menos peso tributario, pese a la mita minera, durante el periodo español que durante el incaico. Los grandes perdedores fueron los sacerdotes, que no hallaron espacio en el nuevo estado de cosas.

Agustín Echalar

es operador de turismo.

Quienes han oído hablar de él, aun en textos serios, lo ven ante todo como el gran traidor a su pueblo, no entendiendo su posición.

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