El retroceso del género

Oscar Díaz Arnau
domingo, 13 de octubre de 2013 · 20:47
La demagogia no encuentra mejores aliadas que las palabras y, con el abuso de éstas, aprovechando de su gratuidad, es fácil caer en la estupidez. Una mayor "visibilidad”, preponderancia o, por último, el empoderamiento de la mujer no se logran castigando a la lengua con falsas donosuras de macho galante o feminista contumaz: "las y los”, "compañeras y compañeros”, son afectaciones que lejos de cumplir su cometido, empobrecen al género humano y denigran al más específico que se busca enaltecer.
La mujer segura de sí misma no necesita reafirmar su condición de tal con fechas especiales ni con pesadas dobles menciones en público, como si esto y aquello le fueran indispensables para recordarse por dentro que es ella y no cualquier otra cosa; por ejemplo, hombre. En la repetición debe nomás estar el gusto y por eso retomo una serie discontinua de columnas relacionadas con la distinción de género para "visibilizar” a la mujer [antes, para La Razón escribí "La RAE y el gatoflorismo” el 30-05-2011, "Las y los” el 27-06-2011 y "Dobleces (no) sexistas” el 02-04-2012].
Pero lo hago esta vez por una profesora que se me quejó de ciertas autoridades sumamente desconsideradas: "¿Qué les cuesta decir ‘queridos y queridas’ docentes?”, comentó, provocándome la duda de si somos en tanto se nos menciona. Protestaba ella sin saber que yo detesto aquel desdoblamiento, muy a la moda bajo la convicción -antigramatical, antimoral- de que así recuperan las mujeres el espacio que los hombres vienen robándoles desde tiempos inmemoriales con artería machista.
Sospechará la mujer de tanto artificio, de sobrada galantería o no será ella lo que es, un ser inteligente, único, capaz de atender las multitareas simultáneas de los hijos, el hogar y el trabajo, al margen de asistir al marido que cada dos por tres se recuesta pesaroso en el sillón -improvisado diván- de la casa-clínica de psicoanálisis. No se hará justicia de repente exaltando su presencia en un auditorio compuesto también por hombres, como si fuese ella un raro visitante al que hay que agradar con vino añejo. La mujer, hace mucho que ha superado a su contraparte en todo sentido y no necesita de ninguna sobredosis de reconocimiento para alcanzar ni aventajar a nadie, menos al hombre. El doble palabrerío mediocre, ocioso, para dejar constancia de que es mujer y existe, constituye un espectáculo deshonroso y significa un retroceso para la demanda de equidad de género.
Destrozando la gramática, lamentablemente para los obstinados que la utilizan como chivo expiatorio, la mujer no será más ella ni el hombre menos él.
En Bolivia, a falta de dobleces sexistas, celebramos a la mujer cada año por duplicado; si es madre, triplete. ¿Una "absurdez”? Para nada, Adela Zamudio se lo merece. Absurdo (y penoso) es cómo mal formamos a las nuevas generaciones con cursilerías de "sujetas y sujetos” que, como el actual Presidente venezolano, encuentran el femenino en los lugares menos pensados (aunque las bibliotecas rebozan de ellos y seguramente ésa debe ser su revolucionaria lógica): "Vamos a empezar la entrega de 35 millones de libros y libras”, ha dicho en un discurso el siempre listo Nicolás Maduro.
La transformación de la lengua se da naturalmente, no necesita de héroes ingeniosos que la fuercen con cincel. Entrever machismo en el masculino genérico distintivo del idioma español es un extremo fácil de gente sospechosamente tonta.
Pero no está bien decirlo. Me retracto de mi perorata lingüística y descorcho una botella para brindar por la mujer con doble ímpetu y este obsequio de la lengua (femenina) madre, tan bondadosa que lo soporta todo: "¡salud, las y las!”.

Óscar Díaz Arnau

es periodista

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