En riesgo de extinción

Relaciones carnales

Roger Cortez Hurtado
lunes, 14 de octubre de 2013 · 20:52
¿Es la entrada de Evo Morales a la Feria de Santa Cruz, "un paso más de la Revolución en la conquista de la hegemonía”? como se empeña en asegurar el más eficiente de los propagandistas  gubernamentales  (en periódico digital ERBOL) o se asemeja más a la determinación del excanciller argentino (1991) Di Tella cuando declaraba: "No queremos relaciones platónicas: queremos relaciones carnales y abyectas”, al describir como quería que fuesen los lazos entre el gobierno menemista y EEUU.
Los empresarios cruceños no son una potencia internacional, aunque sus sectores más poderosos y concentrados están inextricablemente ligados a capitales transnacionales, pero la comparación no es impertinente en tanto grafica el entusiasmo, o lascivia, con que antiguos rivales deciden ostentar su acercamiento en la escena pública.
El director del desaparecido periódico El juguete rabioso  exhibe más empeño que convicción para promocionar el encuentro de los que un día parecieron antagonistas absolutos, como el reconocimiento de una minoría que "acepta la democracia de las mayorías, acepta la Revolución y a su líder indígena”. El conductor del Estado plurinacional, sigue el artículo, ha sabido neutralizar el riesgo de una permanente polarización al incluir a "nuevos cuerpos sociales”, con tal sagacidad que supera a revolucionarios clásicos y contemporáneos.
El primer acierto de esa trayectoria maestra habría sido decirle no a las autonomías, para enfrentar, a continuación, sin vacilaciones la embestida del "proyecto empresarial cruceño” y,  después de vencer, abrir la puerta, generoso, a una aproximación, seguro de que la exoligarquía ha aprendido la lección y se alinea con el resto del pueblo para ejecutar la "agenda patriótica”.
El esfuerzo de aparentar desenfado no es suficiente para que se borre de la memoria que el asedio violento que sufrió el Gobierno entre 2007 y 2009 no es consecuencia de haber partido cerrando la puerta a las autonomías, sino de prometerlas en un inicio y desdecirse luego a medio camino, entregando, gratuitamente, credibilidad y fuerza a los grupos que las enarbolaban con la misma sinceridad que los "federalistas” que precipitaron la guerra civil en 1898. Contrariamente a lo que se intenta vender en la columna, aquel gesto presidencial ha demostrado una esencial incomprensión de naturaleza y el sentido de las demandas populares de descentralización y autonomías, como lo recalca a cada momento la voluntad gubernamental concentradora y monopólica del poder. Si se mantenía la palabra inicial de compromiso con estas reivindicaciones se hubiese ahorrado sangre,  esfuerzos y recursos, aislando a las tendencias más regresivas.
Al deformar deliberadamente lo que ocurrió, también se intenta escamotear que los acuerdos pragmáticos entre el oficialismo y los sectores más concentrados del capital se remontan al inicio del proceso y allá están las inéditas utilidades de la banca, igual que la suma de concesiones a los agroexportadores y la adaptación de la estatal petrolera a los modelos, cultura y estilo de las corporaciones internacionales. En lo que tiene razón el autor de  Evo, Santa Cruz y la revolución  es en lo injustificado que son los lamentos y reproches ante la convergencia de quienes eligieron la Expoferia para publicitar su galante trato; primero porque la novedad de tales entendimientos es completamente artificial y, más importante aun, porque la afinidad entre los empresarios desplazados del poder político central y los empresarios formados y fortalecidos a la sombra de ese poder, prueba que por encima de sus diferencias existen centrales puntos de contacto que se afirman y se ensanchan con el giro conservador  adoptado por el bloque dirigente durante los últimos cuatro años.
¿Niega la aproximación entre el Gobierno y sus antiguos detractores los cambios políticos y sociales que el primero ha dirigido? Hay que ser muy obtuso y rencoroso para así creerlo, pero hay que ser mago -o publicista desesperado-  para convertir la afinidad creciente entre ambos sobre temas clave como la frontera agrícola, el patrón de acumulación y la matriz productiva, los mercados de tierras y laboral en representativos de una "hegemonía revolucionaria” y silenciar que en tiempos de tan extraordinaria abundancia nuestros avances no han conseguido mover al país de la posición económica rezagada y precaria en que se encontraba al inicio del proceso y que las prácticas políticas del régimen  son cada vez más parecidas a las del pasado.
El autor del artículo lo sabe y probablemente ésa es la razón por la que necesita echar humo (de Cohiba o Montecristo ¿qué importa?) sobre lo que realmente pasa, así sea que llame a Bob Dylan en su auxilio, fingiendo demencia ante la pregunta de ese poeta cuando interroga "¿cuántas veces tiene el hombre que girar la cabeza y fingir que simplemente no se da cuenta?”  ("Yes, an’ how many times must a man turn his head An’ pretend that he just doesn’t see”).

Roger Cortez es docente
e investigador.

 

 


   

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