El sacrilegio y la profanación del aborto

Patricia Flores Palacios
jueves, 17 de octubre de 2013 · 21:21
Un informe de la Defensoría del Pueblo revela que anualmente son registradas 14.000 denuncias de violencia sexual contra mujeres, niñas y adolescentes, de las que el 60% sucede en los hogares de las víctimas. Es una realidad lacerante que vulnera los derechos fundamentales de mujeres y niños, con consecuencias dolorosas como la de embarazos no deseados, hijos abandonados, paternidad irresponsable, muerte por partos mal practicados y toda serie de vejámenes que derivan también en feminicidio.
Sin embargo, religiosos, expertos, políticos, periodistas y figuras públicas, principalmente masculinas, casi nunca se pronuncian contra estos crímenes y sí levantan sus voces vehementes contra el aborto, sin imaginar siquiera que es la decisión más extrema y dolorosa a la que acudimos las mujeres; una decisión que nos desgarra la entrañas, el alma y  la vida hasta nuestros últimos días. Lo hacen sin intuir los padecimientos por los que pasamos cuando  nos vemos obligadas a llegar a este extremo por embarazos no deseados, embarazos contra nuestra voluntad  y, que en la mayoría de los casos, han sido fruto de la invasión forzosa sobre nuestros cuerpos, antecedida por vejámenes, insultos,  golpes, tratos crueles, degradantes e inhumanos, generalmente por violaciones, a diferencia de esos embarazos fruto del amor, la comprensión y la promesa de responsabilidades compartidas ante una nueva vida. ¿O es que la vida de las mujeres no existe o no importa?
Pero nadie quiere hablar del sacrilegio y la profanación con el que se violentan cotidianamente nuestras vidas, nuestros cuerpos y nuestras entrañas, nadie habla del incesto que ocurre en la calidez de los hogares y de las familias sacrosantas, cuyas víctimas suelen ser niñas o adolescentes del propio entorno familiar o de las jóvenes trabajadoras del hogar, las denominadas colonialmente "empleadas”, que son mujeres amedrentadas.
Nadie, ningún religioso, periodista o político, quiere pronunciarse públicamente contra los hombres ebrios, violentos o maltratadores que cotidianamente -a fuerza de golpes, patadas e insultos- obligan a sus mujeres a complacer  sus instintos básicos ante la mirada aterrada de sus propios niños. Un entorno familiar sacrosanto que se nutre cotidianamente de estas perversas violencias.  
Nadie sale en defensa de las cientos de miles de mujeres que cada día, sacando fuerza de donde no la tienen, se sobreponen con infinito estoicismo a sus entrañas desgarradas, al asco y al dolor con que se las violentó y ultrajó; al terror de quedar embarazadas contra su voluntad o la condena de llevar en su vientre a un ser engendrado desde la bestialidad y que luego será objeto también de todo tipo de vejámenes, porque sus inocentes presencias siempre serán el recuerdo de la violación, de la tortura y de todo tipo de humillaciones, con las paradojas de maternidades culposas, de amor inconmensurable y abnegación de maternidades abandonadas y solitarias.  
Por ello, los voceros del Estado, las iglesias y medios de difusión tienen el derecho de establecer mandatos -sacrosantos- sobre las vidas y cuerpos de las mujeres; por eso salen en grandes manifestaciones contra el aborto, contra el control de nuestras vidas, de nuestra dignidad, mientras que cuando nos violan o nos matan nos colocan en la crónica roja y encima nos culpabilizan.
Basta con dar una mirada a los miles de obrados en instancias del Órgano Judicial o la Policía, donde en vano las mujeres -sobre todo en situación de pobreza- clamamos justicia. Son cientos de miles de mujeres solas, atrapadas en el miedo, la culpa o el abandono. Para esas mujeres está el infierno que se cobija en la falsedad de estructuras misóginas y  feminicidas, asentada en valores falsos, sino miremos a nuestro alrededor o en los espejos de nuestras cotidianidades.


Patricia Flores es feminista y

 periodista.

Nadie sale en defensa de las cientos de miles de mujeres que cada día, sacando fuerza de donde no la tienen, se sobreponen.

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